Gustavo Bueno, sobre las caricaturas de Mojamé.

Mi admirado Gustavo Bueno, el filósofo español más interesante, trata en un artículo del Catoblepas “Sobre el «respeto» a Mahoma y al Islamismo, y sobre la «condena moral» de las caricaturas” Estos tres extractos nos meten en materia; el último tiene una historieta bastante sabrosa:

Pues los políticos musulmanes, incluso aquellos que se apresuran a producir energías alternativas, saben que dependen económicamente de Occidente, saben que él fue quien pudo extraer el petróleo de los yacimientos que ellos ocupaban de modo ignorante, y de meterlo, tras refinarlo, en millones de barriles y transportarlo a esas «tierras irredentas» en donde el número de inmigrantes musulmanes aumenta cada día, sin perder la fidelidad al Islam.

(…)

Ahora bien: ni siquiera es fácil explicar por qué el «pueblo musulmán» considera insultantes, menos aún, irónicas, a las caricaturas, fuera aparte de lo que tienen de trasgresión del tabú de la imagen. Porque es evidente que si el contenido hubiera tenido otro signo –por ejemplo una imagen bondadosa y pacífica de Mahoma– la reacción no se hubiera producido, a pesar del tabú de evitación vigente.

(…)

Tampoco un cristiano se ofende cuando ve una viñeta en la que aparece en encantadora escena doméstica la sagrada familia –San José cepillando con su garlopa un tablón; el niño Jesús jugando con las virutas; la Virgen María bordando una tela en un bastidor– junto con una paloma que acaba de posarse en el alfeizar de la ventana. La viñeta ofrecía un «globo» que salía de la boca de San José, que, sin dejar de cepillar, tranquilamente, decía: «María, apártate de la ventana que no quiero más disgustos.» Esta viñeta, para un cristiano no constituía propiamente una blasfemia (de hecho era tema de conversación entre algunos sacerdotes católicos); a lo sumo era una irónica manera de suscitar al cristiano una meditación sobre los símbolos por los que se expresa el Dogma de la Encarnación. Podría ser una viñeta piarum aurum offensiva, sobre todo en algunas épocas históricas (en las décadas españolas de los cuarenta y cincuenta no hubiera podido ser publicada en España, pero sí podía circular entre muchos católicos practicantes y entre muchos sacerdotes, como hemos dicho).

Este es el mensaje principal:

Ahora bien: si Mahoma existió realmente como hombre, debe poder ser representado, y el tabú de su representación es mero oscurantismo, inadmisible de todo punto. No defenderíamos por tanto a quienes han publicado dibujos de Mahoma acogiéndonos a una libertad genérica de expresión, bajo cuyo manto estuviese protegida la decisión de publicar dibujos sobre Mahoma; defendemos la justificación de los dibujos de Mahoma pensando precisamente en el propio Mahoma. Los iconoclastas que mantienen el tabú de su representación han de considerarse como incompatibles con nuestra civilización racionalista, que necesita dibujar de un modo más o menos aproximado lo que existe para entenderlo y para juzgarlo. Y aquí no caben cuestiones de respeto, menos aún de veneración o de cualquier otra cosa. Sencillamente quien se niega a que sean representadas las figuras en las que él dice creer, habrá de ser visto como un peligroso oscurantista que hace imposible su integración en la única civilización existente.

Por tanto, el tabú de esa representación no puede ser respetable, «por razones de principio», y, en consecuencia, la voluntad de representar a Mahoma por parte de un «ciudadano occidental» no podría reducirse a la condición de un capricho banal o frívolo, sino que está vinculada a la misma posibilidad de entendimiento con los musulmanes, cada vez más presente en nuestros territorios.

Obviamente, se trata de una desautorización de Zapatero, Moratinos, Solana y toda la siniestra caterva de eurodhimmis que nos gobierna y nos gobernara hasta que no les demos el alto. ¡Pensar que han lamentado, incluso condenado, la publicación de las inofensivas viñetas!

 

Y esto es una curiosidad que no me permito dejar en el tintero:

Cabría decir –aunque aquí es imposible fundamentar esta tesis– que la Ilustración de la época moderna fue un fruto del cristianismo, más aún, del catolicismo (por paradójica que pueda resultar esta afirmación). Bastará recordar aquí que la identificación entre la Iglesia y el Estado, característica del Islam, no fue jamás propia del catolicismo. La Iglesia católica siempre mantuvo la doctrina de la separación de la Iglesia y del Estado («dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César») y fue tanto o más el Estado el que utilizó a la Iglesia («Por Dios hacia el Imperio») que la Iglesia quien utilizó al Estado («Por el Imperio hacia el Dios»), que también lo hizo, en lo que pudo, sin duda. La identidad, en España, del Estado y la Iglesia, comenzó siendo una herejía, la herejía arriana, que conducía al cesaropapismo; un cesaropapismo que se continúa en el islamismo (una herejía cristiana, según San Juan Damasceno) y que más tarde rebrotó en las iglesias reformadas (anglicanas o calvinistas), en las cuales todavía el príncipe o la princesa se confunde con el papa o con la papisa. Sobre esta base de la sociedad civil, como sociedad «perfecta en su género», según la fórmula escolástica, pudo fructificar la tolerancia que culminó en la revolución jacobina. No soy el primero que sugiere un lazo entre Robespierre y el catolicismo.

Sorprendente ¿no? En fin, el artículo acaba con una llamada a la prudencia, esa gran virtud.

 

Léelo entero: Sobre el «respeto» a Mahoma y al Islamismo, y sobre la «condena moral» de las caricaturas.

3 comentarios

  1. La sagrada orgía

    He tenido un sueño.
    Un sueño en el que el amor, la pasión y la libertad se fundían en un primario abrazo.
    Un sueño de colores intensos y brutales que pintaban una realidad más allá de lo abarcable con una sola mirada.
    Un sueño de civilizaciones que se derrumbaban y en el que toda la podedumbre arrastrada durante siglos se disolvía en una gloriosa y sagrada orgía de la que nacía un nuevo rumbo para la Humanidad.
    Un sueño en el que cabalgábamos sobre el cadáver ensangrentado de las religiones, los imperios, la economía y las ideologías.
    El encuentro de los opuestos iguales era llevado a cabo.
    El caos triunfaba sobre la muerte.
    El caos engendrando el orden.
    La liberación a través del amor.
    El amor como guía.
    Un sueño de libertad.
    Un sueño de destrucción creadora.

    Después de tantos siglos
    Jesucristo y Mahoma se han encontrado
    cara a cara,
    al fin,
    después de tantos siglos
    después de tantas infamias
    después de tanto dolor,
    al fin,
    después de todo,
    se han encontrado
    y sus manos ásperas y encallecidas se buscan
    se acarician,
    recorren sus barbas,
    sus mejillas,
    sus bocas,
    sus cuerpos
    y se entrelazan en un abrazo que convulsiona las torres almenadas.
    Los ídolos son abatidos,
    caen de sus pedestales marchitos,
    al tiempo que los dos profetas hunden sus bocas en el abismo del beso,
    mordiendo sus labios hasta sangrar,
    una sangre negra
    que atormenta a los guardianes de la fe.
    Y tomando sus vergas dormidas
    las hacen despertar del letargo de la historia,
    las acarician,
    juegan con ellas,
    las hacen chillar,
    como serpientes aladas con escamas de plata
    hasta penetrar en sus más oscuros rincones.
    Gozan como dos enamorados,
    ladran como perros,
    como gloriosos humanos,
    al fin,
    como humanos.

    El anciano brutal
    ―Aquél
    cuyo nombre es im-
    pronunciable―,
    lleno de odio y resentimiento,
    contempla a sus dos hijos,
    fornicando a lomos uno del otro,
    sobre un lecho de flores marchitas.
    Con los ojos llenos de lágrimas se pregunta:
    ¿valió la pena todo lo que creaste, astuto y cruel prestidigitador?
    ¿los desiertos no atravesados,
    la soledad de las rocas,
    los elixires no degustados,
    el misterio de tus venas,
    la algarabía enjaulada…
    valieron para algo más que para acrecentar tu ego jamás satisfecho?
    Ahora lloras,
    de dolor y de impotencia.
    Pero tal vez no fue todo en vano
    y de tus últimas lágrimas secas
    brotarán árboles que griten al viento salmos y letanías
    que borren tu recuerdo.
    Yaveh
    seca tus lágrimas y besa la frente de tus hijos.

    Y allí estoy yo,
    junto a las dos Marías, mis dos hermosas muchachas,:
    la santa ramera
    y la prostituta sagrada.
    Las dos besan mi arcano rostro, surcado por cicatrices más profundas que el tiempo.
    Acarician mis miembros con sus lenguas de fuego,
    lamen mis secas heridas.
    Abrazadas a mi pecho,
    ancho y robusto como el universo,
    me susurran al oído
    palabras obscenas que jamás fueron pronunciadas.
    ¡Ah,
    mis hermosas hieródulas!
    os amo
    a las dos
    y en el amor que os profeso
    me amo a mí mismo
    y odio
    al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo
    y a mí mismo antes de conoceros
    y a todos los gusanos
    que nos observan,
    devorándonos a través de la historia.
    Ellas me aman y yo, Macho Cabrío, las satisfago con mis múltiples vergas.
    María, madre de Cristo, traga mi espada flamígera
    y María Magdalena, esposa de Cristo, besa con sus castos labios
    mis párpados cansados
    dejando hacer a mis manos
    lentas
    pesadas
    furiosas
    sobre una alfombra de nieve cálida.
    Nuestro amor nos sobrevivirá y clavará mil puñales en los miserables corazones de hielo negro.

    El Padre, creador de todas las cosas y de ninguna,
    observa,
    deja hacer a sus hijos,
    se sabe muerto.
    Por primera vez en el huracán de lo continuo
    ha comprendido su culpa.
    Se sabe muerto
    y lo celebra emborrachándose sobre su tumba.
    Comienza a menear su vieja y gastada polla,
    masturbándose rítmicamente
    como aquella única vez que de su flácido miembro brotó un semen podrido
    fecundando un océano de lodo infecto.
    Nuestra Madre renace,
    regresa de las catacumbas para reivindicar su reino
    y agarrando el patético falo con sus manos fuertes y hermosas
    lo corta con su puñal de alabastro.
    ¡Ha caído!
    ¡El reinado de la muerte ha terminado!
    Jamás volveremos a ver su miserable rostro.

    Todos cantan,
    todos bailan,
    santifican la Sagrada Orgía
    que celebra el triunfo de los hijos del Rebelde.
    Aleluya!
    gritan ebrios
    Aleluya!
    Los ancianos danzan alrededor de la hoguera,
    maldiciendo al Profeta,
    vencidos que regresan chasqueando sus huesos,
    llevando la gasolina que alimentará el fuego perpetuo.
    Y de las cenizas nunca volverá a nacer un dios,
    pues no hay más dios que yo mismo
    y tú y todos nosotros,
    nada hay más divino que la humanidad.
    Ya no más profetas,
    ya no más sacerdotes,
    ya nada más que el Hombre y la Mujer
    unidos para derribar a dios de su trono y escupir sobre su asqueroso cadáver putrefacto.
    ¡Gloria a la Humanidad!
    ¡Viva el reino del amor y la libertad!

    Un sueño.
    Sólo fue un sueño,
    me repito,
    pero el calor de su recuerdo me golpea con violencia.
    Borracho de orgullo y pasión
    perdido en el desierto de lo real aparente
    vago por los senderos abandonados,
    buscando el camino,
    esperando el momento,
    pues en mi mano
    está convertir el sueño en realidad.
    El tiempo de los esclavos termina…
    uníos a la humanidad libre
    o seréis juzgados como traidores.
    ¡Larga vida a la Humanidad libre!
    ¡Muerte a Dios y a los falsos profetas!
    ¡Guerra a muerte a los que defienden la muerte!

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