José María Marco, “La libertad traicionada, Siete ensayos españoles”: Joaquín Costa y Ángel Ganivet

La libertad traicionada
La libertad traicionada

Este es el segundo artículo de la serie Gracias y desgracias del liberalismo hispano, o “La libertad traicionada, Siete ensayos españoles” de José María Marco.

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Joaquín Costa (1856-1911), La perdida de la Fe.

Costa es el primero de los retratados. Del fondo cultural del bachillerato recuerdo la calificación de «León de Graus» y su política de «Despensa y escuela». Poca cosa.

La conclusión que saco es que se trata de un buen hombre incapaz de encarrilar una vida profesional burguesa que se decide a arreglar el mundo. En dos palabras: un in-telectual.

Tras el 98, Costa cambia el discurso e insiste en la «europeización» de España. Hay que dejarse de pretensiones imperiales («Doble llave al sepulcro del Cid, para que no vuelva a cabalgar»). Suena a «volver a Europa con humildad», que dijo en su día un político español de infausta memoria.

La política educativa e hidráulica (Escuela y despensa) serán las claves de esa europeización. La política hidráulica se haría realidad con los pantanos de Franco.

La pérdida de un pleito le descorazona y se vuelve más radical y crítico con España y los españoles. Su popularidad aumenta, curiosamente. Unas frasecitas:

«Tribu de Berbería» (hoy sería considerado racista); «nación unisexual», «nación de eunucos» (hoy sería considerado sexista)

«El pueblo debe requerir la escoba y barrer esta banda macabra de momias escapadas del panteón de las historias muertas»

«Hay que declarar ilegítima la Restauración… Hay que reducir la política republicana, en orden a sus relaciones con el poder, a una sola cosa: a negarlo, a boycottarlo, a extinguirlo hasta la raíz»

«Cirujano de hierro», «hundir el cuchillo en la gangrena», «humanidad de naturaleza distinta a la nuestra».

Obviamente, se trata de un energúmeno, lo que no quiere decir que haya que descartar sus argumentos simplemente por ello. No me ha parecido un personaje de mayor interés.

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Ángel Ganivet (1865-1898), La constitución ideal de España

Del bachillerato me suenan el Ideario español, que no he leído, y el suicidio en las aguas del río en Riga.

Familia burguesa acomodada. En 1890 va de diplomático a Amberes. Se produce un rechazo de lo que significa el progreso y la modernidad.

Es antifeminista declarado:

p. 79:

«Si llega un día en que la mujer de carrera se encuentre por todas partes, habrá que suplicar ala Providencia que caiga sobre nosotros una nueva invasión de bárbaros y bárbaras, porque es preferible la barbarie a la ridiculez».

En el Idearium reniega del imperio. España debió concentrarse sobre sí misma. Las penínsulas son naciones muy individualistas, dice. Pero:

p. 93:

«No he podido jamás considerar a los hispanoamericanos como a extranjeros. Con un hispanoamericano estoy en comunicación intelectual apenas hemos cruzado cuatro palabras, en tanto que con un extranjero necesito muy largas relaciones, muchos tanteos, para conseguir entenderme con plena naturalidad».

Me pasa a mí también. Por cierto, nótese que dice hispanoamericano, no latino. Eso vendría después.

p. 94:

En vez de atenerse al espíritu de independencia, que es el que nos caracteriza, los españoles hicieron de su país una potencia imperial. Hay que rectificar, abandonar cualquier empresa exterior, cerrar las puertas y las ventanas para que el enfermo recobre las fuerzas que necesita. Ganivet solo deja entreabierto un pequeño hueco para una posible expansión africana de España, que considera una necesidad patriótica y una continuación lógica de una política puramente nacional como la practicada por los Reyes Católicos y luego por el cardenal Cisneros

Estoy de acuerdo con él, pero considero que el problema no fue el imperio americano sino el centroeuropeo. Los Pirineos nos protegían de forma muy efectiva de las rencillas religiosas y pseudoimperiales del continente.

En fin, un lamentable fin de raza este Ganivet. Otro fracaso vital, y van dos. Que Dios se haya apiadado de él.

7 comentarios

  1. «“Tribu de Berbería” (hoy sería considerado racista); “nación unisexual”, “nación de eunucos” (hoy sería considerado sexista)»

    No sería considerado ni racista ni sexista en tanto en cuanto dirija sus ataques a españoles.

    «Me pasa a mí también»

    Estás en la fase dos, llamémosla «la engañosa familiaridad que da el idioma». Después llega la fase tres, en la que se entra inadvertidamente, sin ser consciente, cuando uno deja de cruzar unas frases en conversaciones ocasionales aquí y allá y pasa a estar rodeado las 24 horas del día quieras o no quieras. Tras unos años en esa fase toda la poesía y la retórica estallan como un cristal de Bohemia. Ya llegarás. Si no llegas es porque nunca habrás sido «inmersionado» por cojones en el mestizaje y la fusión 24-hours non-stop.

  2. Desde luego, pero ya te digo. Uno se pasa la vida engañado por lo que le han enseñado y lo que ha leído. Un buen día se da cuenta de que la ciudad donde siempre ha vivido y especialmente el barrio donde se crió se han vuelto irreconocibles. No queda nadie. En diez años, los españoles se han vuelto minoría. Las voces por las calles, los niños en el parque, la música que sale de los coches y los bares, los carteles en las paredes, las caras allá donde vayas… todo irreconocible. No te encaja con el supuesto espíritu de «afinidad» de la teoría, pero piensas que son cosas tuyas.

    Despúes (bueno, simultáneamente en realidad) empiezas a ser testigo de toda clase de hechos y dichos a cual más desagradable. «Es un hecho aislado», «es una frase aislada», «¡es que ese es gilipollas!» y sigue pasando el tiempo. A los tres o cuatro años te das cuenta de que por cada malinchista que hayas podido cruzarte hay tres indiferentes de actitud puramente saqueadora y cuatro bastardos en diferentes grados. Que ese mundo que te han vendido como analgésico está muerto y enterrado. Y que en cualquier caso podrá ser más o menos «hermano» y «cercano» pero que NO ES ESPAÑA DE NINGUNA MANERA. Y tú te intentas vender la moto a ti mismo algún tiempo más pero no lo es y no lo será nunca. Ni Senegal es Francia. Al final rompes con tus propias ensoñaciones y lo mandas todo a la mierda. Stern tiene razon.

  3. Mont, desde luego que la afinidad no es identidad y que tienen cosas de las que hay que defenderse. Y desde luego, si se meten tantos en España que forman getos y grupos de presión -como está sucediendo- la cosa puede tener consecuencias muy negativas.

  4. Tú ya sabes que siempre escribo de manera apasionada. No es que esté enfadado ni nada parecido, es que casi no sé hacerlo de otra forma. (Sé que esto no encaja con la conversación, tan sólo es que me acordado ahora 😉 )

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