¿Es la Encíclica Nostra Aetate una defensa del Islam?

No, ni mucho menos, como nos cuenta Luis María Sandoval en la quinta nota a su texto De los males del Islam:

Se alaba demasiado la ‘nueva’ posición de la Iglesia Católica sobre el islam que representaría la Declaración Nostra aetate (1965) sin haberla considerado en lo que omite tanto como en lo que dice:

“La Iglesia mira también con aprecio a los musulmanes, que adoran al único Dios, viviente y subsistente, misericordioso y todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, que habló a los hombres, a cuyos ocultos designios procuran someterse con toda el alma, como se sometió a Dios Abraham, a quien la fe islámica mira con complacencia. Veneran a Jesús como profeta, aunque no lo reconocen como Dios; honran a María, su Madre virginal, y a veces también la invocan devotamente. Esperan, además, el día del juicio, cuando Dios remunerará a todos los hombres resucitados. Por ello, aprecian la vida moral y honran a Dios, sobre todo, con la oración, las limosnas y el ayuno” (Nostra aetate, 1965, § 3).

Si se observa con atención percibiremos que el Concilio se refiere a los musulmanes, pero no al Islam; y que alaba ciertas creencias suyas, pero omite cualquier reconocimiento de Mahoma y del Corán, que se cuida de no mencionar siquiera. Un musulmán no se puede sentir perfectamente reconocido en tales condiciones, como no lo puede sentir un cristiano a quien se alabe su religión por ser portadora de amor, paz y de atención a los pobres sin mencionar a Jesús ni a la Resurrección que prueba su divinidad.

Me pregunto qué valoración tiene la conducta de esos cristianos metidos en diálogos con musulmanes y que nunca les han hecho saber -con la prudencia que el caso requiera- que su religión es una falsa religión; su profeta, un falso profeta, y su libro, un delirio diabólico. Ellos sabrán lo que hacen.

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