La historia se repite (pero menos…)
LA HIST0RIA SE REPITE (pero menos…)
Recientemente, tomando como pretexto la bacanal promovida y celebrada de esa pandemia llamada Orgullo Gay, exponía unas reflexiones acerca del proceso de descomposición en el que está inmersa la sociedad española (y la occidental en su conjunto).
El punto de partida de mi exposición era este: Esa orgia desatada de mariconeo histérico y chabacano es contemporáneo de un proceso de islamización en curso. El desorden moral que impera en España coincide con un nuevo embate mahometano. Sin proponer una identificación necesaria e inevitable entre ambos fenómenos, nos limitamos a constatar su simultaneidad en el marco de nuestra decadencia actual, su aparición conjunta en la marcha descendente de nuestra trayectoria nacional. Si no son hechos inseparables el uno al otro, cuanto menos son complementarios, y lo cierto es que llegan de la mano, al calor de un decaimiento general que deja a la intemperie un país a la deriva, sin defensas ni vigor.
No nos interesan los vicios privados de las personas. Por el contrario, deberíamos siempre mantener una prudente desconfianza ante las virtudes públicamente exhibidas. Pero en la chillona apología de la homosexualidad, en el tratamiento reverencial que recibe, en el impúdico exhibicionismo con que se manifiesta y en la grosera desvergüenza con que se reivindica, encontramos el mismo hilo conductor que conecta todas las voluntades negativas, por fin liberadas, cuya única meta es la destrucción de toda creencia, de todo valor, de todo ideal, de todo orden, la misma enfermiza vocación sediciosa que busca trastocar las reglas antiguas y desterrar los principios establecidos, y desandar el camino recorrido por el hombre desde su lejana infancia, de vuelta a un estado de semibestialidad que cada día que pasa parece más inevitable.
Uno de los sintomas más llamativos de ese estado de corrosiva rebelión y pérdida de hombría, es el escaso sentimiento patriótico que se aprecia en España. (Patriotismo es lo que algunos confunden con esas masivas borracheras en la vía pública con ocasión de algún triunfo futbolístico nacional). ¿Pero qué patriotismo cabe imaginarse en aquellos que ya no saben quienes son ni a dónde pertenecen, y cuya indefinición alcanza incluso su naturaleza sexual en no pocos casos? ¿Qué patriotismo, qué sentido de lo verdadero y perenne se puede esperar que quienes han perdido toda noción de lo sagrado y lo trascendente, autorrebajados a un estado de animalidad muy por debajo de la natural dignidad de cualquier mamifero de cuatro patas?
En contra del tópico comúnmente aceptado de que los acontecimientos vuelven una y otra vez a producirse de idéntica manera, o siguiendo un mismo patrón, Houston S. Chamberlain declara convencido que “la Historia nunca se repite”. Y si bien ciertos episodios parecen reproducirse de forma extrañamente similar a diferentes épocas de la vida de los pueblos, invitándonos a tomar por aventurada la aseveración del autor de “Los fundamentos del siglo XIX“, una mirada más atenta sobre el objeto de nuestro interés nos predispone a admitir como bien fundada su contundente afirmación.
Urgidos por encontrar una clave, una pista, un precedente que nos ayude a comprender lo que está sucediendo ante nuestros ojos, pensamos primero que la historia no puede por menos que repetirse cuando se dan las circunstancias que hacen la repetición propicia, sino inevitable: mismos actores en escena, similar degradación de los invadidos, idéntico fanatismo de los invasores, una subversión galopante del orden natural de las cosas, una sociedad que se tambalea, consumida en discordias internas, desnortada y ayuna de todo ideal… Pero nuestro análisis se nos aparece inmediatamente como incompleto y superficial. El escenario actual ofrece semejanzas evidentes con acontecimientos pretéritos, pero el parecido no va más allá de la reproducción de un problema que se presenta en esencia idéntico a un capítulo antiguo de nuestro pasado, faltando en cambio la contrapartida de la solución aportada entonces. No creo incurrir en exageración alguna al afirmar que lo que tenemos encima de los brazos (o mejor dicho, sobre las espaldas) es algo que en otros tiempos ya tuvo lugar: una conquista musulmana. Y si Chamberlain dice justo al establecer que la Historia no se repite, no podemos dejar de constatar sin embargo que cuanto menos tartamudea.
Realmente, España se enfrenta a una invasión moruna de tal naturaleza y envergadura que palidece ante ella la de Tarik y Musa del año 711. Pues aquella encontró una resistencia tenaz desde el primer día y fue finalmente derrotada, y la actual está ocurriendo sin oposición digna de ese nombre y va camino de llegar a ser irreversible en esta ocasión, vista la marcha que lleva y la escasa oposición que se manifiesta en su contra. La diferencia capital entre ambos momentos estriba, pues, en la naturaleza de las distintas respuestas a una agresión de un mismo género protagonizada por un idéntico elemento. Nuestra actitud ante la dramática expansión demográfica y cultural islámica en suelo español no guarda parentesco alguno con el antecedente heroíco de una oposición sin desmayo al usurpador, llevada a cabo a lo largo de 30 generaciones, y que culminó en la victoria de 1492. Por encima de la corrupción de aquellos tiempos, de la degradación que los historiadores atribuyen a los godos españoles en el siglo VIII, de las luchas intestinas de las diferentes facciones, de la traición de los elementos más flojos de aquella sociedad en crisis, nuestros antepasados supieron sobreponerse a la adversidad y a sus defectos y pudieron resistir con éxito a la dominación extranjera, llevando a cabo una de las más sorprendentes epopeyas nacionales que registran los anales de la Historia. Ante ese ejemplo que brilla desde el fondo de los siglos, se vuelve un ejercicio superior a nuestra imaginación el representarse a los españoles de hoy, cargados de vicios y necesitados de las virtudes de sus ancestros, luchando contra el moro, no ya durante 800 años, sino durante 8 semanas.
Llegados a este punto, queda desmentida la vaga creencia infundada de que todo se repite a determinados intervalos de tiempo. Francamente, no vemos a los españoles de este tercer milenio recién estrenado tomando resueltamente el control de sus asuntos y decidiéndose por fin a combatir como el pueblo viril que una vez fue. Nos inclinamos más bien a pensar que recorrerán la pendiente en la que se encuentran hasta el final de la cuesta, y se abismarán en el discrédito y la postración final, resignados a ser antes yunques que martillos. Una sociedad enferma está irremediablemente expuesta a las contingencias de cualquier ataque. Y todo asalto en esas circunstancias resulta fatal. Un pueblo que ha visto cegadas sus fuentes de energía creativas y ha perdido el instinto de conservación, está destinado a sucumbir a la primera crisis de importancia. Sus dolencias no generan la invasión, pero le facilitan el paso, le aseguran el éxito. Podríamos invocar el descalabro universal de la vida romana en el final del Imperio y las Grandes Invasiones del siglo V para ayudar a la comprensión del estado de un país que ha perdido el control sobre su destino y es ya incapaz de poner orden en sus cosas y freno a sus enemigos.
Uno duda, frenado por ciertos escrúpulos, en expresar descarnadamente y sin más rodeos el fondo de su pensamiento, que quizá no diga más que la frustración de ver el estado penoso de nuestra inferioridad e intrascendencia actuales. Pero lo cierto es que asombra el entendimiento y mortifica el espíritu asistir al deprimente espectáculo de este rebaño apocado y pusilánime, esta masa amorfa sin personalidad ni carácter en que se ha convertido una raza otrora orgullosa y dominadora, imposibilitada ya para reaccionar ante el peligro mortal que le amenaza desde su propia casa, inerme y cabizbaja ante el desafío que le lanza su enemigo más pertinaz y brutal desde el umbral mismo de su puerta abierta de par en par al vendaval que se avecina cargado de negros presagios.
En España, la triste y desangelada España del “patriotismo constitucional y del puralismo étnico-cultural” (!!), empiezan a hacerse patentes los signos inequívocos de un gran fracaso anunciado. Caminamos a pasos firmes y acelerados, cantando hinmos de alegría y emitiendo partes de victoria, hacia el abismo definitivo. Nos queda una década o tal vez dos, pero no más. Y España será historia. Una historia que no se repitirá.


Es cierto. Según mi humilde opinión y limitado intelecto, la historia no se repite hoy tal y como fué en el 711. Ahora es peor. La invasión es más numerosa, y tiene menos oposición. Al contrario, los centros de poder (mucho más poderosos que hace mil años) le abren las puertas a los invasiores, y manipulan las mentes de los invadidos para que gustosamente renuncien a su misma esencia.
No hay ni honor, ni orgullo ni valor. Muy al contrario, si predicas esas virtudes serás objeto de burlas generalizadas.
Creo que Occidente tal y como lo conocemos desaparecerá. Vendrán siglos oscuros, muy oscuros. Algunos resistiremos y enseñaremos a nuestros descendientes la importancia del honor y el orgullo de ser lo que son.
Pero habrá que reinventarse la democracia, este sucedáneo que nos han impuesto no es una democracia verdadera, es sólo una mentira que nos ha destruido.
Somos pocos. Muy pocos, me temo. Me gustaría equivocarme. Y pienso que ya no podemos darnos el lujo de pensar de forma aislada, en los términos de “paises”. Tenemos que agruparnos y pensar en raza, religión y cultura. Lo lamento pero creo que a menos que haya un cambio drástico (Dios lo permita) España está perdida como nación. Pero los españoles de verdad, los que están orgullosos de serlo, tendrán que hacer causa común con el resto de europeos patriotas que queden. No sé que pasará. Pero decía una bisabuela mía que “la suerte está en los pies”. Igual hay que ir y buscar tierras más propicias, donde nuestra descendencia pueda sobrevivir hasta que se haga fuerte y pueda recuperar lo que es legítimamente suyo.
No sé. Veremos.
Totalmente de acuerdo, cada vez está más claro que el futuro no se va a jugar en términos de países o naciones sino en función de las ideologías. El futuro está en Thule.
la tragedia kosovar es el futuro que espera a Europa y todo el Occidente cristiano, es la profecia terrenal de lo nos espera, ciego aquel que no lo quiera ver o estupido aquel que lo vea y no piensen en ello.