Los Reyes Católicos, de Luis Suárez (5): Tanto Monta

Los Reyes Católicos, de Luis Suárez (3 y 4): Fernando el Príncipe y Largo camino hacia el Trono

La proclamación de los reyes trajo consigo el debate de las atribuciones de uno y otro en el ejercicio del poder. La reina fue proclamada reina de Castilla inmediatamente después de la muerte de su hermano, sin esperar a la presencia de Fernando, ausente.

Este se llevó un rebote tremendo por el atrevimiento. La reina paseó por la ciudad precedida por un cortesano que llevaba la espada, símbolo del ejercicio de la justicia, del poder supremo. Leo en el libro de Fernández Álvarez (p. 143):

Quisiera -se lamenta con sus consejeros [Fernando]- que Alfonso de la Caballería, como jurisconsulto, y tú Palencia, que leístes tantas historias, me dijeseis si hay en la Antigüedad algún antecedente de una Reina que se haya hecho preceder de ese símbolo, amenaza de castigo para sus vasallos.

En efecto, la primera mujer del mundo mundial que gobernó, y con admirable acierto.

Todo se zanja con un acuerdo, la Sentencia Arbitral de Segovia (foto), que determinó la función del rey en Castilla. Básicamente, se compartía el ejército del poder real. Isabel era legítima sucesora y propietaria del reino, pero compartía ese poder con su marido. Los documentos eran firmados por ambos. Las rentas del reino las percibía Isabel, la gestión de las mismas era, sin embargo, conjunta.

Marcó un antes y un después en el reconocimiento de la capacidad de gobernar un reino por una mujer. El principal artífice de la misma fue el cardenal Mendoza.

p. 111: «… más allá del simple compromiso entre los dos titulares de la Corona -a veces se la ha llamado «concordia»- contenía una definición precisa de las funciones que correspondían a ese «poderío real absoluto» y «señoría mayor de la justicia», que es como se definía en Castilla la soberanía, acomodándolas a la nueva situación de una dualidad. (…) El 2 de febrero de 1475, apenas transcurridos quince días, entró en vigor una carta-circular as todas las ciudades del reino disponiendo que, en adelante, los moradores de los reinos de la Corona de Aragón serían tratados «como si fuesen naturales de estos dichos reinos de Castilla y de León»«.

¿Tratados como si fuesen naturales de estos dichos reinos de Castilla y de León? Este debe ser el famoso imperialismo castellano en acción.

p. 112: «… los reyes aparecían sobre todo como señores de justicia, garantizando el cumplimiento de las «leyes, fueros, cartas, privilegios, buenos usos y buenas costumbres», considerados en conjunto como ejercicio de libertades, en plural».

Ese era el contenido del poder «absoluto» de la Monarquía Hispánica, mucho más limitado que el poder sin límites del estado liberal. Hay que advertir no obstante que el estado conservador  (conservador de la tradición, no de la revolución) impone los límites de los derechos absolutos del individuo. Los derechos absolutos del individuo han de ser anclados, necesariamente, en su naturaleza de hijo de Dios. La idea de que un mono evolucionado pueda ser portador derechos absolutos no se sostiene.

Item más. Los «absolutistas» hablaban de libertades en plural. Los liberales hablarán después de Libertad, en singular y con mayúsculas. Estamos ante el caso de un flatus vocis, de un término abstracto, confuso y sin contenido, o con el que quiera dársele. Para algunos la Libertad consiste en la posibilidad de cambiar el gobierno metiendo papelitos con nombres en un cajón. A eso le llaman algunos soberanía nacional. Pues bueno, no lo vamos a discutir, porque sería perder el tiempo.

Nos explican el origen del lema Tanto Monta.

p. 115. «Cualquier otra cosa [gasto extraordinario], incluso la boda de una infanta, obligaba a arbitrar recursos extraordinarios. Por esta vía, las villas y ciudades «con voto en Cortes» que eran solo dieciséis, podían obtener considerables ventajas».

Lo dicho, absolutismo. Comparadlo con la capacidad impositiva de los estados modernos…

p. 115: «La monarquía hispana carecía de burgos podridos».

No entiendo la expresión. Nótese que la usó Azaña durante la 2ª República para referirse a las ciudades de provincias que no votaron a los partidos de izquierda.

p. 116: «… a diferencia de lo que actualmente se considera deseable en el terreno de la política, no admitían que el cristianismo fuera una opinión, o un sistema de creencias al que los hombres pueden adherirse o no, según les plazca. Para ellos el cristianismo era la verdad absoluta a la que es imprescindible someter toda la conducta, pues fuera de ella anida únicamente el error. Por encima de las leyes que construyen los hombres y sancionan los reyes en virtud de su «poderío real, absoluto» se encuentra siempre la ley de Dios, que define, explica y sostiene el orden moral sin el que la sociedad no puede existir. Abundaba el pecado, ciertamente, pero no pretendía disfrazarse de virtud»

p. 119: «Los reformadores españoles acabaron rechazando el voluntarismo nominalista: herederos en gran medida de Ramón Lull, pusieron mucha confianza en la capacidad de la razón humana. Al establecer el principio de la comunicabilidad  entre Dios, pura Transcendencia, y el mundo inmanente así mismo, llegaron a descubrir que todos los seres humanos, dotados por Dios de una misma naturaleza, con independencia de su nacimiento u origen se encuentran asistidos y obligados por ciertos derechos y deberes en relación con el orden moral. Los llamaron derecho natural o derecho de gentes [sigue].»

El razonamiento inicial no es el apropiado, pero sí, el voluntarismo que considera que Dios actúa de forma arbitraria se opone al intelectualismo que sujeta la voluntad de Dios a la ley natural que es a la vez divina. El mundo es creado por Dios conforme a la ley natural, accesible a la razón. El voluntarismo nominalista -que se nos vende como precursor de la reforma, el empirismo, la experimentación, la ciencia y la filosofía modernas- lleva al irracionalismo.

p. 119: «Fernando e Isabel establecerían en sus reinos el principio de la libertad personal para todos los súbditos, anulando cualquier reliquia de la vieja servidumbre y suprimiendo, en virtud de sentencia, los «malos usos» que sujetaban aun a los remensas en Cataluña. Extendieron su misma condición a sus nuevos súbditos de Canarias e indias, aunque aún no fueran cristianos. En adelante solo los esclavos, mercancía humana comprada en mercados de fuera bajo esta condición, se encontraron privados de libertad».

Lo dicho, en la Tradición (Absolutismo para los liberales) había también muchas libertades. En particular, en la Tradición española hay una auténtica tradición de libertad.

p. 120: «Isabel escogió, para especial patrono de sus obras, al apóstol y evangelista San Juan, a quien señalan las escrituras como discípulo amado de Jesús.  De ahí que incluyera en su escudo de armas una águila, ave con que la tradición cristiana le simboliza…».

Nada de águila imperial pues; es águila de san Juan, y está en el escudo antes de que hubiera imperio alguno.

Sigue una descripción del perfil religioso, moral e intelectual de la reina.

p. 125: «Ninguna vacilación se advierte cuando se trataba de combatir a los infieles, en la guerra de Granada se hizo presente, como un caballero más, acuciando de este modo el ánimo de sus capitanes. (…) En relación con el Norte de África y el Cercano Oriente, asumió la postura que era entonces corriente en la iglesia, considerando como loable cruzada cualquier batalla contra el infiel, que reforzara o extendiera las fronteras de la Cristiandad».

Y pensar nuestro Borbón concedió recientemente el Toisón de Oro al Custodio de las Santas Mezquitas.

p. 129: «También debe anotarse que ciertos delitos, como la herejía o la homosexualidad, que entre nosotros ya no constituyen figura de delito, eran universalmente tenidos por los mas aborrecibles y, en consecuencia, acreedores de los mas duros castigos»»

Algunos toman esto como excusa para comprender que sigan siéndolo entre los mahometanos del s. XXI.

p. 130: «… papel que venían a desempeñar los esclavos. Se prohibió reducir a los propios súbditos, antiguos o nuevos, a esta triste condición, pero la justicia de los reyes carecía de competencia sobre aquella mercancía humana comprada en dicha condición, lo mismo que aceptaba que los infieles capturados en <<buena presa >>, es decir, sin que se rindieran, podían convertirse en esclavos «.

p. 131: «Organizó el que podríamos considerar como primer esquema de los hospitales de campaña».

p. 134: «En aquellos momentos [cuando Fernando se debatía entre la vida y la muerte tras un atentado, diciembre del 1492] ordenó la reina que se hiciese balance de todas las deudas, a fin de reparar cuanto fuese debido (…) no existe la menor indicación de que debiera repararse el daño causado a los judíos, el cual había tenido su consumación pocos mese antes, ya que, en su conciencia, esta decisión siempre se presentó como justa obediencia a las demandas insistentes de la Iglesia «.

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