Concepción Católica de la Política (2)

R_P__Julio_Meinvielle_S_J_Continúo lo iniciado aquí: Concepción Católica de la Política (1)

(p. 26) Nada más injurioso, por eso, a la ley eterna de Dios, y nada más pernicioso al bien de las colectividades, que las impías constituciones que se vienen sucediendo desde aquélla nefasta de la Revolución Francesa. Nada tampoco tan débil y quebradizo como ellas, no sólo porque contrarían los derechos de Dios y las exigencias profundas de la naturaleza humana, sino porque, estereotipadas, han legislado el momento pasado, la locura de un día, locura que se perpetúa a través de varias generaciones y violenta la flexibilidad de la naturaleza humana, que, no obstante su unidad y perseverancia esenciales, debe ajustarse rítmicamente a los cambios de lugar y de tiempo.

Esto suena “blasfemo” a los oídos de la ciudadanía martilleada por la retórica democrática. Es una reivindicación de la reacción en toda regla. Ahora, abrid lo ojos y ved el estado a que nos ha llevado la constitución del 78… 500.000 extranjeros asentaron su reales el año pasado en España. Se eso no es una invasión.

(p. 27) Es decir, que si la comunidad social no es capaz del ejercicio pleno de la soberanía, no hay razón para atribuirle, en virtud de la ley natural, la posesión de ese derecho. Porque precisamente el criterio para establecer los derechos naturales es la necesidad que de su uso o ejercicio se tiene. ¿Por qué, por ejemplo, se dice que la propiedad privada es de derecho natural? Porque sin ella el hombre no podría asegurar la subsistencia y la de los suyos, y así de otros mil ejemplos. Pero si la comunidad o el pueblo jamás pueden ejercer la soberanía, que es un poder completo de gobernar, ¿cómo pueden tener, acordado por la naturaleza, ese derecho? ¿Cómo puede la naturaleza acordarles un derecho que no pueden nunca ejercer? Y si no tienen ese derecho, ¿cómo pueden transferirlo?

El pueblo no puede gobernar, materialmente hablado: tiene que ocuparse de la producción material. Otra cosa es que los demagogos le hayan calentado la cabeza, antes de pedirle su voto… No insisto en las consecuencias de semejante desatino.

(p. 30) Pero si el poder legítimo merece obediencia y respeto, no todo cuanto ordene debe ser cumplido. Hay casos en que se puede negar la obediencia, como cuando se impone una ley injusta que viola un derecho de la persona humana o de la familia, siempre que, como enseña Santo Tomás, no se oponga el escándalo o la turbación que podría acarrear la violación de la ley: por cuyo motivo el hombre está obligado a abandonar aun su derecho, como se dice en San Mateo. Si alguno te obliga a hacer mil pasos, haz con él dos mil; y al que te quita la túnica, dale también el palio. (I – II. q. 96, a. 6).

Lo que he puesto en negrita hay que entenderlo en el marco de una sociedad católica. En la actual, los católicos debemos ser piedra de escándalo.

Hay casos en que se debe negar la obediencia. “Hay una sola causa verdadera para rehusar la obediencia: es el caso de un precepto manifiestamente contrario al derecho natural y divino, porque se trataría entonces de violar ora la ley natural, ora la voluntad de Dios; el mandamiento y la ejecución serían igualmente criminales. Si, por tanto, se encontrase uno reducido a la alternativa de violar las órdenes de Dios o las de los gobernantes, convendría seguir el precepto de Jesucristo, que “quiere que se dé al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. (León XIII, DIUTURNUM).

Pues eso.

(p. 32) Siguiendo a los teólogos, podemos clasificar en cuatro las actitudes que pueden adoptarse frente a un poder que, legítimo en su origen, se ha convertido luego en tiránico.

  • Resistencia pasiva, que consiste en negar obediencia a las leyes injustas.
  • Resistencia activa  legal, que consiste en exigir, por medios legítimos (estén o no autorizados por la ley), la revisión de la ley.
  • Resistencia activa, a mano armada, que consiste en oponerse por la fuerza a la ejecución de una ley.
  • Rebelión, que consiste en tomar la ofensiva contra la autoridad, de donde emana la ley.

Esta última actitud está siempre prohibida; la primera es obligatoria frente a leyes que prescriben actos contrarios a la conciencia; la segunda está siempre permitida. Queda, por lo tanto, la tercera actitud: ¿es permitida, y cuándo?

Razonable, incluso “moderado”.

(p. 33) Porque si es cierto que pudiera llegar la ocasión en que de tal  suerte se entronizara un régimen tiránico, como hemos visto recientemente en Rusia y México, del cual de ningún modo puedan libertarse los ciudadano, y en tal caso nada mejor que tolerar las injurias y dirigir el corazón a Dios, poniendo en El toda esperanza; mientras no se verifique esta condición de irremediable, mientras puedan los ciudadanos impedir que ella se cumpla, como acaeció con el heroico movimiento encabezado por el Caudillo en la revolución española, deben, todos cuantos  aman su propio bien, el de los suyos y el de la patria, reunirse como nuevos macabeos y resolverse al combate, diciendo: Si todos nosotros hiciéremos como han hecho nuestros hermanos, y no peleáremos para defender nuestras vidas y nuestra ley contra las naciones, en breve tiempo acabarán con nosotros. (Libro primero de los Macabeos, III, 60).

Exacto, si rebelarse equivale a suicidarse será mejor resignarse. Pero si hay posibilidad de defenderse, hay obligación de hacerlo.

(p. 37) Individualismo, democratismo y liberalismo, he aquí los tres elementos que se compenetran en la formación de la sociedad liberal.

Una sociedad así desorganizada debía poseer una espantosa energía de destrucción y la historia nos dice que, entregados los hombres a la libre competencia, surgió en el orden económico el proletario y en el orden político “el monarca pueblo, el más duro, el más despótico, el más intolerable de todos los monarcas”, como ha escrito Joseph de Maistre (ETUDE SUR LA SOUVERAINETÉ, cap. 6).

La sociedad liberal — desatando al hombre de los vínculos que lo protegían — lo esclavizó en lo religioso a las divinidades de la Ciencia, del Progreso, de la Democracia; en lo intelectual, sometiéndolo a los mitos del materialismo evolucionista; en la moral al sentimentalismo romántico; en lo económico, al despotismo del dinero; en lo político, a la oligarquía de  los más bribones. En el estúpido siglo XIX llega a su culminación el desarrollo de esa sociedad que adora en postura romántica tan necios y desolados ídolos.

Entiéndase que no hablo del socialismo burgués nuestro, copia del socialismo francés de Jean Jaurés. En realidad, no es éste más que un liberalismo sentimental que se ha anexado en confusa mezcla el odio a lo católico y las tesis sobre la socialización de la tierra y de los medios de producción.

¿Existe irreductibilidad entre el liberalismo y el socialismo? Ninguna. En primer lugar, porque el liberalismo conduce al bolchevismo, como hemos indicado. En segundo lugar, porque en una y otra ideología la condición humana es, en lo cualitativo, considerada del mismo modo.

Uno y otro privan de religión a  los individuos: el liberalismo porque, a fuer de libertad, en él impera la idea laica; el socialismo porque, en nombre del materialismo, sólo hace posible la confesión atea. Y ambos privan de lo moral: porque el liberalismo rompe los frenos que detienen los instintos, y el socialismo impulsa todos los movimientos infrarracionales.

Liberales y socialistas son hijos de un mismo padre, el lacayo Juan Jacobo. Aquéllos quieren a los individuos libres aunque se mueran de hambre; éstos los prefieren hartos (en la práctica también los matan de hambre), aunque vivan esclavos. Hermanastros irreconciliables, se han amamantado en la trilogía revolucionaria, con la diferencia de que a uno emborracha la libertad y al otro la igualdad.

Impresionante, y está escrito en los años 40 (creo). Estos integristas eran clarividentes. Actualmente,  NO HAY diferencia entre izquierda y derecha. ¿Lo niega alguien aún? Sique:

(p. 38) Como sus padres, que en 1791 arrasaron las famosas corporaciones, ni uno ni otro quieren la existencia de un cuerpo social — distinto y anterior al Estado — formado de células vivas que se diferencian y organizan en tejidos, órganos y aparatos. Sin embargo, la reconstrucción de estos organismos es de esencial importancia para el establecimiento de un régimen normal de la vida político-social. El individuo no se inserta inmediatamente en la vida pública, sino que, en primer lugar, me agrupa en la familia, en el municipio, y por el municipio en la provincia o región, y por la región en la nación.

Paralelamente, en razón de los intereses comunes que tiene con los compañeros de trabajo del mismo oficio o profesión, créanse otros organismos  naturales, indispensable al menos, para que los individuos puedan lograr una suficiente independencia económico-social a que su trabajo les da derecho; bajo este aspecto agrúpanse primeramente en el  taller y por el taller en la corporación, y por la corporación en los cuerpos profesionales o gremiales y por los cuerpos profesionales en la nación.

….

El régimen corporativo es la organización del trabajo más conforme con los principios del orden social cristiano y la más favorable a la prosperidad general

Como por el momento es casi quimérico pensar en una organización corporativa de la sociedad, se puede ir tendiendo a ella por medio del sindicalismo y de la organización de las profesiones.

Esto no me convence. La economía actual no puede funcionar en un régimen corporativo. Los mercados (la libertad de contratación) se han llevado por delante todas estas instituciones, y hay que aceptarlo como hecho natural.

Continuará.

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