El negocio del holocausto, de Norman Finkielstein (2). Los dos dogmas centrales del Holocausto: (a) El Holocausto, hecho histórico único; y (b) El Holocausto, culminación del odio irracional, eterno, de los gentiles hacia los judíos.

Foto del día de la liberación del campo de concentración de Auswich ¿Os parecen desnutridos?

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Capítulo anterior: El negocio del holocausto, de Norman Finkielstein (1). ¿Por qué estuvo este fenómeno histórico ausente de la vida académica, periodística y política de los EE. UU. (y de resto del mundo) hasta finales de los años 60?

Pasamos al Capítulo 2 del libro, titulado Fraudes, Mercachifles e Historia. Muy importante:

Hay dos dogmas centrales que sostienen la estructura del Holocausto: (1) El Holocausto marca categóricamente un hecho histórico único; y (2) El Holocausto marca la culminación del odio irracional, eterno, de los gentiles hacia los judíos. …

En las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, el holocausto nazi no se presentó como un hecho únicamente judío – y menos aún como algo históricamente único. En particular, la judería norteamericana organizada realizó grandes esfuerzos por colocarlo dentro de un contexto universalista. Sin embargo, después de la guerra de Junio, la Solución Final nazi fue radicalmente reformulada. “El primer y más importante alegato que emergió de la guerra de 1967 convirtiéndose en emblemático del judaísmo norteamericano”, recuerda Jacob Neusner, fue que “el Holocausto . . . era algo único, sin parangón, en la Historia humana.”[65] En un esclarecedor ensayo, el historiador David Stannard ridiculiza a la “pequeña industria de los hagiógrafos del Holocausto que argumentan la excepcionalidad de la experiencia judía con toda la energía y con todo el ingenio de los zelotas teológicos”[66] Con todo, el dogma de la excepcionalidad no tiene sentido.

Es un tema esencial en la discusión. La persecución de una población molesta es, desgraciadamente, frecuente en la historia. De hecho los judíos tienen algunas en el debe, las detallaron además en la Biblia. ¿Qué paso con los Cananeos? ¿No se llamaba Canaan precisamente la Tierra Prometida? También pretenden –algunos de ellos están incluso convencidos- de que nunca han perseguido a otras religiones. De nuevo, la respuesta está en sus libros sagrados, que ya no leen.

Me pregunto si el Jacob Neusner en cuestión será este mismo.

Al nivel más básico, todo hecho histórico es único, aunque más no sea en virtud del tiempo y el lugar donde suceden. Pero no es esa la unicidad a que se refieren aquí, por supuesto. Lo del odio irracional y eterno de los gentiles por los judíos es otra patraña a que se podría dar la vuelta mostrando el contenido del talmud.

No vamos a negar que los judíos han sido rechazados por todos los sitios donde han pasado, pero, si no me dicen más, lo lógico es concluir que los judíos son odiosos, en vez de echar la culpa a egipcios, babilonios, griegos, romanos, árabes, visigodos, españoles, ingleses, franceses, polacos, alemanes, rusos, letones, ucranianos, etc. etc. etc.

Digo en principio, el rechazo hay que analizarlo en cada caso. Si queremos escribir historiografía, hay que presentar causas materiales y eficientes en vez de achacarlo a un odio irracional y eterno. Pero como veremos, los judíos rechazan los intentos de explicación de las causas del odio (en particular de la persecución nazi), porque equivale, dicen, a justificarlo. Sin embargo, considerar una cosa materialmente inexplicable es sacralizarla. Pues claro, es eso lo que pretenden: La Shoah como nueva religión. El Holocausto ha pasado a ser considerado como crimen absoluto, una categoría materialmente imposible; solo desde la teología, nunca desde la historiografía, cabe hablar de crimen absoluto.

Aquí lo tenemos:

Definido por Novick como la “sacralización del Holocausto”, el proveedor más experto a esta mistificación es Elie Wiesel. Para Wiesel, como acertadamente observa Novick, El Holocausto es efectivamente una religión del “misterio”. Consecuentemente Wiesel entona que El Holocausto “conduce a la oscuridad”, “niega todas las respuestas”, “se ubica fuera y acaso más allá de la historia”, “desafía tanto en conocimiento como a la descripción”, “no puede ser explicado ni visualizado”, no será “nunca comprendido ni transmitido”, marca una “destrucción de la historia” y una “mutación a escala cósmica”. Sólo el sacerdote-sobreviviente (léase: sólo Wiesel) está calificado para develar su misterio. Y, así y todo, Wiesel asevera que el misterio de El Holocausto es “incomunicable”; “no podemos ni hablar de él”. Consecuentemente, por su honorario habitual de U$S 25.0000 (más chofer y limusina), Wiesel nos dará una conferencia sobre que el “secreto” de “la verdad” de Auschwitz “reside en el silencio”.[70]

Según esta visión, la comprensión racional del Holocausto equivale a su negación. Porque la racionalidad le niega al Holocausto su unicidad y su misterio. Y el comparar al Holocausto con el sufrimiento de otros constituye, según Wiesel, “una traición total a la historia judía”.[71] … Una muletilla favorita del argumento de Wiesel es que “la universalidad del Holocausto reside en su unicidad”.[73]

Y aun algunos se indignan por la denuncia de la literatura holocaustica como un intento de sustituir el Sacrificio de la Cruz.

El caso es que el asunto no es meramente teológico, porque se usa como argumento para pasar la bandeja y para todo tipo de chantajes económicos y políticos.

Los alegatos por la unicidad del Holocausto son intelectualmente estériles y moralmente vergonzosas, pero no obstante persisten. La pregunta es: ¿por qué? En primer lugar, un sufrimiento único confiere derechos únicos. El mal singular del Holocausto, según Jacob Neusner, no sólo coloca a los judíos en un lugar aparte de los otros sino que también le otorga a los judíos una “demanda sobre esos otros”.

Para Edward Alexander, la unicidad del Holocausto es “capital moral”. Los judíos deben “exigir derechos soberanos” sobre esta “valiosa propiedad”.[76]

En efecto, la unicidad del Holocausto – esta “demanda” contra otros, este “capital moral” – le sirve de principal excusa a Israel. “La singularidad del sufrimiento judío”, sugiere el historiador Peter Baldwin, “aumenta las demandas morales y emocionales que Israel puede presentar . . . a otras naciones.”[77] Así, de acuerdo a Nathan Glazer, El Holocausto, que subrayó la “peculiar diferenciación de los judíos” le otorgó a los judíos “el derecho a considerarse especialmente amenazados y especialmente merecedores de cualquier esfuerzo que les fuese necesario para sobrevivir.” (el énfasis es del original)[78] Tan sólo para citar un ejemplo típico: toda noticia sobre la decisión israelí de desarrollar armas nucleares evoca el espectro del Holocausto. Como si de otra forma Israel no se hubiese convertido en potencia nuclear.

Y hay, además, otro factor. El alegato de la singularidad del Holocausto es un alegato por la singularidad judía. Lo que hizo único al Holocausto no fue el sufrimiento de los judíos sino el hecho de que los judíos sufrieron. O sea: el Holocausto es especial porque los judíos son especiales. Así, Ismar Schorsch, secretario del Seminario Teológico Judío, ridiculiza el alegato de la unicidad del Holocausto diciendo que es “una versión secular de mal gusto del concepto de pueblo elegido”.[79] Así como es vehemente en cuanto a la unicidad del Holocausto, Elie Wiesel es no menos vehemente afirmando que los judíos son únicos. “Todo acerca de nosotros es diferente”. Los judíos son “ontológicamente” excepcionales.[80] Marcando la culminación del milenario odio de los gentiles hacia los judíos, El Holocausto confirmó no sólo la singularidad del sufrimiento de judíos sino también la singularidad judía.

Durante la Segunda Guerra Mundial y en sus postrimerías, informa Novick, “difícilmente alguien dentro del gobierno (de los EE.UU.) – y difícilmente alguien fuera de él, sea judío o gentil – hubiera comprendido la expresión »abandono de los judíos«.” El cambio se produjo después de Junio de 1967. “El silencio del mundo”, “la indiferencia del mundo”, “el abandono de los judíos”; estos temas se convirtieron en una constante del “discurso sobre El Holocausto”[81]

Apropiándose de un principio sionista, el esquema del Holocausto presentó la Solución Final de Hitler como la culminación del milenario odio a los judíos. Los judíos perecieron porque todos los gentiles, fuesen perpetradores o colaboradores pasivos, querían verlos muertos. De acuerdo con Wiesel, “El mundo libre y »civilizado« “ entregó los judíos “al verdugo. Hubo matadores – los asesinos – y hubo quienes permanecieron en silencio”.[82] No existen pruebas históricas de un impulso asesino gentil. El tremendo esfuerzo de Daniel Goldhagen en demostrar una variante de esta acusación en Hitler’s Willing Executioners apenas si escapa a lo cómico.[83] Su utilidad política, sin embargo, es considerable. De paso, se puede observar que la teoría del “eterno antisemitismo” reconforta, de hecho, al antisemita. Tal como lo señala Arendt en The Origins of Totalitarianism (Los Orígenes del Totalitarismo) “que esta doctrina fuese adoptada por los antisemitas profesionales es algo que va de suyo; les da la mejor excusa posible para todos los horrores. Si es cierto que la humanidad ha insistido en asesinar judíos por más de dos mil años, entonces el matar judíos es una actividad normal, incluso humana, y el odio al judío está justificado más allá de la necesidad de argumentos. El aspecto más sorprendente de esta explicación es que haya sido adoptada por una gran cantidad de historiadores imparciales y por un número todavía mayor de judíos.”[84]

El dogma del eterno odio gentil incorporado al Holocausto ha servido tanto para justificar la necesidad de un Estado judío como para explicar la hostilidad hacia Israel. El Estado judío es la única salvaguarda contra el próximo (inevitable) estallido de antisemitismo homicida. Recíprocamente, el antisemitismo homicida está detrás de todo ataque y hasta de toda maniobra defensiva contra el Estado judío. Para explicar la crítica a Israel, la escritora Cynthia Chick tenía una respuesta rápida: “El mundo quiere eliminar a los judíos . . . el mundo siempre ha querido eliminar a los judíos”.[85]

Insisto, si alguien quiere ponerse al servicio de la defensa de las “víctimas universales” es muy libre. Nosotros somos también muy libres de exponer su desfachatez (en realidad, no: en algunos sitios es ilegal).

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