La llamada “Cruzada de los niños”

Tuve noticia de ella por el libro God´s Fool. Trata de una extrañísima expedición formada por siete barcos con niños, que tendrían que conseguir lo que los mayores no habían podido: recuperar la Tierra Santa para la Cristiandad. Dos de los siete barcos se hundieron, los supervivientes acabaron vendidos como esclavos, o en los harenes sarracenos.

El delirio sobrepasó todo lo imaginable. Leo que en Colonia, un joven llamado Nicolás consiguió que veinte mil cruzaditos de ambos sexos le siguieran. Cruzaron los Alpes y llegaron a Génova, donde esperaban que el mar se secara para ir andando hasta Jerusalén. Tuvieron que desandar lo andado, no todos lo consiguieron.

El regusto de mala conciencia que quedó en la Cristiandad fue tremendo. Muy pocos hicieron algo por parar semejante locura.

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1 comentario

  1. Si, efectivamente, la Cruzada de los niños fue un movimiento practicamente espontáneo que tuvo lugar tras la IV Cruzada y la Cruzada albigense (las cruzadas de Inocencio III). Espontaneo por que, según cuentan las fuentes contemporáneas, miles de niños a lo largo del mediodía francés (el país de Languedoc), de Alemania y del Norte de Italia, abandonaron sus hogares de la noche a la mañana, sin siquiera despedirse de sus padres, y marcharon como un solo hombre hacia los puertos marítimos del Mediterráneo: Marsella y Génova. Los niños arguían que ellos tendrían éxito dónde antes habían fallado los grandes señores debido a sus pecados.
    Quienes procedían de Occitania descendieron por el Ródano y fueron a parar a Marsella. Aquéllos que en cambio venían de Alemania e Italia, acudieron a Génova.
    Durante el camino desde sus hogares hasta los citados puertos, centenares cayeron presa del hambre, del frío, de las enfermedades y de las trampas para osos y lobos que los campesinos solían ubicar a la vera de los bosques para defenderse de esas bestias.
    La hoja de ruta de los niños era tan simple como ingenua: caminarían por los senderos hasta llegar a la orilla del Mediterráneo, donde el mar se abriría ante sus piés de la misma manera en que el Mar Rojo lo había hecho con Moisés. Pero sucedió que cuando los destacamentos de crios se sentaron en la orilla, las aguas no se retiraron. Esperaron y esperaron sin que sucediera el milagro.
    Entretanto, muchos de los padres de esos niños, barones y potentados incluidos, lograron ubicarles a orillas del mar. Pero a último momento se contuvieron de detenerles, temerosos de que Dios efectivamente hubiese efectuado el llamamiento de los infantes. Y sucedió pues lo más dramático: los progenitores observando desde los malecones de los puertos de Génova y Marsella cómo sus hijos abordaban las embarcaciones y se introducían derecho en sus bóvedas. Debió de ser para ellos un momento devastador.
    Sucedió que los niños se habían cansado de esperar en vano que el mar se abriera y arreglaron con los capitanes de algunos barcos para que les llevaran a Jerusalén, el ombligo del mundo, como la llamaban los infantes.
    Pero los capitanes vieron la veta del negocio, los hicieron abordar y los llevaron derechito a Egipto, a Alejandría, adonde los vendieron como esclavos.
    Muchos niños fueron entonces comprados y obligados a trabajar en los jardines, cultivando los almácigos en los fundos mamelucos de El Cairo. Muchos otros también fueron muertos por negarse a convertirse al Islam.

    Guilhem de Encausse

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