Os presento aquí un nuevo artículo de J.R. San Miguel Hevia en el Catoblepas sobre Maimón ben Yosef, padre del Maimónides famoso y también del criptojudaísmo.
La historia es la siguiente. En el s. XII, los almohades acaban definitivamente la tolerancia (que no convivencia) de las otras religiones, incluso de otras sectas mahometanas. Su programe es el mismo que el de la Protesta cristiana”: Lectura directa del Corán. Su lema “Un solo Dios, una sola fe, un solo Califa” se parece mucho al de la Protesta “Sola Scriptura, Sola Gratia, Solus Christus …”. Ante esa situación:
Maimón, como dayyan de la sinagoga, está obligado a tomar una decisión que salve la vida y la fe de su comunidad. Dos generaciones antes de él, los musulmanes almorávides han incendiado todas las casas de oración, y sólo una sinagoga se ha podido reconstruir con graves sacrificios. Pero ahora los unitarios [los mahometanos] proponen a los infieles un ultimátum mucho más severo: sólo disponen de tres días para convertirse al Islam o abandonar sus ciudades sin esperanza de regreso.
Las últimas palabras que el Rabbí pronuncia antes del cierre definitivo de la sinagoga son el primer esbozo de su epístola circular a las demás comunidades hebreas amenazadas por parecidos ataques de intolerancia. Es preciso, si el pueblo judío quiere seguir existiendo para cumplir su histórica misión, abandonar la confesión pública de su ley y mantenerla sólo en su vida privada y doméstica, que los árabes, incluso los más fanáticos, respetan religiosamente
Con todo, tiene que huir:
Maimón y sus hijos van a Africa huyendo otra vez de la intolerancia de los generales almohades, con un nombre árabe y con la esperanza de pasar desconocidos y ser súbditos de Abd-Al Mumin, un gran amigo de los hombres de letras. En Fez termina su Carta de Consolación y la distribuye clandestinamente entre las comunidades hebreas, que siguen fieles a su Ley, aunque en el exterior confiesen la doctrina islámica.
Aquí está expuesto el dilema al que se enfrenta, que es el típico problema de la relaciones e ética y política:
La primera salida, ciertamente herética, es la rendición incondicional. En la tierra sólo hay sitio para los islamistas y los cristianos, y ante esta doble tenaza los seguidores de la ley de Moisés deben capitular y convertirse de todo corazón a quienes tienen el poder de cuerpos y almas. El Dios supremo, que está por encima de todas los hombres, tiene el poder de cambiar a sus ministros y ante su decisión suprema los demás pueblos están llamados a obedecer. Ahora bien, –escribe el rabbí– mientras los judíos mantengan su ley y sus tradiciones, seguirán siendo una raza distinta con un valor propio, aunque estén dispersos por toda la tierra.
La segunda salida, la más difícil y heroica, es la intransigencia ante la imposición de una ley y una religión extraña. Es preferible el testimonio de los mártires a una aceptación, aunque sea fingida, de una doctrina y una conducta extrañas a su Alianza y sus mandamientos. Es verdad que esta actitud, llevada a sus últimas consecuencias conduce al sacrificio individual y al holocausto de toda la raza, pero Dios exige testigos capaces de morir por él.
Las dos alternativas, aunque polarmente opuestas, llevan a la misma conclusión: la desaparición física o espiritual de los judíos. Pero eso es una doble herejía, que contradice la primera y solemne promesa hecha por Dios a Abraham, asegurando que sería padre de una pueblo del cual recibiría la tierra entera la bendición. Hace falta una tercera vía, si es posible encontrarla, distinta de la rendición y del holocausto.
Esta es la solución:
Si el pueblo de Israel quiere subsistir debe imitar la conducta de los seres vivos cuando se ven atacados por otros más poderosos que ellos. Para defenderse de esta amenaza se confunden con el medio ambiente y de esta forma se hacen invisibles ante sus enemigos, y en consecuencia también invencibles. El disimulo es el arma de los más débiles, lo que les permite resistir y en último término triunfar silenciosamente en todas las guerras.
Si las comunidades hebreas adoptan esta táctica guerrera de la ocultación, ya no basta con renunciar a la pública oración en la sinagoga. Además de esto es necesario fingir externamente la conversión al Islam –cosa tanto más fácil cuanto que bastan unas pocas palabras para dejar satisfechos a los mismos almohades–, a cambio de lo cual los hebreos quedan con todas sus casas, sus riquezas, sus ilustres profesiones, su ciudad, y –lo que es más importante– la fe que guardan secretamente en la Alianza de Dios. Después de todo una conversión forzada por el miedo no tiene ningún valor ni puede ser considerada como apostasía.
Eso es el criptojudaísmo. Y estos los precedentes históricos:
Esta astucia no es nueva. Reproduce la conducta de los hombres más grandes de Israel. José, sin dejar de acordarse de su padre, su lengua y sus hermanos, se convierte en el primer ministro de Egipto, y acepta las tradiciones y el homenaje externo de su nuevo pueblo. Daniel llega a ser en Babilonia el sabio intérprete de los sueños del rey, y sus compañeros ocupan los primeros puestos de la corte. Esther entra en el serrallo del rey persa Asuero, se convierte en su mujer favorita y de esta forma salva a los judíos de la persecución. En la nueva situación es preciso seguir los modelos señalados por las Escrituras.
Yo iría más lejos y la remontaría hasta el propio Abraham, que prostituyó a su esposa Sara de forma bastante rastrera. Pero eso son relatos míticos.
Para rematar. ¿Heredaron los españoles del XVII de los hebreos la obsesión por la pureza de sangre?
Esto produce en el seno de un pueblo, cuya única riqueza son al parecer sus creencias, una reacción que va a durar varios siglos, y que se concreta en instituciones tan peculiares como son los tribunales de sangre, en busca de un antepasado a veces lejano, sospechoso de seguir la ley de Moisés. El criptojudaísmo por una parte, y por otra la infamia social que acompaña a los descendientes de un bisabuelo hebreo son dos movimientos complementarios que llenan la vida, la literatura y el modo de pensar de los españoles. Como además esta sospecha de mestizaje es muy difícil de evitar, resulta que los hombres más eminentes en la política o las letras merecen a la vista de un observador descuidado y poco amigo de matices, el nombre de judíos. Todo esto es la herencia que ha dejado tras de sí el Rabino Maimón.
Posiblemente. Es la tesis de Castro. En todo caso nunca les impidió el mestizaje ni con los judíos conversos ni con los habitantes de las Américas.
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