La polémica sobre el burka destapa la islamización salafista de Francia

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Ellos llevan el pelo muy corto y la barba abundante. Bajo el abrigo asoma el Khami, la túnica árabe. Ellas llevan el velo integral, no conducen y se cubren las manos con guantes incluso en verano. Este perfil responde muy a menudo al de los salafistas, miembros de una de las corrientes más radicales del Islam. Detrás del debate sobre la prohibición del burka en aras de la defensa de la dignidad de la mujer hay también una voluntad del Gobierno francés de atajar su crecimiento en territorio de la República. En cinco años, los adeptos han aumentado un 140%.

Según las últimas cifras del ministerio del Interior, 12.000 personas siguen esta línea rigorista de la religión musulmana. En el 2004 se contaban poco más de 5.000 y apenas unos centenares 10 años atrás. De los 1.900 centros de culto musulmán –mezquitas más salas de rezo– que hay en Francia, medio centenar se alinean con el salafismo. Geográficamente se sitúan en las grandes conurbaciones de París, Lyon y Marsella, pero también en Roubaix, Grenoble, Pau o Brest. El ministerio tiene fichados a unos 90 imanes de esta línea radical. Desde el 2001, las autoridades francesas han expulsado a 129 islamistas radicales, entre ellos 29 imanes, la mayor parte salafistas. Algunos, como el egipcio Ali Ibrahim el-Soudany, atizaba abiertamente el odio llamando incluso a la yihad, la guerra santa.

Se calcula que al menos la mitad de las mujeres que se cubren con el burka –unas 2.000 en Francia– forman parte de esta corriente importada de Arabia Saudí. «El verdadero musulmán no puede alejarse de los mandatos de Dios. Si una ley prohíbe el velo integral, aconsejaremos a nuestras mujeres que se lo quiten… Desgraciadamente, muchas no querrán salir de su casa», ha advertido el imán Abdelhadi Doubi, uno de los importadores de este movimiento en Marsella.

¿A qué responde este fenómeno? «Los salafistas reclutan sobre todo entre los jóvenes de barrios populares. Ya sean de origen inmigrante o franceses de pura cepa convertidos, se trata normalmente de personas económicamente excluidas, desclasadas socialmente», explica Samir Amghar, sociólogo especialista del salafismo, en el semanario L’Express. «Lo que les atrae es el discurso de ruptura con una sociedad que les ofrece una imagen de perdedores», razona.

En tiempos de crisis, el terreno está aún más abonado. Para Amghar, no hay duda de que este movimiento, que recomienda mantenerse al margen de la sociedad occidental, tiene un lado «sectario». Aunque se trata de una facción muy minoritaria en relación con la cantidad de musulmanes que viven en Francia –se estima que hay entre cinco y seis millones– sus comportamientos y creencias chocan con los preceptos de la República. En algunas grandes empresas cuestionan la mezcla de sexos en el trabajo, también niegan la teoría de la evolución que se enseña en las escuelas. En los hospitales, exigen que sus mujeres sean atendidas por profesionales femeninas. Las mujeres no solo deben ir cubiertas sino que no pueden frecuentar lugares donde hay hombres, lo que les impide ir al cine o a la universidad.

Estas son algunas de las razones por las que la comisión parlamentaria sobre el burka, que entregó sus conclusiones la semana pasada en medio de una considerable expectación, reclama una ley que prohíba en todos los servicios públicos una prenda que «atenta contra la dignidad y la libertad de la mujer». La recomendación va camino de convertirse en realidad. El primer ministro, François Fillon, ha pedido al Consejo de Estado que estudie prohibir el velo integral de la forma «más amplia y más efectiva posible».

Fuente: El Periódico.

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