Christopher Caldwell: “La revolución europea. Cómo el islam ha cambiado el viejo continente»

El islam no ha resultado ser el vestigio en el que muchos europeos daban por sentado que se convertiría cuando empezaron a llegar los inmigrantes en las décadas de 1950, 1960 y 1970. Es una fuerza a tener en cuenta. A los comentaristas y políticos les gusta recoger, como si realizaran una generosa concesión, el tópico de que el islam es ya «la segunda religión de Europa». Hay quienes dicen incluso que eso exagera el impacto del islam. «Tenemos un debate público como si los inmigrantes musulmanes religiosos constituyeran un 30 por ciento de la población –dice el especialista danés en religión Anders Jerichow–. La parte religiosa probablemente sea un uno por ciento».

Sin embargo, describir el islam como la segunda religión de Europa en realidad es quedarse corto. Si se mide el islam por la intensidad de las convicciones de sus fieles, por su importancia en los debates políticos, por los privilegios de los que disfruta bajo la ley de muchos países europeos o por su capacidad para intimidar a los potenciales detractores, el islam no es la segunda religión de Europa, sino la primera. En algunos países de Europa occidental, las cifras absolutas de asistentes a iglesias y a mezquitas son parecidas. En todos, las tasas de asistencia a las mezquitas son superiores. Los europeos no se equivocan al ponerse nerviosos por lo que no deja de ser, al fin y al cabo, una religión minoritaria. Quizá Europa no se convertirá en una avanzadilla del mundo árabe, como advirtió Bernard Lewis, pero sí tiene una «nación del islam» dentro, pequeña pero en inexorable crecimiento.

Resurgimiento religioso
En la mayoría de las comunidades musulmanas de Europa –ricas o pobres, recién desembarcadas del avión o a dos generaciones del muelle–, la importancia y el prestigio del islam están en alza. En la clase media musulmana, no es embarazoso reconocer que los padres de uno son religiosos, como lo sería entre los europeos de clase media y ascendencia cristiana. En Francia, un 85 por ciento de los estudiantes musulmanes describe sus creencias religiosas como «muy importantes», frente a un 35 por ciento de no musulmanes. También en Alemania la religiosidad está más difundida entre los inmigrantes musulmanes que entre los nativos: un 81 por ciento de los turcos procede de un ambiente religioso, frente a un 23 por ciento de los alemanes. Sin embargo, un dato igual de importante es que los musulmanes viven con más pasión y confianza sus creencias religiosas: un 68 por ciento de los turcos cree que su religión es la única verdadera, frente a apenas el 6 por ciento de los alemanes. El 70 por ciento de los musulmanes europeos ayunan durante el Ramadán.

El islam se ha convertido en un proveedor alternativo de servicios sociales para los pobres, a veces más eficaz que el Estado. Los grupos de las mezquitas con frecuencia alimentan a los hambrientos (como manda el pilar musulmán del zakat), y el historial de los programas «basados en la fe» en el empeño de alejar de las drogas a los chavales de las urbanizaciones marginales es especialmente brillante. Cuando los vendedores de droga empezaron a abrirse camino en Beeston, en Leeds, Muhammad Sidique Jan –posterior cabecilla de los atentados en el sistema de transporte de Londres de julio de 2005– montó un grupo llamado los Chicos del Mullah junto con quince o veinte paquistaníes más de segunda generación. Era una especie de pandilla callejera organizada para el trabajo social. Cuando identificaban a un vecino drogadicto, Jan y los Chicos del Mullah obtenían permiso de sus padres para secuestrarlo, y lo retenían mientras se desintoxicaba en un piso cercano a la mezquita wahabí local.

Eso no significa necesariamente que los jóvenes acudirían menos al islam si viviesen en barrios más ricos y menos perjudicados por las drogas. Existe entre los europeos la tendencia a suponer que la ferviente adopción del islam entre la juventud étnica debe de ser fruto de algún factor no religioso, como la pobreza o la exclusión social. No lo es. La religión no es un premio de consolación. La repentina visibilidad del islam forma parte de una transformación global. Durante décadas, los musulmanes europeos, como prácticamente todos los demás pueblos del mundo salvo los cristianos europeos, han estado gravitando (de vuelta) hacia la religión. El movimiento evangélico estadounidense forma parte de la misma tendencia.

El peso demográfico y cultural del islam en el mundo sigue creciendo, y Europa es donde más rápido lo hace. Hay algo rarísimo en esto. Puede que el islam tenga 1.300 millones de fieles, pero la religión propia de Europa, el cristianismo, tiene 2.000 millones. El cristianismo crece más deprisa que el islam y, en realidad, que cualquier otra gran religión del mundo. En África había 9 millones de cristianos de todas las confesiones en 1900; en 2005 eran 393 millones. Un factor clave en la interrupción de la difusión del islam militante en África ha sido un cristianismo pujante que en ocasiones no se queda a la zaga en militancia (un fenómeno no desprovisto de sus propios problemas). Existen pocas pruebas de un crecimiento parecido en Europa, donde no hay un contrapeso semejante.

La ideología bajo la que avanzan las aspiraciones musulmanas puede ser arbitraria. El retorno del islam no es sólo el resurgir de una doctrina, sino el resurgir de un pueblo. Los ejércitos musulmanes (incluidos los terroristas) son cada vez más confiados. A propósito de una serie de cuestiones, en particular las relacionadas con la condena de Occidente, la retórica de los «fanáticos religiosos» árabes de hoy resulta indistinguible de la de los «nacionalistas impíos» árabes de ayer. La idea de que hay más jóvenes que se dicen musulmanes porque se ha humillado de algún modo al islam es errónea. Sean cuales sean sus motivos para llamarse musulmanes, el islam parece avanzar a toda vela.

– Título del libro:  «La revolución europea. Cómo el islam ha cambiado el viejo continente».
– Autor: Christopher Caldwell.
– Edita: Debate.
– Fecha de publicación: 14 mayo de 2010.
– Sinopsis:  El autor analiza cómo Europa ha vivido en los últimos 50 años una revolución demográfica que no tuvo en cuenta el exceso de trabajadores inmigrantes y su impacto cultural. Analiza cómo ante esta contradicción los políticos dictan leyes que recortan las libertades de todos; los conflictos provocados entre el Estado de Bienestar y las tradiciones del Tercer Mundo; lo atractivo que resulta el uso del velo en las mujeres, la sharia o la yihad en la segunda generación de inmigrantes; o el antiamericanismo que ha desencadenado en estos nuevos ciudadanos y también los nativos.

Fuente: La Razón.

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