La Revolución Francesa según Pierre Gaxotte (2). Toma de la Bastilla, Asignados, huida del rey.

Continuamos esto: La Revolución Francesa según Pierre Gaxotte

Capítulo V. La Anarquía.

La convocatoria de los Estado Generales no se había hecho desde hacía 150 años (wiki). La cosa se dejó a su aire, con la consecuencia que podía esperarse: los radicales ganan la mano. París se vuelve el escenario de continuos tumultos. El 14 de julio se toma la Bastilla, donde hay “cuatro falsificadores, un joven pervertido, encerrado a petición de su familia, y dos locos”. La propaganda liberal consigue hacer de este crimen de la plebe (lincharon a los guardas de la cárcel tras rendirse) un acto heroico. Los gabachos siguen celebrándolo, de hecho es el día nacional de Francia. Un caso de delirio colectivo y de autoengaño muy propio de las sociedades modernas dejadas de la mano del Logos.

El 25 de julio corre el rumor de que grupos de bandidos de las provincias se dirigen a Paris. El ejército entrega las ramas al pueblo. Como en la II República española.

El 4 de agosto se suprimen los privilegios: derechos feudales, diezmos, gremios, exenciones locales… El partido revolucionario se escinde en dos. Uno moderado, otro revolucionario, que quiere promulgar una Declaración de derechos, un parlamento soberano, y un gobierno en París, no en Versalles.

Para conseguirlo recurren al motín. Una columna de mujeres y otra de guardias nacionales con La Fayette al frente van a Versalles. El Rey no ofrece resistencia, invaden Versalles, matan a soldados de la guardia real y trasladan a la familia real a París, a las Tullerías.

Capítulo VI. Los asignados

La principal razón parta la convocatoria de los Estados Generales fue el déficit. La revolución lo soluciona expropiando a la propiedad eclesiástica y emitiendo unos asignados respaldados en principio por esa propiedad. Como cabe esperar, las emisiones se suceden, haciendo que al final de la revolución el asignado valga menos de la centésima parte. Los asignados consiguen que los propietarios liguen su destino a la revolución, ya que su repudio les arruinaría.

Pero el capítulo trata de la calma que sucede al verano caliente de 1789, en el que los moderados son incapaces de tomar las riendas. Hay un protagonista: Mirabeau.

Capítulo VII. Varennes.

La Iglesia apenas reacciona ante el atropello. Se redacta una constitución civil que la convierte en una rama del estado (al servicio del orden público y la moral). Se reorganizan las diócesis. Los curas y obispos pasarían a ser elegidos por la población. Ateos, herejes y judíos podrían ser elegidos.

Se exige al clero jurarla; la mitad de los sacerdotes se niegan. Los fieles no van a la nueva iglesia de los “juramentados”, sino a los “refractarios”, a los que se les permite el culto “privado” haciendo la vista gorda.

Obligado el rey a firmar esa constitución, empieza a pensar en su huida de París, donde eran rehenes de la plebe. Va a Metz, pero es detenido en Varennes, y devuelto a Paris.

Los revolucionarios moderados tienen un problema, porque sin el rey perderían legitimidad y tendrían que abrir las puertas a otra revolución, con consecuencias imprevisibles. Para salvar la situación recurren de nuevo al autoengaño: se convencen de que el rey fue raptado… Los clubes redoblan la agitación, pero los moderados dispersan con las armas un motín.

El rey aprueba la constitución. Aparentemente, la revolución se había consumado.

* * * * *

Una curiosidad:

la Revolución francesa comenzó con una solemne procesión; la presidió el rey Luis XVI, y los representantes de los tres estados, cirio en mano, acompañaron devotamente al Santísimo Sacramento. Esto sucedía el 4 de mayo de 1789, al abrirse los Estados Generales

De aquí: El calvario de Pío VI (y II)

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