La cuestión judía en el Concilio Vaticano II (1): El origen de Nostra Aetate

Leon de PoncinsLo que sigue es un resumen de la serie de artículos publicados en The Occidental Observer en la que se reseñan escritos del tradicionalista católico francés Léon de Poncins sobre la influencia judía en el Concilio Vaticano II, en particular sobre Nostra Aetate.

Introducción

El CVII significó una ruptura de la casi bimilenaria doctrina tradicional de la Iglesia (Nuevo Testamento, Padres de la Iglesia, Magisterio papal) sobre los judíos, según la cual el Israel de Dios no es ya el pueblo de la Antigua Alianza, sino la Iglesia Católica. El pueblo de la Antigua Alianza, que rechazó el mensaje de Cristo y lo entregó a la muerte, sigue siendo culpable por su obstinación en ese rechazo y su oposición contumaz a la Iglesia.

Esta era la doctrina católica hasta 1965, cuando se aprobó Nostra Aetate. A partir de esta, los judíos no son ya responsables de la muerte de Cristo. Además, la Antigua Alianza seguiría vigente y la doctrina tradicional católica habría sido la causa subyacente de ese antisemitismo que llevaría a la persecución y al “Holocausto”. La Esposa de Cristo pidió de esta forma perdón a los sucesores de Caifás.

Nostra Aetate carece de notas, porque carece absolutamente de fundamentos en la doctrina tradicional católica [nota: esto no es estrictamente cierto]. Ningún pasaje de la Sagrada escritura, ningún santo, ningún Papa suscribió nunca semejante doctrina en los casi dos mil años de existencia de la Iglesia de Cristo.

I: Nostra Aetate

Aquí tenemos un extracto de esta:

Como es, por consiguiente, tan grande el patrimonio espiritual común a cristianos y judíos, este Sagrado Concilio quiere fomentar y recomendar el mutuo conocimiento y aprecio entre ellos, que se consigue sobre todo por medio de los estudios bíblicos y teológicos y con el diálogo fraterno.

Aunque las autoridades de los judíos con sus seguidores reclamaron la muerte de Cristo, sin embargo, lo que en su Pasión se hizo, no puede ser imputado ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de hoy. Y, si bien la Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios, no se ha de señalar a los judíos como reprobados de Dios ni malditos, como si esto se dedujera de las Sagradas Escrituras. Por consiguiente, procuren todos no enseñar nada que no esté conforme con la verdad evangélica y con el espíritu de Cristo, ni en la catequesis ni en la predicación de la Palabra de Dios.

Además, la Iglesia, que reprueba cualquier persecución contra los hombres, consciente del patrimonio común con los judíos, e impulsada no por razones políticas, sino por la religiosa caridad evangélica, deplora los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de cualquier tiempo y persona contra los judíos.

Por los demás, Cristo, como siempre lo ha profesado y profesa la Iglesia, abrazó voluntariamente y movido por inmensa caridad, su pasión y muerte, por los pecados de todos los hombres, para que todos consigan la salvación. Es, pues, deber de la Iglesia en su predicación el anunciar la cruz de Cristo como signo del amor universal de Dios y como fuente de toda gracia.

Aunque aparentemente está en línea con la doctrina tradicional de la Iglesia, de hecho muestra el terrible desconocimiento del judaísmo por parte de los obispos. Pareciera que la única preocupación es el aspecto humanitario del asunto, arteramente presentado por los voceros de la judería.

II: Origen de las reformas propuestas por el Concilio

El origen de esta ruptura doctrinal está en las maniobras de varias personalidades y organizaciones judías: Jules Isaac Marx, Label Katz (presidente de B’nai B’rith, la masonería judía), Nahum Goldmann, el Congreso Mundial Judío, etc. Destaca el primero, un judío francés, que fue Inspector General de Educación de Francia.

Jules Isaac fue el principal promotor del cambio de doctrina de la Iglesia sobre el judaísmo, asunto al que dedicó dos libros: Jesús e Isräel (Jesús e Israel) y Genèse de l’Antisemitismo (Génesis del Antisemitismo).

Su tesis principal es esta: es preciso acabar con el “antisemitismo”, cuyo resultado fue la masacre de los judíos en los campos de exterminio. Las enseñanzas tradicionales de la iglesia han alimentado el antisemitismo, por tanto hay que desacreditarlas. Para ello puso en cuestión el valor histórico de los Evangelios.

Inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, Isaac empezó a organizar reuniones nacionales e internacionales con personalidades católicas judeófilas. Fue recibido en 1960 por Juan XXIII, al que pidió una condena del “desprecio” católico por los judíos y un comité para estudiar el problema. Tras ello el cardenal Bea creó el Secretariado para la Unidad de los Cristianos, que se encargó de revisar la relaciones de la Iglesia con los judíos.

El asunto fue enviado al Concilio en 1964.

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