La cuestión judía en el Concilio Vaticano II (3): VI La imposible amistad Judeo-Cristiana

Leon de PoncinsLo que sigue es un resumen de la serie de artículos publicados en The Occidental Observer en la que se reseñan escritos del tradicionalista católico francés Léon de Poncins sobre la influencia judía en el Concilio Vaticano II, en particular sobre Nostra Aetate.

VI La amistad Judeo-Cristiana.

A pesar de la insolencia de sus exigencias, de las andanadas contra el Evangelio y los Padres de la iglesia, Jules Isaac tuvo muchos apoyos en Roma, empezando por los seguidores de la “Amistad Judeo-Cristiana”

Curiosamente, uno de los líderes espirituales del judaísmo contemporáneo tiene estas palabras irónicas y despectivas hacia la idea de una tradición “judeocristiana”:

El término “Judeo-Cristiano”, aunque designa un origen común, es sin lugar a dudas el concepto más letal… Unifica en una sola expresión dos conceptos irreconciliables, y pretende demostrar que no hay diferencia entre el día y la noche… El cristianismo ofrece al mundo un mesianismo limitado”

Sin embargo, Jules Isaac y sus secuaces no tuvieron que justificar en Roma sus escritos plagados de odio a Cristo y al Evangelio. Hablaron de la caridad cristiana, de la unidad ecuménica, de las Escrituras compartidas, de la lucha contra el racismo…

El resultado fue la aprobación del cambio de doctrina por los padres conciliares, a pesar de que los promotores acusaban a los evangelistas de mentirosos, a los Padres de la Iglesia de falsarios, de propagar el odio a los judíos y de ser últimos responsables del nazismo.

Y sin embargo, los libros en que se afirmaba eso se vendían en las librerías, así que los padres conciliares no podían alegar ignorancia, tampoco sobre las acusaciones contra el Cristianismo de ser una imitación bastarda del monoteísmo:

“Para los judíos, tu religión es una blasfemia y una subversión. Para nosotros, vuestro Dios es un demonio, es decir, la esencia del mal sobre la Tierra” (A. Memni, Portrait d’un juif, Ed Gallimard, Paris 1962)

La razón del éxito de la estrategia judía está en que los padres conciliares nunca supieron quienes estaban detrás de esta petición de cambio doctrinal. En todo caso, la maniobra triunfó: con la excusa de la caridad cristiana y la “unidad ecuménica” se abandonó la doctrina tradicional cristiana, que fue reemplazada por una doctrina judaizante sin fundamento en la tradición católica.

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