Fiesta del Pilar: Cuando España se hizo cristiana

A provechando que es la Virgen del Pilar, os dejo esto de la Guia politicamente incorrecta de la Civilizacion Occidental que me pasa el Cruzado.

Viajemos a los primeros decenios de nuestra era, unos 800 años después de la fundación de Roma. El Imperio romano se extiende por toda la cuenca mediterránea, llega desde el Atlántico hasta el índico y desde los desiertos de Egipto hasta los bosques de Alemania. En ese conjun­to Hispania es una de los territorios más ricos y prósperos. Ahora bien Roma que es una extraordinaria construcción política sin embargo acusa en su interior fuertes convulsiones de carácter social y cultural. La religión de la Roma pagana ha perdido su vigor el poder la ha trans­formado en una herramienta de legitimación imperial y al mismo tiem­po han empezado a extenderse por todo el imperio numerosos cultos venidos de distintos lugares del orbe romano. Entre esos cultos se está difundiendo uno que acaba de nacer en Judea: en tiempos de Tiberio un hombre ha sido crucificado por el sanedrín judío; ese hombre, Jesús de Nazaret, era venerado como el Mesías y anunciaba la Buena Nueva. Sus seguidores se aprestan a extender la noticia de la Redención por todos los rincones del imperio. También en Hispania.

Los primeros cristianos mostraron muy pronto su interés por Hispania. La principal prueba es la carta de San Pablo a los Romanos, fechada en el año 58. En ella, Pablo de Tarso, que habla desde el oriente del imperio, dirige a sus hermanos de la propia Roma, les dice que ya ha concluido misión en aquellas tierras y les anuncia su intención de viajar a occidente tanto a Roma como a Hispania. Lo dice exactamente así:

Ahora, como ya no tengo campo de trabajo en estos países, y hace muchos años que estoy deseando ir a vosotros, espero visitaros de paso para España, confío en que me encaminaréis hacia allí, después de haber disfrutado poco de vuestra compañía. En este momento estoy a punto de salir para Jerusalén ( … ). Una vez cumplida esta misión, partiré para España pasan por vuestra ciudad.

Sabemos que Pablo, en efecto, fue a Jerusalén, y que de ahí marcho a Roma. No sabemos si llegó a venir a España. Fuentes muy remotas dan por hecho, pero no son definitivas. La tradición dice que Pablo desembarcó en Tarragona y algunas fuentes dan incluso el nombre  de los primeros conversos, dos mujeres: Xantipa, que era la esposa del prefecto romano Probo, y su hermana Polixena.

Esta no es la única tradición sobre el origen del cristianismo español. Una de las más hermosas y duraderas, al margen de su verosimilitud, es la del apóstol Santiago el Mayor. Santiago predicó en Hispania y en su periplo recibió la aparición de la Virgen a orillas del Ebro; de vuelta a  Jerusalén fue martirizado y su cadáver, después, recogido por sus discípulos  y enterrado en Compostela. Lo dicen San Isidoro de Sevilla y Beato de Liébana. Otra de las tradiciones más conocidas es la de los siete varones apostólicos enviados por San Pedro. Eran Torcuato, Tesifonte, Indalecio, Segundo, Eufrasio, Cecilia y Hesiquio. Según esta tradición, los siete varones llegaron a Acci, la actual Guadix, en Granada. De allí fue la primera conversa: Luparia, noble hispanorromana. Acosados por las auto­ridades, los siete apóstoles, en su fuga, cruzaron un puente. Acto segui­do, el puente se hundió de manera milagrosa, salvando a nuestros amigos de sus perseguidores. La ciudad de Guadix, impresionada, se convirtió en masa fue la primera ciudad cristiana de España. Después los siete varones predicaron en Ávila, Granada, Almería, Jaén, Murcia. San Segundo es patrón de Ávila por este motivo.

A las tradiciones hay que darles el valor que merecen: no siempre corresponden a hechos precisos, pero obedecen a una realidad histórica que hay que saber interpretar. En nuestro caso, la penetración del cristianismo en España desde el siglo I está acreditada por fuentes tem­pranísimas (del siglo II), como Tertuliano o Ireneo de Lyón. ¿Quiénes trajeron a España la fe de Jesús en fecha tan temprana? Durante mucho tiempo se pensó que la difusión del cristianismo vino ligada a la diás­pora judía tras la destrucción del templo de Jerusalén. Hoy sabemos que no fue exactamente así. Los historiadores israelíes sostienen hoy que la diáspora fue mucho menos numerosa de lo que se creía. Por otra parte, consta que los principales agentes de difusión religiosa fueron las legiones, con sus miles de hombres venidos de todos los confines de! imperio. Fueron los legionarios los que llevaron a Roma cultos del Medio Oriente como el mitraísmo. Y del mismo modo, parece acreditado que en Hispania fueron también los soldados quienes trajeron ese nuevo culto que anunciaba la muerte del Mesías en la cruz y la redención de todos los hombres.

En efecto, son los soldados de la Legio VII Gemina quienes trans­portan la buena nueva en sus petates. La difusión del cristianismo en España sigue el camino de esta legión: desde Andalucía hasta Galicia y Zaragoza, sobre el eje de la Vía de la Plata. La Buena Nueva se extiende todas partes y en particular por las zonas urbanas. El principal impulso tiene lugar entre los siglos III y IV. Comienzan igualmente las persecuciones y martirios. El primer martirio del que tenemos constan­cia documental tuvo lugar en el anfiteatro de Tarragona el 21 de enero del año 259: fueron quemados vivos el obispo Fructuoso y los diáconos Augurio y Eulogio. Pronto se les sumarían otros mártires: los niños Justo y Pastor en Alcalá de Henares, Santa Justa y Santa Rufina en Sevilla, San Vicente en Valencia…

El martirio forma parte esencial de la primitiva historia cristiana y es, además, el principal testimonio histórico de! vigor religioso, social y cul­tural del cristianismo en la Roma de los siglos III y IV. ¿Por qué se mar­tirizaba a los cristianos? Los cristianos morían por su fe, pero Roma los perseguía por razones políticas. Como ya hemos dicho, el punto clave era éste: reconocer la naturaleza divina del emperador. En el sistema imperial romano, el emperador se atribuía la misma naturaleza que los dioses. Hubo emperadores que interpretaron esta identificación como una metáfora política, pero también los hubo que lo interpretaron a pies juntillas y, en consecuencia, exigieron una sumisión ya no política, sino religiosa. Los cristianos, dispuestos a dar al César lo que era del César y a Dios lo que era de Dios, no podían dar al César lo que era de Dios. Hay que decir que en esto los cristianos no estuvieron solos: otras escuelas del espíritu, como por ejemplo los estoicos, siguieron el mismo camino que inauguraron Pedro y Pablo, ajusticiados por Nerón.

Fueron tristemente célebres las brutales persecuciones de los empe­radores Valeriano, Galieno, Diocleciano y Maximiano. Estos últimos nos sitúan ya a finales del siglo III: los emperadores han convertido el Estado en una monarquía absoluta basada en la burocracia, el ejército, la servi­dumbre de los campesinos libres y la esclavitud. La economía romana se recupera, pero a cambio de convertir el imperio en un sistema político gemelo de los despotismos orientales. Es Galerio, ya a partir del año 305, quien desata la mayor de las persecuciones: tras derribar cuantas iglesias encontró en pie, ordenó un sacrificio general en todo el imperio a los dioses de Roma con la prescripción de que quien se negase a participar sería ejecutado. Lo más impresionante es que tan drástica medida fraca­só. Los cristianos prefirieron morir por miles antes que abjurar de su fe. El propio Galerio enfermó mortalmente y terminó firmando en 311 un «edicto de tolerancia» (el Edicto de Nicodemia) que terminaba con la persecución, autorizaba a los cristianos a reconstruir sus iglesias y les solicitaba rezar por el bien público y por el emperador. Galerio murió cinco días después de firmar el edicto.

Mientras tanto, en Hispania el cristianismo había proseguido su expansión. Un acontecimiento fundamental fue el concilio de Iliberis (Elvira, en Granada), que en ochenta y un cánones despliega la ley eclesiástica más antigua que conocemos sobre el celibato del clero y la ins­titución de las vírgenes consagradas a Dios. En Roma, por su parte, es proclamado emperador Constantino I el Grande, cuyo Edicto de Milán, en 313, legaliza la religión cristiana. Constantino convoca además, ya en 325, el primer concilio de Nicea, que otorgó al cristianismo plena legi­timidad. En este concilio de Nicea, un obispo español, Osio de Córdoba, consejero de Constantino, preside la primera definición doctrinal del Credo, que sigue vigente en nuestros días.

El primer emperador cristiano fue Teodosio, un hispano cuya cuna se disputan Sevilla y Segovia. Un tipo de carácter muy vehemente, buen sol­dado y muy puntilloso con sus deberes, al que tocó lidiar con un imperio ya caótico y en descomposición. Teodosio hizo del cristianismo la religión oficial del imperio, Hispania incluida. Y a partir de ese momen­to, toda la historia de España va a ser inseparable del cristianismo. Lo será en la Roma agonizante, en el reino visigodo, en la Reconquista con­tra el islam, en la unificación de los reinos peninsulares, en el descubrimiento y evangelización de América y Filipinas, en el imperio donde no se ponía el sol y, aun después, en el mundo hispano donde el sol se puso. Por eso no se puede entender la historia de España al margen de la cristiandad.

Feliz fiesta del Pilar a todos, en especial a las Pilares y a los Zaragozanos.

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