Cristianismo… ¡Y nada más!, de C. S. Lewis. Libro IV. Más allá de la personalidad

Continúo lo que comencé aquí: Cristianismo… ¡Y nada más!, de C. S. Lewis. Libro I. El Bien y el Mal, claves para entender el significado del Universo. Este es el capítulo anterior: Cristianismo… ¡Y nada más!, de C. S. Lewis. Libro III. La Moral cristiana (segunda parte).

La cuarta parte del libro se titula “Más allá de la personalidad o primeros pasos en la doctrina de la Trinidad”. Trata de teología cristiana.

Hacer y engendrar

Trata, evidentemente, de la relación del padre y del Hijo, “engendrado, no creado”. Se hacen cosas diferentes a uno mismo, pero lo que se engendra es de la misma sustancia o, como dice ahora el credo, naturaleza, que lo que engendra.

El hombre está a medio camino, es como una estatua sin la vida del artista que la creo, pero que puede alcanzarla. De eso trata el cristianismo.

El Dios de tres personas; El tiempo y más allá del tiempo; Una infección de bondad

Trata de explicar la Trinidad. Dios percibe el tiempo no linealmente sino instantáneamente, pro eso no pasa el tiempo para él.  Por eso mismo el padre no antecede al Hijo, nunca hubo un tiempo en que no hubiera Hijo. La unión entre uno y otro, o su relación es también una Persona, el Espíritu. Para imaginarlo, nos podemos referir al espíritu de un club, familia, grupo social.

El hombre, un ser creado, una estatua, puede participar en la vida de esa Trinidad siguiendo a Cristo.

Unos soldados de juguete muy obstinados

El Hijo se hizo Hombre para permitir a los Hombres llegar a ser hijos de Dios. A eso se le llama misterio de la Salvación, se puede expresar de muchas maneras: nos salvó, murió por nuestros pecados, nos redimió, etc.

Lewis lo explica pensando en un chico que puede hacer que sus soldados de juguete se hagan de carne y hueso. Ellos se resisten, así que el niño se hace de plástico para enseñarles el proceso de transformarse de plástico en carne. En realidad habla de latón, porque eran otros tiempos.

Dos notas

Responde a una objeción: por qué querría Dios hijos en vez de juguetes. Responde que si fueran autómatas sin voluntad propia, nunca podría amar no conocer la verdadera felicidad.

Y advierte que la idea de que la importancia de la humanidad como conjunto no quiere decir que las personas reales no importen. De esta forma refuta el Individualismo y el totalitarismo como no cristianos.

Hagamos como que…

En la primera expresión del padre nuestro, nos estamos ya considerando hijos suyos, haciendo como que lo fuéramos. Al decirlo, de alguna manera, nos estamos convenciendo de que así fuera. Dejamos de pensar en términos de ser bueno o malos, de cumplir los preceptos y pasamos a “ser buenos”, que es ser como Cristo. Se trata de convertirse en “hombres nuevos”.

A la vez descubriremos que, además de cometer pecados, somos esencialmente pecadores, pecamos sobre todo por falta de caridad. Y nos damos cuenta de que solo podemos hacer lo que tenemos que hacer con ayuda de Dios. Es decir, lo que hacemos bien lo hacernos porque Dios está a nuestro lado.

Ser cristianos ¿es fácil o difícil?

Si lo que pretendemos es cumplir los preceptos con nuestras propias fuerzas, ser cristianos es muy difícil, imposible. Es seguro que acabaremos amargados. El cristianismo real es a la vez más difícil y más fácil. No podemos pretender seguir siendo nosotros mismo y a la vez cumplir la ley.

No podemos menos que intentar ser perfectos (cada vez que lo leo se me hace un nudo en el estómago, porque me doy cuenta de que ni lo intento), de que si queremos unirnos a Dios, ser salvados, tenemos que hacerlo, porque es imposible de otra manera, no podemos seguir siendo en parte de goma y en parte de carne.

Calculando el coste

El cristianismo es la negación de esa moral casuística que quiere no trasgredir la ley pero tampoco cumplirla. El cristiano, si quiere salvarse tiene que llegar a ser perfecto. Si nos podemos en manos de Cristo tenemos que atenernos a las consecuencias. No se trata de erradicar este u otro vicio, sino todos:

p. 161: “Independientemente del sufrimiento que te cause es esta vida, por inconcebible que sea la purificación que te cueste tras la muerte, sea lo que sea lo que Me cueste, no descansaré, ni te dejaré descansar, hasta que sea verdaderamente perfecto hasta que –hasta que mi padre pueda decir sin reservas que se regocija- como dijo que se regocijaba en mí”

Esta frase es tremenda. Cuando se reflexiona sobre ella se queda uno anonadado. Cristo se implica en mi perfección. Lo hizo padeciendo lo indecible, pudiendo evitarlo. No nos queda otro remedio que ser perfectos, y lo que no consigamos en esta vida –pobre de mí- lo tendremos que conseguir en la otra. Solo de esa manera podemos llegar a la unión con Dios, tenemos que estar a su altura –casi nada- para poder unirnos a Él sin que quedemos fulminados por la impresión, aterrorizados como si nos presentáramos sucios y mal vestidos en una ceremonia oficial, por poner un ejemplo. El Santo cura de Ars cuenta que pidió ver a Dios y recibió tal impresión que quedó aterrorizado. Y era un santo.

En fin, después de leer esto os daréis cuenta de que el cristianismo es más que una religión. Independiente de las “historietas” -un dios se hace hombre, nace de una virgen, da a comer su cuerpo, lo sacrifican, etc.- algunas de las cuales, si no todas, están aquí y allá en otras mitologías, la teología y moral del cristianismo es otra cosa. Desde luego, eso se presta a algunas gracietas: Cristo vino a predicar el Reino de Dios, pero lo que surgió fue la Iglesia.

Si ríen, que rían. No es hora de convencer a los impíos sino de salvar los muebles que se pueda.

p. “Nosotros podríamos contentarnos con quedar en “personas normales y corrientes”, pero Él ha resuelto poner en práctica un pan muy distinto. Echarse a tras ante ese plan no es humildad, es relajación y cobardía. Someterse a él no es pretensión  ni megalomanía, es obediencia”

Impresionante. Pone otra metáfora, la de un albañil que viene a arreglar la casa y empieza arreglando goteras y problemas, pero acaba tirando abajo tabiques y construyendo una casa nueva, porque se va a instalar Él mismo en ella.

Buena gente u hombres nuevos

Ahora llega un punto delicado. Los impíos (si les molesta el calificativo que dejen de leer, también pueden llamar fariseo al que lo escribe, que les dará la razón) preguntan con muy mala intención cómo es que hay tantos cristianos malos, o cómo es que se nota tan poco que no son mucho mejores que el resto.

La explicación que da Lewis no me parece completamente convincente (probablemente es una paradoja insoluble). Hay que reconocer que es una contradicción. Sin embargo, en cierto modo tiene razón. Primero, en las sociedades y en las personas cristianas hay una honradez y una caridad que no hay en otras, aunque a veces no lo notamos porque lo damos por descontado. Segundo, muchas personas, aunque han dejado de ser cristianas, lo siguen siendo moralmente (yo conozco a un apóstata de la herejía protestante al que compraría un coche usado sobre su palabra, es un hombre patológicamente honrado, y se lo digo muchas veces; él se encoje de hombros…). La otra razón es que muchas personas son buenas “por naturaleza” y eso no tiene ningún valor moral.

Lewis además indica que, precisamente, la mala gente, es más propensa a seguir a Cristo que los buenos. A Cristo se le reprochaba precisamente que se le juntara la gentuza, recaudadores de impuestos (corruptos), prostitutas, etc. Quien está sano, ha recibido una educación escogida, tiene dinero y es simpático, probablemente, esté muy satisfecho consigo mismo ¿por qué va a querer ser perfecto?

Hombres nuevos

El proceso descrito anteriormente se puede comparar con la evolución, un cambio no gradual, sino de salto hacia delante. Sin embargo, este paso es diferente de los otros en muchos sentidos. Además es definitivo, el premio es infinito, hacernos como Dios. Bien pensado, lo demás no tiene importancia.

En fin esto es lo que más me ha gustado del libro. No se trata de cumplir los mandamientos (aunque hay que entender que a la mayor parte de la gente haya que darle esas cuatro reglas y esperar que Cristo haga el resto), sino de ser perfectos, pensando que lo que no consigamos en esta vida, lo tendremos que conseguir en la otra y, sobre todo, que Cristo está haciéndolo por nosotros y sufriendo cada vez que no lo abandonamos.

Pues ya sabéis. Y yo el primero.

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