Las fuentes y características de la ley islámica

Este artículo, The Totalitarian Nature of Islam, explica la formación histórica y las fuentes de la Ley Islámica. Son cuatro:

El Corán: Para los mahometanos es la verdadera palabra de Dios, existente desde «el principio de los tiempos», reveleda por el arcángel Gabirol (Gabriel) a Mojamé, quien se habría limitado solo a transcribirlo. Esto es evidentemente una patraña, el Corán copia chapuceramente los escritos judíos y cristianos, y surge por un proceso de compilación de distintos textos durante el que hubo que descartar alternativas. El Corán de los chiíes tiene un capítulo más, por ejemplo. Como fuente de derecho es confusa, contradictoria e insuficiente. Por eso ha de ser complementada.

Los Hadices: Son varias recopilaciones de «hechos y dicho del Profeta». Sirven en muchos casos para entender el Corán. De nuevo, son otra patraña (bastante chusca en muchas ocasiones). En todo caso, para los mahometanos el Corán y los Hadices «van a misa»; sin embargo, siguen siendo insuficientes, por sus contradicciones. Por eso surgieron cuatro escuelas de interpretación en los siglos VII y IX.

El Consenso (Ijma). Se considera que aquellos puntos en los que las cuatro escuelas alcanzaron un acuerdo están zanjados definitivamente para siempre. Esto sucedió más o menos sobre el año 900. A partir de entoces, la ley islámica quedó rígidamente establecida. Hasta entonces la ley islámica era más o menos flexible y se fue adaptando a las circunstancias, pero desde entonces ha hecho que las sociedades islámicas parezcan atrasadas y ancladas en la Edad Antigua. De hecho, legalmente, lo están.

La Analogía: El razonamiento analógico podría paliar algo esa rigidez jurídica. Sin embargo es una fuente subordinada y no puede entrar en aquellos asuntos zanjados por el Consenso.

En cuanto a las características de al Ley Islámica, se pueden destacar cuatro:

1.- Mezcla asuntos legales con asuntos morales. Nuestra ley penal deja los aspectos morales a un lado, básicamente prohibe ciertos comportamientos y reconoce la voluntad de las partes en los contratos (en realidad, la libertad de contratación se ve reducida por clausulas obligatorias, pero eso es otra historia). Consecuencia de su caracter moral, ademas de las prohibiciones y obligaciones, la ley mahometana incluye categorías como lo recomendado, lo desaconsejado o lo neutral.

2.- Carece del concepto de ley natural. Las reglas son válidas como mandatos de Dios, independiente de su racionalidad.

3.- No ha desarollado los aspectos formales ni de procedimiento (tan importantes para asegurar las garantías de un «Estado de Derecho»). Tampoco tiene en cuenta, en el caso del derecho privado, que las partes tiene intereses opuestos.

4.- En vez de tratar de aplicar reglas generales, ha derivado hacia la casuística.

Para acabar, el artículo concluye que la ley islámica refleja las condiciones sociales y políticas del imperio abásida, que en el s. IX fue el más poderoso del mundo, pero eso fue hace mucho. De hecho, en la Bagdad actual no queda NADA de aquellos fastos. NADA.

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3 Comments

  1. Mírate este estudio:

    Muchos han sido históricamente, y sobre todo en
    nuestros tiempos modernos, los intentos de acercamiento y aproximación entre el cristianismo y el Islam, las dos más grandes religiones monoteístas del planeta. No nos referimos aquí tanto a las múltiples y generosas iniciativas de diálogo interreligioso, que pretenden un acercamiento de índole cultural, o bien de convivencia mutua, o incluso de colaboración social o política, y hasta la posibilidad de «estar juntos para rezar», como llevara a cabo su Santidad Juan Pablo II en el encuentro de Asís en 1986 y en otras oportunidades.
     
    Han existido no obstante, intentos de aproximación teológica entre ambas religiones, en parte guiados por una mentalidad algo ideológica, que parte del presupuesto del paralelismo interreligioso, y que hunde sus raíces en el racionalismo religioso de fines del siglo XIX y comienzos del XX. Estos intentos han fracasado, y han conducido al engaño y al error, y a obnubilar no poco las inteligencias, lo mismo que algunas iniciativas privadas y aventuradas de diálogo interreligioso. En parte han fracasado por su naturaleza ideológica, en parte -según algunos estudiosos- por desconocer la verdadera naturaleza original del cristianismo (y de algunas sectas cristianas de los primeros siglos) y sobre todo del Islam.
     
    El motivo de una tal ignorancia reside en el abismo que separa el «cristianismo» que conoció Mahoma del cristianismo actual, y el existente entre el Islam del profeta y el Islam de nuestros días. Este abismo desorientó a muchos historiadores de religiones, ya que los del Islam trabajaron con los datos que les proporcionaron los libros de las biografías del Profeta y otros historiadores sin hacer hincapié en lo que se proponían los autores de tales libros; trataron del Corán de hoy sin tener en cuenta el de ayer. Por otra parte, los historiadores del cristianismo estudiaron a fondo el cristianismo de todas las regiones excepto el del lugar de donde fue puesto en entredicho, a saber, el que existía en la Meca y en el Hijaz. Ignoraron este cristianismo e ignoraron asimismo su desarrollo y sus diversas sectas pensando en su desaparición y su extinción. A este cristianismo le daremos el nombre común de nazareismo, debido a su origen y fuerte influencia judeo cristiana.
     
    Dicho nazareismo que se profesaba en la Meca no fue en modo alguno igual al cristianismo de Antioquía, de Roma o de Alejandría, llamado el cristianismo oficial, existente dentro de los límites del imperio romano de entonces. En la Meca y en el resto de la península arábiga, bien fuera de los límites del imperio, existían repartidas diversas sectas (los “Partidos» de los que habla el Corán), de origen arriano, nestoriano, judeocristiano, que habiendo sido condenadas y desplazadas fuera del imperio, habían justamente buscado refugio fuera de sus fronteras. Muchos hablan del Islam original como un «proyecto», por el cual se pretendió reunir las distintas sectas en una nueva y única religión que sustituyera a todas.
     
    Que el cristianismo o cierta forma de él era ya conocido en la Meca y alrededores, es una realidad de la cual da testimonio el mismo Corán: “Si tienes alguna duda acerca de lo que te hemos revelado, pregunta a quienes, antes de ti, ya recitaban la Escritura (la Biblia)” (Sura 10, 94). Con respecto a los protagonistas del que hemos mencionado como «proyecto», se trata del mismo profeta (Mahoma), y de un pariente, sacerdote o monje, llamado Waraqa ben Naufal (hijo de Naufal).
     
    1. Datos biográficos de Waraqa
     
    Según lo que las mismas fuentes islámicas proveen y aceptan, Waraqa ben Naufal fue primo hermano de Khadija, la viuda con la cual Mahoma se casó la primera vez, y con la cual vivió mucho tiempo. Los tres pertenecían a la tribu árabe de los Qurays, guardianes del santuario de La Ka’aba y ciudadanos de La Meca. Los tres descienden directamente de Qusai, quien fue jefe de la Meca y señor de la Ka’aba. Habiendo expulsado tribus rivales, Qusai juntó las pequeñas familias dispersas por los alrededores de la Meca, y formó una gran tribu que llamó Qurays (que probablemente tenga la misma raíz en árabe de qarya- qura (población- poblaciones), y que quizás signifique justamente «reunión» o «aglomeración». De modo que tanto Waraqa como Mahoma como Khadiya eran de una misma tribu, lo cual implica entre los árabes misma alcurnia social, un mismo abolengo y -lo que nos interesa- «una misma religión».
     
    Atestigua la historia musulmana que muchas tribus árabes abrazaron el cristianismo, de modo especial se señalan varias tribus de la Meca y del Hijaz, y particularmente la tribu de los Qurais, concretamente la rama de Abd El Issi ben Qusai, hijo del Qusai que hemos hablado, y de cuya rama proviene Waraqa. Escribe el Iacubi en su historia: “…Y entre las tribus árabes que abrazaron el cristianismo están el clan de los Qurais de los Bani Assad ben Abd El Issi; entre ellos Ozman ben El Huairez ben Asad ben Abd El Issi y Waraqa ben Naufal ben Asad”. Y el Azraqi, por su parte, nos habla en su “Huellas de la Meca” del cristianismo de los Qurays y su religiosidad.
     
    Los historiadores y los autores de las biografías del profeta dejaron constancia en sus escritos de cómo muchas tribus árabes y no pocos clanes abrazaron el cristianismo. Nos dice Abu Qytaiba: “El cristianismo había penetrado en las tribus Rabà y Ghassan y alguna de los Qadaa». Y el Iacubi habla de la cristianización de “Taiman, Rabià y los Bani Za`lab, Mazbah, Bahira, Salif y otros”. Hecho que confirma El Jahez cuando dice que; “el cristianismo se había infiltrado entre los Za`lab y Saiban, Abd El Qais y Qadaa, Salif y Jidam.Kuxair ben Balhaiez ben Kaab…y otros”. Este testimonio y otros recogidos en los libros de las biografías (del profeta) y en las historias de los árabes demuestran claramente la existencia cristiana y su difusión en la Meca, el Hijaz y las restantes regiones de la península arábiga y hasta las fronteras bizantinas y prueban que numerosos árabes abrazaron el cristianismo. Y esta constatación justificaría sobradamente la existencia de un sacerdote (jefe espiritual) a la cabeza de todos ellos, cuya función primordial consistiría en administrar sus asuntos espirituales, temporales y sociales; y éste sería precisamente el sacerdote Waraqa ben Naufal, sacerdote (jefe) de la Meca y el clan de los Qurais.
     
    Se da testimonio también en algunas fuentes del «cristianismo» del sacerdote Waraqa, cuando se afirma que «era primero de la religión de Moisés (judío), y luego de la de Issa (Jesús)», y que profesaba simultáneamente la Torá (el Pentateuco) y el Evangelio, según atestigua el Corán mismo: «¡Oh Gente del Libro (la Escritura)! No hacéis nada válido mientras no observéis la Torá y el Evangelio” (Sura [de ahora en más como S] 5, 68). Con lo cual se declara que no sólo profesaba ambas creencias sino que era parco en su cristianismo («no exageraba en su religión…»- como el Corán parafraseará). Creía en Jesús como enviado a Israel y como Profeta, pero no como Hijo de Dios. Asimismo rechaza categóricamente los dogmas de la Crucifixión y la Resurrección, siguiendo en esto las enseñanzas de una cierta secta judeocristiana a la que se sospecha que probablemente pudo pertenecer el sacerdote Waraqa, y la mayor parte de los miembros que de la tribu quraisita abrazaron el cristianismo y practicaron sus preceptos. Con cierta probabilidad se trataría de la secta “ebionita“.
     
    2. Sectas cristianas en la Arabia preislámica
     
    Acerca de las sectas de origen judeocristiano existentes en Arabia antes del comienzo del Islam, dan testimonio tanto el Corán árabe como la Historia de la Iglesia. Y lo que nos confirma el paralelismo existente entre estos dos testimonios es precisamente la unidad que se observa entre las doctrinas que se notan en las mismas cotejando las dos fuentes: el Corán y la Historia eclesiástica. Resumimos recordando sólo algunas de ellas como son el ebionismo, el cirentismo y el alexeismo como más conocidas y estudiadas.
     
    1 – El Ebionismo: Secta judeocristiana. Sus secuaces creyeron en Jesucristo y lo consideraron el profeta mayor entre todos los profetas. En cambio no admitieron su divinidad ni su Filiación respecto del Padre: Sostienen que fue un hombre como los demás hombres, que recibió la Revelación sólo después que fue bautizado por Juan Bautista. Sostienen también que el “Mesías” –el Principio primero se apoderó de Jesús el día de su bautismo pero que lo abandonó el día de su martirio. Afirman que la misión de Jesucristo consistió en enseñar y predicar pero que en modo alguno pudo tratarse de una misión salvífica de la humanidad.
     
    Los ebionitas aceptan únicamente el evangelio de Mateo que llaman “el Evangelio según los hebreos”. Se trata del Evangelio de San Mateo pero defectuoso, adulterado y falsificado, según hace notar Epífanes, lo que lo coloca entre los apócrifos, según la tradición eclesiástica. Sus preceptos se centran en diversas abluciones con agua, en la abstención de las carnes sacrificadas a los ídolos. Insisten en las obras de justicia, el cuidado de los huérfanos, de los pobres, menesterosos y extraños; aconsejan preocuparse de los necesitados, dar de comer al hambriento y posada al huésped y al peregrino… El término ebionita significa “pobre” en base a lo que enseñó Jesús: “Bienaventurados los pobres” (en hebreo: “bienaventurados los ebionitas”). Los menciona San Jerónimo en su libro “Contra las Herejías”. De ellos hacen también mención Orígenes en su libro “Contra Celso” y Epifanio en el “Panarion” (Tratado completo de las Herejías). A esta secta pertenecieron la mayor parte de los sacerdotes de Qumrán después de la destrucción de Jerusalén; muchos de ellos emigraron y se establecieron en el Hijaz donde recibieron la adhesión de algunas tribus árabes.
     
    2 – El Cirentismo: Por su relación con el fundador de la secta, Cerinto. Se distinguió por afirmar que el reino celestial del Mesías es igual que el terrenal, y que el cometido de Jesucristo consistió en librar a su pueblo del yugo de los romanos y extranjeros y que su incumbencia es tanto política como social. Profesó que el paraíso celestial es un cúmulo de goces carnales y materiales. Eusebio menciona a Cerinto cuando dice: “Porque amaba su cuerpo y era muy lujurioso, soñaba que el Reino consistía en los goces que ansiaba, es decir, comida, bebida y placeres corporales”.
     
    3 – El Alexeismo, del fundador de la corriente religiosa, Alexei, quien lleva el gnosticismo a sus últimas consecuencias. Sus secuaces se llamaron “los poseedores de la ciencia”. Con respecto a Jesucristo profesaron que es un hombre como los demás, que el Mesías abandonó a Jesús un poco antes de su martirio y que el Espíritu Santo, una veces lo confunden con la Madre de Jesús (por lo tanto femenino) y otras con el ángel Gabriel (varón en este caso). Y pretende Alexei que este mismo Ángel le entregó un libro que hizo bajar del cielo donde había permanecido guardado en una pizarra sagrada, y le enseñó el arcano y los misterios de la ciencia.
     
    Estos son los testimonios aportados por la Historia de la Iglesia tocante a algunas sectas cristianas, y concuerdan, según parece, con los testimonios del Corán árabe, al menos en los temas más principales como son por ejemplo, la divinidad de Jesucristo, el ser considerado un grande profeta, la “sustitución” que tuvo lugar en el momento de la Crucifixión (es decir que no fue Jesús el crucificado sino otro en su lugar); la necesidad de practicar la Ley y el Evangelio, el cuidado de los menesterosos, la descripción del paraíso celestial…, y otras. Bástenos el testimonio de su misma existencia en la Meca y el reconocimiento de las mismas tal como aparece en el Corán árabe. Si bien es cierto que la ebionita aparece aun más claramente que las otras sectas en la vida del sacerdote Waraqa, en sus prácticas religiosas y sus retiros en la “cueva de Hirrá”. Las prácticas religiosas que se llevaban a cabo en dichos «retiros» son muy similares a las que encontramos en el Islam, como el ayuno durante un mes completo cada año, dar de comer al hambriento, tener compasión del menesteroso, alejarse del mundanal ruido y la dedicación a la meditación y al pensamiento en Dios. Como practicaba asimismo el abandono del culto a los ídolos, la abstención de comer cosas sacrificadas a los ídolos; la lectura y meditación de las Escrituras. «El culto puro» prescribía asimismo la práctica de la circuncisión, la peregrinación a la Ka’aba, abluciones purificadoras por impurezas contraídas, la abstención del vino y de cuanto es sacrificado a las criaturas. Dichas prácticas religiosas no fueron extrañas tampoco al profeta Mahoma, ya que también él, se dedicó a ellas en la famosa cueva de Hirrá como veremos más adelante. Y también veremos las coincidencias de la doctrina ebionita con el Corán árabe.
     
    3. Importancia del sacerdote Waraqa
    Leemos en el “Exacto” del Bujari que el sacerdote Waraqa «escribía el Libro hebreo y que escribía del evangelio en hebreo lo que placía a Dios que escribiera». Y en el “Exacto” de Muslem se dice que el sacerdote Waraqa «escribía el Libro árabe y que escribía del evangelio en árabe cuanto placía a Dios que escribiera». Por último, nos dice Abu El Faraj El Asfahani que Waraqa fue uno que abrazó el cristianismo en la “Jahilia”, y que escribía el Libro hebreo y escribía del evangelio en hebreo cuanto le placía.
     
    Si bien se aprecia una diferencia aparente entre estas tres versiones, es cierto que existe entre ellas acuerdo en cuanto al sentido y al significado. Todas tres señalan que el sacerdote Waraqa traducía el evangelio del hebreo al árabe, y que el evangelio que empleaba y a cuyo estudio se dedicaba con asiduidad en su arabización, era el evangelio conocido en la Iglesia como “Evangelio según los hebreos” o “el Evangelio hebreo”, o también indican asimismo que el sacerdote conocía perfectamente además del árabe, también la lengua hebrea de la cual traducía. Los datos biográficos existentes acerca del sacerdote Waraqa, no reflejan otro dato de importancia salvo este, que su mérito consistía en traducir el evangelio hebreo (al árabe).
     
    Esta importante función es digna de tenerse en cuenta. Ella nos pone de manifiesto el papel desarrollado por el sacerdote Waraqa en la comunidad cristiana de la Meca y su competencia para arabizar el Evangelio de los Hebreos y para imponer su traducción como auténtica y canónica a los árabes cristianos de la Meca; nos convence asimismo del lugar preeminente de que gozaba en la Meca entre los principales de la tribu quraisita y su función en el santuario de la Ka’aba. Son todas ellas funciones que incumbían al jefe, señor y caudillo, el venerable sacerdote. Quizás más de un autor de los libros de los “Hadits” (tradiciones orales de Mahoma) hayan sentido fuertemente este papel hasta el punto de proclamar la importancia que tuvo el sacerdote en la misión profética de aquel, cuando así se expresaron: “Y no bien hubo expirado Waraqa, languideció la revelación”. Esto pone bien de manifiesto lo que el sacerdote representaba para el profeta: era para él el apoyo fiel, el mediador santo entre Dios y el profeta. Indica asimismo que el sacerdote era un hombre recto, que jugó un papel muy importante y decisivo en la misión profética de la que Mahoma creyó haber sido investido de lo alto.
     
    Hay que añadir que el Corán árabe retiene el Evangelio como revelado por Dios a ‘Issa (Jesús), Hijo de María: “Él (Dios) ha revelado la Torá y el Evangelio”; “Tras ellos, enviamos a Jesús, Hijo de María, a quien dimos el Evangelio”. Y el mismo Corán cita, aunque no literalmente, algunas de sus parábolas, como por ejemplo la semilla que fructifica y crece, etc. Asimismo se apoya en su testimonio para confirmar la veracidad de su misión profética: “A quien ven señalado en sus textos, en la Torá y el Evangelio…», e invita a sus fieles a juzgar según justicia como hace el Corán: «Que la gente del Evangelio, decida según lo que Dios ha revelado en él”. El Corán árabe conoció sin duda muy de cerca el evangelio que el sacerdote Waraqa ben Naufal tradujo al árabe, o sea el evangelio del que tomaban los ebionitas sus doctrinas y preceptos; al mismo tiempo no negamos la existencia de otras fuentes cristianas como parte del acerbo del sacerdote y del profeta, fuentes relacionadas con los otros evangelios y demás escritos que conocieron las diversas sectas cristianas existentes en Arabia.
     
    Creemos que mucho de lo que se conoce de las doctrinas del Corán lo debemos a las del Evangelio de los Hebreos, en cuya traducción del arameo o hebreo al árabe trabajó nuestro sacerdote. Asimismo no comprenderíamos los relatos de los antiguos profetas ni las doctrinas de la Torá y el Evangelio que aparecen diseminadas en las páginas del Corán, si no las volviéramos a las fuentes y orígenes de donde fueron tomadas. Y el relato de Yahya (Juan) hijo de Zacarías, con el anuncio que el ángel Gabriel hizo de su nacimiento y el nacimiento de Issa (Jesús), de sus milagros, de los apóstoles, de su mensaje, de sus doctrinas…, y muchos otros detalles que muy probablemente se deben a la influencia del sacerdote Waraqa y de su evangelio hebreo. Dicha relación y continuidad entre lo que los musulmanes consideran la revelación anterior y la posterior, es decir, entre la Torá y el Evangelio, por una parte, y el Corán árabe por otra, parece deberse a un intermediario, y sólo encontramos uno que en la Meca, en tiempos de Mahoma, estuviera al lado de él durante cuarenta y cinco años. Ciertamente que la nobleza del sacerdote Waraqa, su genealogía, su rango, el haber sido el jefe de la Iglesia en la Meca, su parentesco con el profeta y con su esposa Khadiya, su celo religioso y la observancia de las prácticas religiosas, todo ello nos confirma más y más en la tesis acerca de la estrecha relación que existió entre ambos personajes.
     
     
    4.      Mahoma y Waraqa
     
    Los musulmanes insisten en remarcar el analfabetismo de Mahoma. Lo hacen con una intención bien explícita, la de dejar bien en claro el carácter sobrenatural de su profetismo. Volveremos inmediatamente sobre ello, más antes déjesenos decir que la primera revelación coránica, según los mismos musulmanes, comienza con un iqra («lee», «recita»). Así: «¡Lee (recita) en el nombre de tu Señor, que ha creado, ha creado el hombre de sangre coagulada (lit. De adherencias)! ¡Recita…!“(S.96, 1-5).
     
    No obstante la multitud de interpretaciones que se dan al verbo imperativo “lee” que frecuentemente se repite en muchas páginas del Corán, todas ellas coinciden sin embargo en declarar el sentido de lectura escrita, es decir, “lectura del Libro”. Las aleyas (versículos) que prueban que Mahoma sabía leer son muchas. Recordamos entre otras: «Cuando recites el Corán, busca refugio en Dios del demonio maldito” (S.16,98); “Cuando recitas el Corán, tendemos un velo opaco entre ti y los que no creen en la otra vida”(S.17,45); “Es éste un Corán que hemos dividido (en capítulos y aleyas) para que lo recites (leas) a la gente reposada y lentamente”(S.17,106); “Lee tu Libro: hoy bastas tú para ajustarte cuentas” (S.17, 14).
     
    De modo que el «analfabetismo del profeta» parece ponerse en duda. “Analfabeto”(al-ummi) según el Corán, es aquel que no sigue las directivas de un Libro revelado. Los judíos, descendiente de Isaac hijo de Abraham, son los “poseedores del Libro”, mientras que los árabes, los descendientes de Ismael, hijo también de Abraham, son los “analfabetos”. El Corán hace referencia a esta distinción de un modo claro y manifiesto, pues invita a los poseedores del Libro y a los analfabetos (los árabes) a abrazar el Islam: “Y di a quienes recibieron la Escritura (los judíos) y a quienes no la recibieron (los “gentiles” o árabes paganos): ¿Os convertís al Islam?”(S.3, 2). Por lo tanto, originalmente (en la redacción del Corán), el «analfabetismo» de Mahoma no significa ignorancia de la Escritura sino su pertenencia a los gentiles. Además, según el mismo Corán, Mahoma debe consultar a la gente de la Escritura (judíos, pero sobre todo ha de entenderse de judeocristianos, pues las diferencias con el judaísmo llegaron a ser muy grandes en vida del profeta, y también cambió su apreciación hacia ellos. En cambio, hacia los cristianos fue siempre buena): “Si tienes alguna duda acerca de lo que te hemos revelado, pregunta a quienes, antes de ti, ya leían la Escritura” (S.10, 94). Y cuando sus secuaces dudan de la autenticidad de su ciencia o de su revelación les aconseja que vayan a preguntar a la gente del Libro (al-dikr) –de la Escritura, «si no lo sabéis” (SS.16, 43; 21, 7). Y no es el Corán en último término, sino la explicación de la revelación anterior: “A ti también te hemos revelado la Amonestación (el Corán) para que expliques a los hombres lo que les fue anteriormente revelado” (S.16, 44).
     
    Creemos que la intención del sacerdote Waraqa fue hacer de Mahoma su sucesor a la cabeza de los cristianos de la Meca, para que completara su obra espiritual entre los árabes, salvaguardar la continuidad del cristianismo de los hijos de Israel, para juntar todas las sectas en una sola, para unificar los Libros revelados y las creencia religiosas. Todo esto lo consiguió gracias a su desprendimiento, a su inteligencia y a su espíritu emprendedor y fuerte. En la consecución de sus designios recibió la valiosa ayuda de Khadiya la cual puso a su disposición la nobleza, el rango, la belleza y las riquezas de que gozaba. También le sirvió de apoyo Abu Taleb, su tío fiel. Abrazaron la nueva religión muchos de los Qurais; a su lado lucharon los pobres de la Meca y los “humildes”; le dio hospitalidad el rey de Etiopía después que se le opusieron encarnecidamente los “altos jefes” y los “poderosos” de la Meca… Hasta que Mahoma consiguió, después que falleció el sacerdote, ser el jefe de los cristianos de la Meca, el primero de los creyentes, es decir, el jefe espiritual, el primer responsable. Después que murió el sacerdote Waraqa pasó la jefatura espiritual a Mahoma, que se convirtió en el “primero de los que a Dios se someten” (S.39, 12). Y con la muerte del sacerdote temió el profeta que Dios le abandonara y le olvidara, pues se entibió la revelación durante dos o tres años, y le volvió después pero con un grande cambio en sus posiciones y muchos cambios en sus enseñanzas y en su legislación, como convenía a la personalidad de Mahoma y al haberse independizado de su maestro, y como se acordaba con las circunstancias y los estados del ambiente y la sociedad árabes. El Corán anunció este retorno feliz de la revelación cuando dijo: «Tu Señor no te ha abandonado ni aborrecido” (S.93, 3). Lo que confirma nuestra tesis sobre la sucesión de Mahoma al sacerdote es que el Islam, en sus comienzos, y tal como se presentaba en vida del sacerdote y bajo su influencia, no era ciertamente una religión nueva, no fue el de Mahoma el llamamiento a una nueva religión, sino que consistió substancialmente en la predicación de las doctrinas de la Torá y el Evangelio, de las enseñanzas de los ebionitas acerca de las obras buenas y la limosna, la predicación sobre el paraíso y el infierno, la resurrección, el temor del castigo, y el recuerdo de las postrimerías del hombre. No estaba en la intención de Mahoma hacer bajar del cielo la Revelación, o pretender conocer los tesoros de Dios y sus arcanos, cuanto el anuncio de la palabra de Dios extranjera en la lengua árabe clara, explicada y facilitada para mejor poder retenerla en la memoria y recordarla fácilmente. La de Mahoma es la revelación posterior a otra revelación anterior a ella, y su Libro árabe es la “confirmación” del libro que ya poseía con anterioridad, es decir la Torá y el Evangelio; su revelación es la que anteriormente a él existía ya entre la “gente del “libro”, y su Dios era el Dios de los hijos de Israel. Dice en efecto: «Creo que no hay más Dios que aquel en quien creen los hijos de Israel” (S.10, 90).
     
    5.      El Evangelio a los hebreos y el Corán Árabe
     
    Los mejores testimonios del legado de la Iglesia y de sus libros sagrados son aquellos de los Padres (los grandes escritores y teólogos cristianos entre el siglo II y el siglo VII) y sus historiadores. También nos sirve para nuestro caso, desde el momento que descubrimos en ellos numerosos datos sobre lo que en la historia de la Iglesia se conoce por el Evangelio según los Hebreos. Expondremos algunos de estos testimonios:
     
    Refiere Eusebio (comienzos del II siglo) que “copió datos del evangelio según los hebreos, el evangelio arameo escrito en hebreo”. Y también “que el evangelio según los hebreos es el más verídico según los hebreos que habían adherido a la fe en el Mesías”. Y hablando de los ebionitas, dice que usaban únicamente el evangelio llamado según los hebreos y raramente se servían de otros. Y de sus doctrinas hace notar que “observan el sábado y las demás costumbres judías y practicaban celosamente los preceptos de la Torá y afirmaban que la salvación estaba vinculada no sólo a la fe en Cristo sino también al cumplimiento de la Ley de Moisés”.
     
    Por su parte, Orígenes (+ 252) menciona la existencia de este evangelio en varios de sus escritos. Dice: Quien acepta el evangelio según los hebreos encuentra en él esta frase: “Mi Madre el Espíritu Santo me cogió por el cabello de mi cabeza y me subió al santo monte Tabor”. Clemente Alejandrino (+216) leyó él también en este evangelio un dicho atribuido a Cristo: “Como está escrito en el evangelio según los hebreos”…
     
    Epifanio (+403) se explaya hablando de los ebionitas y de su evangelio. De los ebionitas dice: «Siguen el evangelio de Mateo, y sólo en él se apoyan excluyendo los demás y lo conocen como el evangelio según los hebreos. Este evangelio de Mateo, que ellos retienen, no es completo, sino adulterado e incompleto” Este aserto de Epifanio es una repetición de lo que ya había dicho Ireneo obispo de Lyón: “Los ebionitas se sirven únicamente del evangelio según Mateo, pero no profesan la verdadera fe en el Señor”.
     
    San Jerónimo (+420) menciona este evangelio en muchos de sus libros referentes al comentario de Isaías, Ezequiel, el comentario a los Efesios, y a Mateo; también en su diálogo con los pelagianos, donde dice que: «en el evangelio según los hebreos del cual se sirven también los cristianos y que está escrito en arameo…y que es parecido al evangelio de Mateo que se conserva en la biblioteca de Cesárea”.
     
    Según parece este evangelio conoció una larga difusión, y también parece que fue traducido a varias lenguas: Originariamente fue redactado en lengua aramea, después fue traducido al griego y al latín y quizás también al árabe. Circuló en distintos tiempos: desde principios del siglo segundo hasta finales del quinto y quizás hasta nuestros días en su traducción árabe. De él hablaron extensamente los Padres de la Iglesia y en él se basaron los ebionitas; a veces era conocido como el “evangelio de los Nazarenos” y otras el «Evangelio de los doce Apóstoles”. De todos modos se trata de una falsificación manifiesta del Evangelio de San Mateo, origen de todos los evangelios posteriores.
     
    Es posible afirmar que la existencia de los ebionitas en la Meca y el Hijaz comportaba necesariamente la existencia del “evangelio según los hebreos”. Esto lo demuestra el hecho que el Corán se apoya en sus doctrinas en lo que respecta al Mesías, a su Madre, al Espíritu Santo; a las obras buenas, a la limosna y a las postrimerías…, son doctrinas idénticas en el Corán y en el mencionado evangelio. Según algunos autores calificados, los ebionitas creen en la existencia de un Dios único, creador del universo. Rechazan la doctrina del Apóstol Pablo tocante a la persona de Jesucristo: observan el sábado y el domingo…La mayor parte de ellos creen que Jesucristo es un hombre como los demás, que se distinguió por haber sido el enviado de Dios…, que es un profeta al igual que todos los profetas que le precedieron… Algunos rechazan la crucifixión, y creen que otro le sustituyó en el momento del martirio, pero que las gentes creyeron que fue Cristo el crucificado. En todas estas creencias se basaron en el evangelio de Mateo escrito en hebreo. En cuanto a la traducción acreditada en aquel tiempo y de la que se ocupó probablemente el sacerdote Waraqa, al árabe, no significa una traducción literal, como sucede hoy; se trataba más bien –según se desprende del Corán mismo- de una explicación, de un comentario libre, de una facilitación, de un recuerdo… Este modo de traducir era seguido en la antigüedad, en los medios cristianos y aun en las Escrituras.

    «Si tienes alguna duda acerca de lo que te hemos revelado, pregunta a quienes, antes de ti, ya leían la Escritura” (S.10, 94). Dicha aleya del Corán testimonia claramente la existencia de una Escritura anterior al Corán, pero que además, parece ser la misma, pues se trata de «la Escritura» (singular) que se leía «antes de ti», suponiendo que ahora, «tu» – o sea los fieles- también la leen. De hecho, Corán significa literalmente recitación, o bien lectura. Da toda la impresión que se trata de la lectura de algo ya escrito anteriormente. Y también se atesta lo siguiente: “Lo hemos revelado (el Libro, la Escritura) como ‘Corán’ árabe. Quizás, así, comprendáis…; está en la Escritura que Nosotros tenemos” (S.43, 3-4). De modo que el Corán árabe no es sino la lectura árabe del Libro extranjero, traducido y explicado detalladamente en árabe para que los árabes la entiendan y crean en él.
     
    En la jerga coránica, «at-tafsil» significa «arabización» por un lado, pero al mismo tiempo significa detallar, que en este caso se traduce como división o separación de las aleyas del libro, división de los capítulos y presentación según requieran las circunstancias. Así lo expresa el mismo Mahoma en diversas circunstancias, especialmente en S.10, 37, donde se afirma del mismo Corán ser «la explicación detallada del Libro, exenta de dudas”. Este «libro» al que se hace referencia puede ser muy probablemente el evangelio según los hebreos. El Corán árabe explica, pues, en sus páginas todo lo que ya está contenido en un Libro precedente, es una inspiración directa del mismo, solicita el testimonio de sus poseedores y retiene a los cristianos conocedores de su contenido: «Él (Dios) es quien ha revelado la Escritura… Aquellos a quienes Nosotros hemos dado la Escritura saben bien que ha sido revelada por tu Señor con la Verdad” (S.6, 114), y “quienes han recibido la Ciencia ven que lo que tu Señor te ha revelado es la verdad” (S.34, 6). Suponiendo siempre, como lo supone el Corán, que el contenido sea el mismo.
     
    Y todos, deben creer en la Escritura y también en el Corán árabe; y el que no cree (en la Escritura y en el Corán) no puede ser contado entre los seguidores del profeta: “Los que están arraigados en la Ciencia entre (los cristianos) y los creyentes (los árabes) creen en lo que ha sido revelado a ti (el Corán) y lo que les fue revelado a otros antes de ti (la Torá y el Evangelio)” (S.4, 162). Y los musulmanes verdaderos son aquellos que dicen: «Los creyentes creen en lo que lo que ha sido a ti revelado y en lo que fue revelado antes de ti” (SS.4, 60; 2,4). Por lo tanto, para los musulmanes y para el mismo Corán, la Revelación del Corán árabe no sólo completa, sino que se identifica con la Revelación anterior, claro indicio que al menos al principio del Islam, ambas revelaciones (y ambos libros) se identificaban.
     
    La intención original parece haber sido dotar de un libro a los árabes, de una escritura que hasta entonces no poseían, para igualarlos a otros, como el mismo da testimonio de sí: “Cada comunidad será emplazada ante su Escritura” (S.45, 28) y «toda comunidad tiene su Libro” (15, 4).

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