Lepanto, la batalla inacabada (3). Mehmet II, el Conquistador, y sucesores

Serie completa.

El libro sigue con una biografía de Mehmet II, el conquistador de Constantinopla. Su intención era conquistar también Italia, acabar con el Papado, y dominar todo el Mediterráneo. Cuenta una anécdota muy ilustrativa de su forma de proceder:

“… es famosa la manera de cómo llevó a cabo la ejecución de los nobles griegos, tras conquistar la ciudad: primero les hizo jurar obediencia fiel y ciega, prometiendo estos que jamás desobedecerían sus órdenes, creyéndose con ello a salvo. Una vez que los nobles juraron, les ordenó, en virtud de aquel juramento, poner sus cabezas sobre el tajo del verdugo, para ser decapitados”.

Sin embargo, el capítulo del libro sobre este Mojamé II acaba de una forma realmente extraña, pierde el tono general del libro y cae en los tópicos de la “tolerancia otomana” desmentidos en el resto. Imagino que se trata de compensar algo, pero creo que la coherencia debe estar por encima de la corrección política.

Sigue el libro con los sucesores de Mehmet II. Selim toma Oriente Medio, Arabia y Egipto. Dobla la superficie del imperio y se convierte en califa. En 1517 era posiblemente el hombre más poderoso del mundo. Tengo entendido que disponía del doble de ingresos fiscales que nuestro emperador Carlos I, a pesar del providencial oro de las Américas.En 1520 toma los mandos Solimán, hasta 1566, se trata de la edad de oro del imperio otomano. Toma Belgrado, Rodas, Hungría. Pacta con Francia contra España y los Habsburgo. Trata de conquistar la isla de Malta, aunque fracasó en el intento por la defensa heroica de los hospitalarios.

Le sucede Selim II, borracho y harenero, que conquista Chipre y favorece la piratería berberisca. La narración continúa con el desarrollo de la piratería berberisca. Hay múltiples referencias a la connivencia de franceses y turcos contra la cristiandad y la Monarquía Hispánica; por ejemplo esta:

“El 25 de julio de 1543, día de Santiago, entra en Marsella la flota turca al mando de Barbarroja. El escándalo en todo el Mediterráneo es inaudito: ¡Las dotaciones francesas de un rey cristiano saludando con júbilo la llegada de la flota corsaria otomana!”

Podemos considerarlo el primer episodio de la estrategia Eurabia, que es el esfuerzo último de una nación que ha visto como todos, todos sus esfuerzos imperiales han fracasado rotundamente. El asunto, como todo pacto entre sinvergüenzas, acabó mal. Antes de irse de Marsella, Barbarroja “da orden de proceder a un último saqueo de la ciudad, capturando trescientos niños y niñas, religiosos y religiosas, que son embarcados en tres galeras con destino a Turquía”. En Tolón sucede algo parecido: Barbarroja “prohibe que las campanas toquen misa (…), edifica una mezquita en la parte antigua de la ciudad y lleva a cabo numerosas razias contra los pueblos vecinos para capturar esclavos (…). Llega un momento en que el rey francés, que no hace sino sufrir afrentas, no tiene más remedio que comprar a buen precio el regreso de Barbarroja al Bósforo: ochocientos mil escudos de oro”.

Así de caro estamos pagando el regreso de los inmigrantes indeseados, y esperemos que todo se quede en dinero. Por cierto, la Wiki se rinde ante los encantos del almirante:

Jeireddín fue uno de los más importantes corsarios del siglo XVI, y junto con su predecesor y hermano Aruch, fundó una organización pirata que llevó a los bereberes —bajo los auspicios del Imperio Otomano— a alcanzar gran poder sobre el comercio del Mediterráneo.

Vaya forma bonita de pintar a la piratería berberisca.

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