Sostiene [Manuel] Rivas, emulando a Pereira, que «se ha establecido la peor asociación posible en nuestro campo verbal: inmigración igual a problema. El primer problema de España, el número uno, según las últimas encuestas de opinión». Y añade, unas líneas más abajo, que «tenemos, sí, un problema. Ése sí que es un problema. El problema de que esté calando la idea de que la inmigración es un problema para España».
Asombroso, ¿no? A mí, al menos, me lo parece. Paso por alto el desliz o, quizá, licencia poética de llamar campo verbal al idioma, que en este caso es, por añadidura, voz del pueblo, y me limito a subrayar la panglosiana candidez del columnista, que sigue siendo, a estas alturas, un progre de los de antes y que, en cuanto tal, se empeña en creer que las cosas no son lo que son, sino lo que deberían ser para coincidir con sus parámetros ideológicos y para no contravenir los mandamientos del catecismo de la corrección política. Pertenece el escritor en cuestión, para entendernos, a esa clase de personas que se niegan con granítica obstinación a aceptar la evidencia de que la naturaleza y el universo todo se rigen por un sistema jerárquico en el que no caben la compasión, la solidaridad ni, por supuesto, la democracia. Exaspera a tales individuos el odioso espectáculo de un mundo en el que impera la evolución y selección natural de las especies gobernadas por el instinto de supervivencia y supremacía. ¡La ley del más fuerte, vaya! Y eso, aseguran, sin que el rubor asome a sus rostros, es depredación, explotación y colonialismo.
El buen progre coincide así, sin saberlo, con los votantes de Bush, furibundos antidarwinistas convencidos de que Dios creó el mundo a partir de la nada en siete días con el exclusivo objeto de que tropecientos millones de años después naciera Jesús y todos los seres humanos, ateniéndose a sus enseñanzas, llegasen a ser San Francisco de Asís. Manoliño, los del nunca máis y los del no a la guerra ya lo son. Lo malo es que el buenismo por ellos predicado en lo concerniente a la inmigración está saliéndoseles por la culata y transformándose en lo contrario: la triste aventura de los cayucos negreros es una escabechina de imposible cuantificación.
Miles de personas han muerto ya y otras tantas, en cuarto creciente, morirán antes de que lo haga el año. La Ley de Extranjería y el efecto llamada son los polvos que generan tales lodos. ¿No te remuerde la coincidencia, Manoliño? ¿Carecen acaso, de ella, los progres por estar en permanente gracia de Dios y de Zapatero? ¿Qué diría San Francisco de Asís? ¿No salen nunca a la calle los de tu cuerda? ¿No leen periódicos, no escuchan la radio, no miran la tele? ¿No pisan el polvo de los caminos de los barrios obreros ni el pavimento de mármol de las zonas burguesas? Anda, colega, sé razonable, ponte unas gafas, compra el audífono que por tu edad no deberías necesitar y baja machadianamente a lo dicho, a la calle, para comprobar, con Juan de Mairena, que algo muy grave sucede en ella. Y eso -te lo aseguro- no es nada comparado con lo que va a suceder si las cosas siguen así.
Dije hace poco, en otro artículo similar a éste, que el Le Pen ibérico está al caer y que la izquierda zapaterista es el caballo de Troya del neofascismo.