Concepción Católica de la Política (y 4):

R_P__Julio_Meinvielle_S_J_Continúo lo iniciado aquí: Concepción Católica de la Política (3):

(p. 47) En lo que a organización se refiere, creemos que a dos pueden reducirse los caracteres que deben distinguir los estados nuevos para llenar las exigencias de justicia que reclama el bien común: han de ser corporativos y autoritarios.

….

Estado autoritario. Atraviesa el mundo, tanto en el orden interno como en el internacional, una etapa de evidente debilidad del Estado; por otra parte, ciertas reacciones, justificadas pero excesivas, caminan, aquí y allá, hacia su omnipotencia y divinización.

A uno y otro exceso hay que contraponer el Estado fuerte, pero limitado por la moral, por los principios del derecho de gentes, por las garantías y libertades individuales, que son la suprema exigencia de la solidaridad social… El Estado tiene el derecho de promover, armonizar y fiscalizar todas las actividades nacionales en el amor a la Patria, y en la disciplina de los ejercicios vigorosos, que la preparen y dispongan para una actividad fecunda y para todo cuanto pueda exigir de ella el honor o el interés nacional.

Je. Lo de autoritario habrá puesto a alguno de los nervios. Sin embargo, eso es lo que hay, y si no es autoritario llevará al desorden. Ataos los machos, que estamos en las últimas boqueadas del actual desporden.

Dejo sin tratar unas 20 páginas, que son simplemente desarrollo de lo anterior, y doy un salto.

(p. 63) “LA CIUDAD FRATERNAL” DE MARITAIN

Sabido es que Maritain defendió la doctrina tradicional de la Iglesia y del Estado en su primera época, en que escribió ANTIMODERNE y PRIMAUTÉ DU SPIRITUEL. Pero después de 1930 comenzó a excogitar y a elaborar una ciudad “cristiana” para la nueva época, en que, según él, entra la humanidad. Escribió entonces HUMANISME INTÉGRAL y muchas otras obras, de valor inferior, donde defendió lo que él llamó “una sociedad vitalmente cristiana”. De un modo particular explicitó los lineamientos de esta sociedad en LOS DERECHOS DEL HOMBRE Y LA LEY NATURAL y en CRISTIANISMO Y DEMOCRACIA.

Para la elaboración de su ciudad, Maritain comienza por separar — separar, digo, y no simplemente distinguir — el plano de la ciudad temporal del plano de la Iglesia o ciudad espiritual. La ciudad temporal no se subordina, como lo exige la concepción tradicional enseñada por León XIII en INMORTALE DEI a la Iglesia, sino que se mueve por principios enteramente propios e independientes que buscan satisfacer igualmente a las personas humanas que la integran, cualesquiera sean sus creencias o falta de creencias. “Quienes no creen en Dios, enseña Maritain, o no profesan el cristianismo, pueden, empero, si creen en la dignidad de la persona humana, en la justicia, en la libertad, en el amor al prójimo, cooperar a la realización de tal concepción de la sociedad (vitalmente cristiana) y cooperar al bien común, aunque no sepan llegar a los primeros principios de sus convicciones prácticas o procuren fundarlas sobre principios deficientes”.

En el planteo de Maritain hay varios errores sumamente graves. Primero, el calificar de cristiana una sociedad que no alcanza a ser teísta. No alcanza a ser teísta porque la sociedad, en cuanto tal, no profesa la creencia en Dios. Y no podría profesarla, para no ejercer presión sobre los posibles ateos que encerraría en su seno. Segundo, el alterar el concepto de cristiano. Para ser cristiano no basta creer en la dignidad de la persona y en otros valores humanos; es necesario creer, con fe sobrenatural, en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Y una sociedad cristiana es aquélla que en su legislación y en su vida vivida acepta las normas de la ley natural y de la ley evangélica, sustentadas por la Iglesia. Tercero, el rebajar el esfuerzo de los católicos que trabajan en la vida cívica. Los católicos que trabajan en la vida cívica de nuestras ciudades descristianizadas no deben contentarse can trabajar por un ideal puramente iluminista de una ciudad fraterna o humanista, sino que, siguiendo el mandato expreso de Cristo, deben buscar primero el reino de Dios y su justicia, que lo demás se les dará por añadidura (MT. 6, 33). Los católicos, si aman a sus hermanos extraviados, deben tender a la ciudad católica, porque sólo ésta es solución de los problemas gravísimos a que están abocadas las  sociedades modernas. Cuarto, el hecho de que en las sociedades otrora totalmente cristianas haya hoy división de creencias, no debe ser óbice a que se trabaje por la ciudad católicamente conformada. La prudencia deberá indicar el grado de tolerancia que se habrá de tener para con las diversos errores y extravíos. Lo que no deberá admitirse es la consolidación de una ciudad fraternal iluminista, donde todos los errores tengan los mismos derechos que la verdad. Quinto, la ciudad católica exige que no sólo la sociedad esté conformada por una concepción sobrenatural de la vida, única que merece llamarse vitalmente cristiana, sino que de modo particular el poder público se ponga al servicio del reino de Dios. Es un error sumamente grave insinuar, como lo hace Maritain, que el poder político ha de permanecer neutro con respecto a los derechos de Dios. Precisamente la gran dignidad de que está dotado el poder público y la eficacia que posee le fuerzan a promover el bien común de la ciudad, que no será tal si no encamina a los ciudadanos a su fin último, Dios, que es en realidad el único bien común absolutamente tal.

Así que de este tipo vien la expresión “humanismo integral”.

Yo voy más lejos en las propuestas. A estas alturas de la partida, no es posible ya la colaboración. Nos debemos separar todo lo posible de estas sociedades en fase terminal, porque si no, nos hundiremos con ellas.

Pero veamos la

CONCLUSIÓN

Se ha esbozado la naturaleza de la política en una concepción católica. Pero ¿es posible realizar una política cristiana?

Según se insinúa en el capítulo  anterior, querer volver a una política cristiana sin el Espíritu cristiano que mueve las almas no sólo es imposible, sino que sería lo más pernicioso que pudiera acontecer a una nación y a la misma política cristiana. Sería reproducir el grave error de la Acción Francesa. Ideólogos que fabrican una política de encargo, sin metafísica, teología ni mística.

Si es así, ¿para qué, entonces, estas páginas de política cristiana? Misterio fecundo será siempre si logramos llevar a otros la convicción de que la política, tal como la quiere la Iglesia, no es posible sin Jesucristo. El es Vida, Verdad y Camino, y no hay nada, absolutamente nada, que sea en verdad humano que pueda lograr su integridad sin El. Más: todo lo humano que sin El nazca y se desarrolle caerá bajo la protección del diablo. La política, pues, la política concreta, militante, del mundo moderno, que debió ser cristiana, y por malicia del hombre no lo es, está amasada en cenizas de condenación.

No sabéis hasta que punto me he convencido de esto últimamente. Un ejemplo de ello lo tenéis en la Unión Europea, la obra de tres piadosos católicos.

Sería más saludable que nos cristianicemos nosotros mismos. Seamos católicos. Y como católico significa únicamente santo, tratemos verdaderamente de ser santos.

La santidad es vida sobrenatural. No consiste en hablar y pensar de la santidad. Es vida. Si es cierto que toma raíces en la fe, o sea en el conocimiento sobrenatural de Jesucristo, no culmina sino en la Caridad, que es el amor de Dios sobre todas las cosas y del prójimo por amor de Dios.

La vida católica, plenamente vivida en el ejercicio de la caridad, nos impondrá, por añadidura, una fisonomía católica en las manifestaciones puramente humanas de la vida: en arte, ciencia, economía y política. La sobreabundancia de la caridad dará lugar a un arte, ciencia, economía y política católicas.

Avisados estamos.

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4 Comments

  1. “En lo que a organización se refiere, creemos que a dos pueden reducirse los caracteres que deben distinguir los estados nuevos para llenar las exigencias de justicia que reclama el bien común: han de ser corporativos y autoritarios.”

    Me cuesta creer que alguién que conoce las enseñanzas de Cristo afirme que el Estado debe ser Autoritario.
    El hombre, cada uno de los hombres, es el objeto del amor de Dios que, por eso mismo, sacrificó a su Hijo por nosotros. N o por el Estado, ni por el comercio, ni por las NAciones Hundidas, ni por el Socialismo… Jesucristo se salvó por nosotros los Hijos de Dios y no necesitamos más autoridad ni autoritarismo que el suyo.
    Que alguién pretenda ejercer autoridad sobre sus hermanos en la fé atribuyéndose una delegación no expresa de Dios es una blasfemia, además de un sinsentido.

    Ni corporativismo ni autoritarismo son parte de las enseñanzas de Nuestro Señor.

    • Maestre:

      > Me cuesta creer que alguien que conoce las enseñanzas de Cristo afirme que el Estado debe ser Autoritario.

      Pues te recomiendo que leas el libro entero, escrito por un sacerdote católico que me parece bien formado intelectualmente.

      > El hombre, cada uno de los hombres, es el objeto del amor de Dios que, por eso mismo, sacrificó a su Hijo por nosotros. N o por el Estado, ni por el comercio, ni por las NAciones Hundidas, ni por el Socialismo… Jesucristo se salvó por nosotros los Hijos de Dios y no necesitamos más autoridad ni autoritarismo que el suyo.

      Me apena que repitas las majaderías con las que los curillas conciliares calientan la cabeza a la parroquia. No es que no haya caído en ellas en otros tiempos; simplemente, estoy de vuelta. La naturaleza caída del hombre exige la coacción, es decir, el Estado, es decir el monopolio de la violencia sobre un territorio. La autoridad civil, en su capacidad para aplicar la ley, ejerce la violencia. De forma medida y conforme a norma, pero violencia.

      Y si no la ejercen los autoritarios con mesura, la ejercerán los no autoritarios, los “tolerantes” (y échate a temblar con la tiranía desatada, o con el desorden). ¿Aún no te has dado cuenta?

      > Que alguién pretenda ejercer autoridad sobre sus hermanos en la fé atribuyéndose una delegación no expresa de Dios es una blasfemia, además de un sinsentido.

      Por ejemplo, la iglesia tiene autoridad en materias de doctrina, por delegación expresa de Dios.

      > Ni corporativismo ni autoritarismo son parte de las enseñanzas de Nuestro Señor.

      Ni la democracia, ni la monarquía, ni la aristocracia, ni la tolerancia, ni el diálogo, ni la igualdad ¿Entonces?

  2. ¿Dónde puedo conseguir el libro?

    1) Aunque esté de acuerdo en que la “naturaleza caída del hombe exige la coacción”, no estoy de acuerdo en la identificiación coacción/Estado. Hay muchos otros medios de ejercer coacción sin necesidad de confiarlos todos al Estado. La iniciativa privada es, precísamente, la mejor garantía para evitar la tiranía.
    Siento que te apene que repita cosas que son parte del catolicismo, pero es que realmente es así, y lo pienso de esa forma. Si no creyera esas cosas no sería católico.
    Lamento mucho que únicamente veas esas dos posibilidades, o autoritarios o politicamente correctos, y lo lamento porque, en el fondo, vienen a ser casi lo mismo. En el fondo confiar en el Estado es como confiar en la bondad natural de las personas. El Estado está compuesta de personas, cuya naturaleza caída los convierte en seres indignos de confianza, con el agravante de la cuasiimpunidad que otroga el Estado. Esta es, lamentablemente, la vía más rápida hacia la tiranía uqe tanto detestas.

    2) “Ni la democracia, ni la monarquía, ni la aristocracia, ni la tolerancia, ni el diálogo, ni la igualdad ¿Entonces?”
    Entonces la respuesta es muy sencilla, el mensaje de Nuestro Señor es un canto a la voluntad individual, a la libertad y responsabilidad. El que quiera seguirme…
    El único régimen es el que establece la igualdad ante unas leyes justas, aquellas derivadas del Derecho Natural -da lo mismo cómo llegues a el, la razón o Dios- basado en la igualdad y libertad de los seres humanos, y en sus derechos inalienables, la propiedad, la libertad, y la capacidad para ser malos asumiendo las consecuencias.
    No sé en qué parte de las doctrinas de Nuestro Señor, insisto, aparece una teoría del EStado, siquiera incipiente, ni se me ocurre imaginarme algo similar. No hay lugar para la coacción en las enseñanzas de Jesucristo, ni legitimación para la coacción arbitraria del Estado.

    Un saludo.

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