El Nuevo Orden Mundial. Génesis y desarrollo del capitalismo moderno. Capitulo III. El Sistema Financiero Mundial y sus Núcleos se Poder. Parte 1. La Urdimbre en sus Orígenes

Continúo esto: El Nuevo Orden Mundial. Génesis y desarrollo del capitalismo moderno. Capitulo II. La Falacia Bolchevique

Esta parte trata de las sociedades más o menos secretas que surgen con la llamada Ilustración. El tono no puede ser menos que “conspiracionista”.

Los Illuminati De Weishaupt

Edmond de Rothschild, en declaraciones a la revista Enterprise: “La estructura que debe desaparecer es la nación”

James Paul Warburg, patrón del grupo financiero S.G.Warburg, miembro de la Round Table y del Council on Foreign Relations, en una alocución pronunciada ante una comisión del Senado estadounidense. “La única interrogante de nuestro tiempo no es si el Gobierno Mundial  será alcanzado o no, sino si será alcanzado pacíficamente o con violencia. Se quiera o no, tendremos un gobierno mundial. La única cuestión es saber si será por concesión o por imposición”.

Guardando el debido orden jerárquico, y una vez que han hablado los patrones, es ahora el turno de sus subalternos.

Gianni de Michelis, ex-ministro italiano de Asuntos Exteriores y presidente del Instituto Aspen (un apéndice de la Comisión Trilateral), en declaraciones efectuadas al diario El País el 4 de abril de 1990: “El poder ha de ser inevitablemente transferido de las naciones soberanas a instituciones supranacionales”

John Kennet Galbraith, socialista fabiano, profesor de la Universidad de Harvard (feudo académico del Council on Foreign Relations y de la Comisión Trilateral), en declaraciones publicadas el 9 de marzo de 1977 por el diario La Vanguardia: “El socialismo moderno no dependerá de los teóricos o de los políticos, sino de los dirigentes de las empresas multinacionales”.

Quienes usan la palabra “conspiracionista” con desdén deberían explicar esas declaraciones, porque, actualmente, los protagonistas no ocultan sus propósitos.

Tras dicha condena, que en realidad no fue sino un gesto efectista del Elector bávaro, y contando con la aquiescencia de este último, Weishaupt se evadió a la corte del duque de Saxe, uno de sus adeptos, que le nombró su consejero  y le confió la educación de su heredero. Los restantes dirigentes de la Orden se evaporaron temporalmente, prosiguiendo su actividad en las logias masónicas europeas y americanas, aunque su ostracismo duraría poco tiempo. En efecto, en 1786 vuelven a aparecer en una reunión que tuvo lugar en Frankfurt, casa matriz de los Rothschild, y en la que se gestaron los preparativos de la Revolución Francesa. Allí fue acordada la muerte de Luis XVI y la creación de la Guardia Nacional republicana, y desde allí se impartieron las correspondientes órdenes a las logias militares francesas para que, llegado el momento, no obstaculizaran el desarrollo del proceso revolucionario. No menos relevante fue la participación en dicho proceso de los acólitos iluministas, muchos de los cuales militaban simultáneamente en diversas logias de la masonería regular. Figuraron entre ellos el abate Siéyes, el marqués de Condorcet, Danton y Tayllerand, así como Mirabeau, Marat y Robespierre, afiliados a una sociedad iluminista conocida como el Comité Secreto de los Amigos Reunidos. Por otro lado, las labores de agitación y los disturbios sociales promovidos por los militantes iluministas en Francia contaron con el generoso patrocinio económico de financieros como Benjamín y Abraham Goldsmid, Moisés Mocatta, David Friedlander, Herz Cerfbeer y Moisés Mendelsshon.

El nombre de estos no deja lugar a dudas de su etnia.

La Fundación De La Republica Norteamericana

El 4 de julio de 1776,  los delegados de los trece Estados de Nueva Inglaterra proclamaban la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América. De los trece firmantes del Acta de Independencia, nueve eran francmasones (Ellery, Franklin, Hancock, Hewes, Hooper, Paine, Stockton, Walton y Whipple). Idéntica condición compartían nueve de los trece delegados que rubricaron los artículos de la nueva Confederación (Adams, Carroll, Dickinson, Ellery, Hancock, Harnett, Laurens, Roberdau y Bayard Smith), así como los trece firmantes de la Constitución estadounidense (Bedford, Blair, Brearley, Broom, Carroll, Dayton, Dickinson, Franklin, Gilman, King, McHenry, Paterson y Washington). La gran mayoría de los congresistas que ratificaron dichos acuerdos eran igualmente miembros de la hermandad masónica, lo mismo que la práctica totalidad de los mandos del ejército republicano que combatió a las tropas realistas de la metrópoli inglesa.

Sigue la explicación de los símbolos nacionales norteamericanos, procedentes de los Illuminati y la masonería, que tratamos otra vez aquí: Weishaupt y la secta secreta de los Illuminati (iluminados).

Como culminación del proceso, en 1945 otro hermano francmasón, el presidente Franklin Delano Roosevelt, ordenó que el reverso del Gran Sello norteamericano se imprimiera en la cara posterior del billete de dólar, sin duda el lugar más idóneo. Todo un símbolo de la religión humanista del poder y del dinero que impera en la actualidad y que tiene sus centros de culto en la Sala de Oración del Capitolio, en el Templo del Entendimiento de Washington y en el Salón de Meditaciones de la ONU.

Lo dicho.

Por otro lado, el papel desempeñado por los francmasones judíos en la fundación y desarrollo de la masonería norteamericana fue, desde los mismos inicios de ésta, más que notable. Y nada mejor para constatarlo que acudir a la valoración efectuada sobre ese particular por la publicación Jurisdiction Sud, boletín oficial del rito escocés reservado a los adeptos, en cuyo número correspondiente a marzo de 1990, el francmasón de grado 32 Paul M.Bessel escribía lo siguiente:

“Los judíos han estado activamente vinculados a los inicios de la francmasonería en los Estados Unidos. Numerosos detalles prueban, en efecto, que ellos estuvieron entre los fundadores de la francmasonería en siete de los trece Estados primitivos: Rhode Island, New York, Pennsylvania, Mayland, Georgia, Carolina del Sur y Virginia”.

“Un francmasón judío, de nombre Moisés Michael Hays, fue el primero que introdujo el rito masónico escocés en los Estados Unidos. Fue igualmente Inspector General delegado para la francmasonería de América del Norte en 1768, y Gran Maestre del Estado de Massachussets de 1788 a 1792”.

“Los francmasones judíos jugaron un papel importante en el curso de la Revolución Americana: 24 de ellos fueron oficiales del ejército de George Washington, y otros muchos ayudaron con su dinero a la causa americana. Hayim Salomon, un masón de Filadelfia que, junto con otros, contribuyó a la colecta de fondos destinados a sostener el esfuerzo de  guerra americano, también prestó dinero a Jefferson, Madison y Lee”.

“Se dispone de pruebas de que numerosos judíos, rabinos incluidos, permanecieron vinculados al movimiento francmasón americano a todo lo largo de la historia de los Estados Unidos. Ha habido al menos una cincuentena de Grandes Maestres judíos americanos. Hoy, numerosos judíos son activos francmasones en los Estados Unidos, así como en otros países. A título indicativo, el Estado de Israel cuenta con unas sesenta logias que comprenden un total de casi trece mil miembros. Sin hablar de los afiliados a la logia B’naï B’rith”.

Me resistiría a creerlo, pero se dan nombres y apellidos.

El fundamentalismo norteamericano moderno hunde sus raíces en los puritanos pilgrims que arribaron a las costas de Nueva Inglaterra a principios del siglo XVII. Ahítos de Biblia e imbuidos de una especie de fanatismo mesiánico, los tripulantes del Mayflower y del Arbella se consideraban a sí mismos los elegidos de Dios, un concepto que, por aberrante que a la luz de los hechos pueda parecer, ha estado siempre presente en el protestantismo estadounidense.

Esto es un clásico, la identificación de los puritanos con el espíritu veterotestamentario.

Los Doctrinarios del Imperio Británico

Esta sección no la trato.

El Eastern Establishment

El origen de los grandes capitales estadounidenses se sitúa en la Guerra de Secesión  de 1861-65, con la confrontación entre la economía comercial e industrial del Norte y el viejo modelo latifundista y agrícola del Sur. No hará falta aclarar a estas alturas de los tiempos que las razones humanitaristas (abolición de la esclavitud) esgrimidas por el expansionismo nordista no eran otra cosa que espúreos adornos. De hecho, las condiciones de vida del proletariado norteño diferían muy poco de las reinantes en las plantaciones esclavistas del Sur. Lo que se ventiló, pues, en aquel conflicto no fue otra cosa que la supremacía del modelo económico del Norte, que era el que mejor respondía a las exigencias del capitalismo expansivo.

El balance de aquella guerra, tan trágico para muchos como rentable para unos pocos, ofrece por tal motivo dos caras bien distintas. En una de ellas aparecen sus 600.000 víctimas y las cuantiosas pérdidas materiales causadas por la contienda. Y en la otra figura el gran desarrollo industrial que el esfuerzo bélico proporcionó a la zona Norte, así como el espectacular enriquecimiento que de ello se derivó para los especuladores y los proveedores del ejército. La transformación económica operada por el conflicto permitió la acumulación de enormes fortunas y dio paso al ulterior proceso de concentración mercantil e industrial en beneficio de los grandes trusts económicos.

La abolición de la esclavitud fue la excusa humanitaria. Tan típico de la hipocresía anglosajona.

De entre las grandes fortunas amasadas a partir de la guerra civil norteamericana, cuatro nombres sobresalen en especial: Cornelius Vanderbilt, Andrew Carnegie, John Pierpont Morgan y John Davison Rockefeller. El primer apellido prácticamente ha desaparecido del concierto plutocrático mundial y de las altas esferas de influencia política. Los dos últimos, por el contrario, se sitúan actualmente en su vértice más elevado. El hecho de que los Morgan y los Rockefeller ligaran el destino de sus grandes empresas a un potente complejo bancario habría de jugar, sin duda, un papel fundamental en su proyección futura.

Las grandes finanzas, una vez más.

Entre los diversos instrumentos articulados por la plutocracia del Eastern Establishment  para dominar la vida pública estadounidense merecen destacarse dos: el Council on Foreign Relations, o Consejo de Relaciones Exteriores, y la Reserva Federal. Del primero, que es un club oligárquico de carácter privado, han salido a lo largo de los últimos setenta años la práctica totalidad de los altos cargos políticos de la Administración norteamericana, con independencia de cuál haya sido el partido político gobernante en cada momento. Más adelante se dedicará a esta poderosa entidad la atención que indudablemente merece. Por lo que se refiere a la Reserva Federal, esto es, al Banco Central estadounidense, se trata de una institución de importancia crucial que, en contra de lo que pudiera suponerse a tenor de su carácter  público, está gestionada y dirigida por la Alta Finanza privada.

La creación de este organismo se gestó durante una reunión restringida convocada al efecto por Nelson Aldrich (abuelo de Nelson Rockefeller) el 22 de noviembre de 1910 en Jekyl Island (Georgia), y en la que participaron Benjamín Strong, en representación del Bankers Trust Company, adscrito a la órbita de la casa Morgan, Henry Davison, alto ejecutivo igualmente de J.P.Morgan, Frank Vanderlip, presidente del National City Bank, de Rockefeller, Paul Warburg, director de la banca Warburg, y Piatt Andrew, secretario de Hacienda estadounidense. En dicha reunión se redactaron los informes que poco después recogería con puntualidad el Decreto del Federal Board System, refrendado oficialmente el 20 de diciembre de 1913.

En virtud de aquella disposición legal, que establecía el sistema de la Reserva Federal vigente desde entonces, el Estado otorgó a un grupo bancario privado la facultad de acuñar moneda y el derecho exclusivo a la emisión de billetes, o dicho de otro modo, el control absoluto de la circulación monetaria en todo el país. Desde que dicho sistema fuera adoptado, el gobierno estadounidense se limita a emitir bonos estatales, que son respaldados por la Reserva Federal gestionada por la banca privada. Como consecuencia de ello, la banca privada titular del Board System percibe anualmente en concepto de intereses miles de millones de dólares, que son pagados, naturalmente, por el contribuyente norteamericano.

La adopción del Federal Board System respondía fielmente a la dinámica señalada por el profesor Carroll Quigley cuando describiera los mecanismos y procedimientos empleados por la oligarquía financiera: “Se trataba, señala Quigley, de la creación de un sistema internacional de hegemonía financiera en manos de algunas individualidades capaces de dominar la política de cada país y la economía mundial. El sistema así estructurado  descansaría sobre la autoridad de tipo feudal de los Bancos Centrales, enlazados entre sí a través de acuerdos estipulados en el curso de entrevistas periódicas y de reuniones privadas”.

Efectivamente, desde que ese sistema fuera implantado de forma generalizada, los gobernadores  de los Bancos Centrales se reúnen con periodicidad, aunque por encima de los encuentros de quienes a la postre no son sino meros subalternos del Gran Capital, se sitúan los contactos entre los financieros rectores del Establishment mundial, que, en palabras de Quigley: “conforman un sistema de dominación nacional y de cooperación internacional más potente y más discreto que el de los agentes de los Bancos Centrales”.

El elemento sobre el que habría de basarse este proceso, iniciado en el siglo XVIII, no fue otro que el papel moneda o billete bancario, cuya emisión y control circulatorio fueron pronto prerrogativas exclusivas de los Bancos Centrales, gestionados y dominados por la banca privada. Las ventajas que para la Alta Finanza supondría la instauración de un sistema económico basado en la moneda fiduciaria, aparecen reflejadas sin tapujos en una carta enviada por los Rothschild de Londres a un banquero neoyorquino el 25 de junio de 1863. Dicha carta, recogida en el documento nº 23 del National Economy and the Banking System of the United States, dice así: “Las escasas personas que puedan comprender el sistema -cheques y créditos- mostrarán tanto interés por sus beneficios o dependerán en tal manera de sus ventajas que no se debe esperar de ellas ninguna oposición, mientras que, de otro lado, la gran masa de público, mentalmente incapaz de comprender las enormes ventajas que el capital saca de ese sistema, soportará los costes sin oponerse e, incluso, sin sospechar siquiera que ese sistema es contrario a sus intereses”.

Sigue una sección dedicada a “Una Dinastía Paradigmática: El Clan Rockefeller”.

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