Juan Donoso Cortés, marqués de Valdegamas. 1809-1853. En el bicentenario de su nacimiento

n092p11Os recomiendo esta reseña biográfíca de Donoso, uno de los más interesantes políticos e ideólogos del s. XIX español. Escrita por por Joaquín Macías López y publicada en El Catoblepas.

Donoso empezó como un liberal moderado (lo que hoy diríamos “de centro”; llega a colaborar con el gobierno progresista de Mendizábal) y acabó siendo un tradicionalista de pro.

Fue uno de los grandes oradores parlamentarios del siglo. Unos ejemplos:

«Cuando la legalidad basta para salvar la sociedad, la legalidad; cuando no basta, la dictadura. Señores, esta palabra tremenda (que tremenda es, aunque no tanto como la palabra revolución, que es la más tremenda de todas) [sensación en la Cámara]; digo que esta palabra tremenda ha sido pronunciada aquí por un hombre que todos conocen; este hombre no ha sido hecho por cierto de la madera de los dictadores. Yo he nacido para comprenderlos, no he nacido para imitarlos. Dos cosas me son imposibles: condenar la dictadura y ejercerla. […] Digo, señores, que la dictadura en ciertas circunstancias, en circunstancias dadas, en circunstancias como las presentes, es un gobierno legítimo, es un gobierno bueno, es gobierno provechoso, como cualquier otro gobierno; es un gobierno racional, que puede defenderse en la teoría, como puede defenderse en la práctica.» (II:188-189)

A continuación, Donoso se plantea la pregunta de si en España es necesario instaurar la Dictadura. Lo sucedido en Francia, puede ponernos en el camino de la respuesta a esa pregunta:

«Señores: la revolución de febrero vino como viene la muerte: de improviso [grandes aplausos en la Cámara]. Dios señores, había condenado la Monarquía francesa. En vano esta institución se había transformado hondamente para acomodarse a las circunstancias y a los tiempos; ni aun esto le valió; su condenación fue inapelable, y su pérdida infalible. La Monarquía de derecho divino concluyó con Luis XVI en un cadalso; la Monarquía de la gloria concluyó con Napoleón en una isla; la Monarquía hereditaria concluyó con Carlos X en el destierro, y con Luis Felipe ha concluido la última de todas las Monarquías posibles: la Monarquía de la prudencia [¡Bravo!, ¡bravo!]. ¡Triste y lamentable espectáculo, señores el de una institución venerabilísima, antiquísima, gloriosísima, a quien de nada vale ni el derecho divino, ni la legitimidad, ni la prudencia, ni la gloria! [Se repiten los aplausos].» (II:191)

Por tanto, sí, España necesita de la Dictadura para evitar la guerra civil. En la segunda parte del Discurso (concedida la prórroga –por haberse agotado el tiempo establecido– por el secretario de la Cámara, Sr. Lafuente Alcántara) Donoso concluye, con tono profético:

«Señores, tremenda es la palabra, pero no debemos retraernos de pronunciar palabras tremendas si dicen la verdad, y yo estoy resuelto a decirla. ¡La libertad se acabó! [sensación profunda en la Cámara]. No resucitará jamás, ni al tercer día, ni al tercer año, ni al tercer siglo quizá. ¿Os asusta, señores, la tiranía que sufrimos? De poco os asustáis; veréis cosas mayores. Y aquí os ruego que guardéis en vuestra memoria mis palabras, porque lo que voy a decir en un porvenir más próximo o más lejano, pero muy lejano nunca, se han de cumplir a la letra.» (II:197)

La falacia, para Donoso está en pensar que en enero del 49 había que escoger sin más, en abstracto, sustancializádolos, entre los conceptos de «libertad» o «dictadura», como si se tratase de un dualismo mítico{76}:

«Señores; si aquí se tratara de elegir, de escoger entre la libertad, por un lado, y la dictadura, por otro, aquí no habría disenso ninguno; porque ¿quién, pudiendo abrazarse con la libertad, se hinca de rodillas ante la dictadura? Pero no es ésta la cuestión. La libertad no existe de hecho en Europa; los gobiernos constitucionales, que la representaban años atrás, no son ya en casi todas partes, señores, sino una armazón, un esqueleto sin vida. Recordad una cosa, recordad a Roma imperial. En la Roma imperial existen todas las instituciones republicanas: existen los omnipotentes dictadores, existen los inviolables tribunos, existen las familias senatoriales, existen los eminentes cónsules; todo esto, señores, existe; no falta más que una cosa: sobra un hombre y falta la República [¡Muy bien, muy bien!].» (II:203)

Donoso anuncia una época dominada por el despotismo, y el advenimiento de una crisis de civilización. La salvación sólo pude venir de la mano de la «civilización católica», concepto central de la «teología política» del «segundo Donoso»:

«O la reacción religiosa viene o no; si hay reacción religiosa, ya veréis, señores, cómo subiendo el termómetro religioso comienza a bajar natural, espontáneamente, sin esfuerzo ninguno de los pueblos, no de los gobiernos, ni de los hombres, el termómetro político, hasta señalar el día templado de la libertad de los pueblos [¡Bravo!]. Pero si, por el contrario, señores (y esto es grave, no hay la costumbre de llamar la atención de las asambleas deliberantes sobre las cuestiones hacia donde yo la he llamado hoy; pero la gravedad de los acontecimientos del mundo me dispensa, y yo creo que vuestra benevolencia sabrá también dispensarme; pues bien, señores, yo digo que si el termómetro religioso continúa bajando, no sé adónde iremos a parar. Yo, señores, no lo sé y tiemblo cuando lo pienso.» (II:200)

Donoso vaticina una profunda crisis epocal, por ello, hay que escoger «entre la dictadura del puñal y la dictadura del sable» (II:204), y Donoso prefiere escoger la del sable «porque es más noble» (II:204)

El Discurso sobre la dictadura tuvo amplia resonancia. Donoso aclaró posteriormente algunas cuestiones que aparecen desarrolladas en su correspondencia con el conde de Montalembert así como con el director del periódico L’Univers Luis Veuillot{77}. En España, la polémica se desplegó en los periódicos El País y El Heraldo.{78} Se le acusó de maniqueo y «neocatólico» («lo primero, no se si esa escuela existe; los segundo, que, si existe, ignoro lo que quiere; lo tercero, que en todo caso yo no pertenezco a ella»{79}).

Algunos “detalles de calidad” adicionales:

«Pues ¿qué es el socialismo sino una secta económica? El socialismo es hijo de la economía política, como el viborezno es hijo de la víbora, que, nacido apenas, devora a su propia madre. Entrad en esas cuestiones económicas, ponedlas en primer término, y yo os anuncio que antes de dos años tendréis todas las cuestiones socialistas en el Parlamento y en las calles.» (II:303)

Que se lo diga alguien al registrador del PP, por caridad.

… para Donoso, las tres afirmaciones en las que ha de basarse la civilización en su fase afirmativa serían: la primera, que «existe un Dios, y ese Dios está en todas partes», la segunda: «ese Dios personal, que está en todas partes, reina en el cielo y en la tierra», y por último, la tercera, «este Dios, que reina en el cielo y en la tierra, gobierna absolutamente las cosas divinas y humanas» (II:307) Estas tres afirmaciones en el orden religioso son puestas en correspondencias con otras tantas afirmaciones en el orden político, a saber, «hay un rey que está en todas partes por medio de sus agentes; ese rey que está en todas partes reina sobre sus súbditos, y ese rey que reina sobre sus súbditos gobierna a sus súbditos» (II:307). Con este planteamiento claramente «antiliberal», el marqués de Valdegamas se convierte en el más férreo defensor del monarquismo y del principio de autoridad. La analogía de Donoso entre política y religión parece inspirada en el método de Bonald, tal como ha señalado Edmund Schramm. La analogía continua en el periodo de la civilización que Donoso denomina «negativo». Aquí las respectivas negaciones en religión y política serían: Primera: «Dios existe, Dios reina; pero Dios está tan alto, que no puede gobernar las cosas humanas» (DE 309) En política se correspondería con el planteamiento según el cual «el rey existe, el rey reina; pero no gobierna» (se daría aquí la monarquía constitucional). Segunda: «Dios existe, pero Dios no tiene existencia personal; Dios no es persona, y como no es persona, ni gobierna ni reina; Dios es todo lo que vemos; ni es todo lo que vive, es todo lo que se mueve; Dios es la humanidad» (DE 309) En el orden político, esta negación se correspondería con el republicanismo, que dice: «El poder existe; pero el poder no es persona, ni reina ni gobierna; el poder es todo lo que vive, todo lo que existe, todo lo que se mueve; luego es la muchedumbre, luego no hay más medio de gobierno que el sufragio universal, ni más gobierno que la república». Por último, en el terreno religioso, nos encontramos con la negación del ateo: «Dios ni reina ni gobierna, ni es persona, ni es muchedumbre; no existe». La última negación que en el terreno de la política se puede hacer corresponder con el ateísmo religioso, se la atribuye Donoso a Proudhon: «No hay gobierno». Según Donoso Europa se encuentra en el momento en que pronuncia su Discurso en la segunda negación, pero avanza peligrosamente hacia la tercera. A partir de aquí, Donoso analiza la situación europea con tono certeramente profético: no ve en Rusia un peligro inmediato para Europa, salvo que en el futuro se den tres circunstancias, como son: «que la revolución, después de haber disuelto la sociedad, disuelva a los ejércitos permanentes; segundo, que el socialismo, despojando a los propietarios, extinga el patriotismo […] tercero, el acabamiento de la empresa de la confederación poderosa de todos los pueblos eslavones [la edición de la BAC dice, por error, «esclavones», J. M.] bajo la influencia y el protectorado de la Rusia» (DE 310-311)

El peligro más inmediato que acecha a la política europea considera Donoso que proviene principalmente de Inglaterra «que quiere la guerra»(DE 310).

Pues así fue. La Primera Guerra Mundial la desencadenó Inglaterra porque no podía permitir que se asentara en Europa un contrapoder que pudiera poner en cuestión su imperio. Ahí empezó nuestra decadencia.

No os perdáis el artículo.

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