Manuel II, el emperador que enfrenta al Papa con el islam

El Mundo ha publicado un artículo de un autor italiano sobre el emperador Manuel II y el triste destino de su imperio:

Era el representante de Dios en la Tierra. Una autoridad espiritual, además de política, un hombre de gran belleza, rasgos hieráticos y casi prisionero del Sacro Palacio, en el corazón de una ciudad repleta de arte, que se mostraba distante y vestido de púrpura y oro. Un teólogo y un humanista de amplia cultura. Una figura trágica que veía a su civilización milenaria asediada por los ejércitos musulmanes y próxima a hundirse, sin poder hacer nada por evitarlo.

Todos en Europa decían admirarlo y lo recibían con los honores debidos a su rango. Tanto en Roma como en Venecia. Tanto en París como en Londres. Pero nadie le hacía caso. «Occidente, dividido, no conseguía ponerse de acuerdo. La historia se repite», sonríe, entre irónico y serio, el profesor Giorgio Ravegnani, catedrático de Historia bizantina en Venecia. Ese es Manuel II, el Paleólogo, emperador bizantino de 1391 a 1425.

Para el profesor citado Manuel II era un «pobrecillo»:

Y ello porque el emperador vivió una situación muy complicada. La Nueva Roma del Bósforo se estaba muriendo, el Imperio romano de Oriente, que Constantino había fundado en el siglo IV, estaba rodeado por las fuerzas otomanas y se había quedado ya reducido a Constantinopla y a algunos pequeños territorios de la periferia».

El emperador escribe el diálogo que ha citado el Papa con la ciudad asediada, «se lanza a una gira por Occidente y pide, en vano, ayuda militar. La caída de Constantinopla se retrasa sólo porque, en 1402, los turcos son derrotados por los mongoles».

Me interesa especialmente esta parte:

El viaje a Occidente de Manuel II cosechó sólo un fruto, aunque decisivo, «aceleró los cambios culturales entre los humanistas occidentales y los bizantinos» y contribuyó a la transmisión de la cultura griega.

El profesor Guglielmo Cavallo, catedrático de Paleografía griega en la Sapienza de Roma y uno de los grandes estudiosos de la civilización bizantina, hace un recuento minucioso de los tesoros que pasaron entonces a Europa: Textos de Homero y Píndaro, Sófocles y Aristófanes, Herodoto y Tucídides.

Pero, en el ámbito militar, nada. «Precisamente por eso, la figura de Manuel II es tanto más trágica, porque ni él mismo era plenamente consciente, en cierto sentido, del desastre que se le iba a echar encima».

Y es que Bizancio vive todavía la ilusión de su grandeza. Mientras el imperio se hundía, su cultísimo emperador «se entretenía en el theatron que, en el griego de la época, se refería a una reunión literaria entre expertos».

Esto mismo podría estar pasando en Europa actualmente. Disfrutamos de una oferta cultural exuberante (¿hipertrofia superestructural en términos marxistas?), pero parecería que hemos renunciado a reproducir nuestras sociedades y a defendernos de la agresión y la invasión del Islam. No sabemos cuál será el resultado de la tercera Yijad. Pudiera ser que dentro de dos siglos se escriba de nosotros en términos parecidos. También lo advirtió Marx que la historia se repite, la primera vez sucede como tragedia, la segunda como farsa. La Caída de Constantinopla, en efecto, fue una tragedia; la forma en que hemos renunciado a defendernos parece conducir directamente a una farsa.

El patrimonio cultural y el capital podrían abandonar Europa (el capital humano –los profesionales más competentes- ya lo hacen). Tras la destrucción de Jerusalén los cristianos dejaron de ser una secta judía. ¿Será necesaria la destrucción de Roma para asegurar definitivamente la universalidad católica?

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*