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¿Una obispa “de cuota”?

Hace unas semanas era un obispo de la católica, hace unos días una “obispa” de la luterana. La iglesia luterana tiene obispos, a los que llama supervisores, traduciendo el término episcopus, latín procedente del griego que significa “el que mira por encima”; es decir, supervisa.

 

Esta señora pidió que no se reaccionara “desproporcionadamente” (entiéndase “que no se hiciera nada”) tras descubrirse el atentado que planeaban tres musulmanes en Alemania, dos de ellos conversos. La razón que dio es que el ardor guerrero de los musulmanes “también se da en el cristianismo”. No me consta; pero si es así entre los protestantes de su jurisdicción debería denunciarlos a la justicia; si conoce casos similares debería mencionarlos, y si no es el caso habría que decir que perdió una excelente oportunidad para callarse.

Tras rascar en su vida han encontrado unas declaraciones ridículas con las que trató de justificar su divorcio forzando una cita bíblica que no venía al caso, y que pone de manifiesto la falta de preparación de la señora obispa.

Es obvio que la clerigalla progre ha perdido el norte.

Why Women Oughn’t To Be Holding A Public Office

¿Tienen alma las mujeres? (Historia de una calumnia)

Circula un bulo por ahí según el cual en cierto concilio se discutió si la mujer tenía alma. Parece ser que el origen fueron ciertas palabras pronunciadas por revolucionarios franceses reclamando derecho al voto para las señoras. El bulo es inverosímil, dada la dignidad excepcional que la Iglesia otorga a la Virgen y la cantidad de santas que han sido canonizadas desde el principio, cosa que no tendría sentido si no tuvieran alma. En fin, semejante patraña solo podría funcionar entre indocumentados y “progresistas”, valga la redundancia.

Este artículo nos explica el origen del bulo que empezó como un malentendido, y pronto ganó curso legal como un reproche continuo de los laicistas a la Iglesia.

Estas son las afirmaciones hechas por los “revolucionarios”:

Personne ne parla plus du synode de Mâcon jusqu’à la Révolution française. En pleine Terreur, pour défendre les femmes dont on voulait fermer les clubs, le conventionnel Charlier, en une belle envolée oratoire, demanda si l’on  était encore au temps où on décrétait, “comme dans un ancien concile, que les femmes ne faisaient pas partie du genre humain”. Le 22 mars 1848, une citoyenne Bourgeois devait franchir une nouvelle étape dans l’altération des textes. A la tête d’une délégation du Comité des “Droits de la femme”, elle remettait aux membres du gouvernement provisoire une pétition tendant à obtenir le droit de vote pour les femmes et commençant par ces mots : “Messieurs, autrefois, un concile s’assembla pour décider cette grande question : savoir si la femme a une âme…” Bouclée, la boucle. Les quelques lignes de Grégoire de Tours, définitivement déformées, étaient entrées dans le patrimoine définitif de la crédulité publique.”

No se ha encontrado que el tema del alma de la mujer se haya tratado en ningún concilio, aunque parece ser que hubo un sínodo provincial en Mâcon, donde un obispo dijo que no procedía llamar “hombre” a una mujer. Se trataba sin embargo de un asunto lingüístico, y se le aclaró que la voz homo del latín se refiere a la especie y sirve para el macho y la hembra…

Curiosamente, este es un tema de rabiosa actualidad, pues los “revolucionarios” modernos insisten en decir “compañeros y compañeras”. Si supieran que ya un obispo pretencioso propuso eso hace muchos siglos…

OUI, J’AI UNE AME !

Jesús de Nazaret

El libro del Papa está teniendo el éxito que se esperaba. Yo me lo compraré en navidad. Traigo aquí dos trozos de un artículo de un obispo sobre este libro:

La premisa o advertencia preliminar nos señala la intención de la obra. El Papa quiere acercarnos al verdadero y auténtico Jesús de Nazaret. El común de fieles no se plantea el problema de la historicidad de Jesús. Cree y acepta lo que la Iglesia ha creído y enseñado por siglos, y ella es la garante de la fe de los iletrados. La Iglesia responde por la fe de sus hijos pobres y sencillos. Ése es su deber, ahora más apremiante en cuanto que, durante el último medio siglo, se ha abierto una brecha cada vez más grande entre lo que llaman el Jesús histórico y el Cristo de la fe, distinción que introdujo en los ámbitos católicos la exégesis histórico-crítica protestante. Una cosa sería Jesús, el hijo de María, y otra, muy diversa, Cristo, el Señor glorioso predicado por la Iglesia. Éste sería creación de la comunidad creyente, mientras que aquél, el histórico, prácticamente habría desaparecido.

 

El abismo entre ambos llegó a crecer tanto que ya no hay coincidencia posible. Pero al exegeta protestante esto poco le importa, pues en su teología lo que salva es la fe, sin carne ni historia. Es la teoría de la «sola fides», la sola fe, llevada hasta el extremo.

En efecto, aunque por aquí nos venden que la reforma trajo la modernidad, la ciencia y el racionalismo, en realidad fue al contrario: trajo la esquizofrenia del fideísmo irracional. Otra:

Jesús también se distancia de todo poder humano, desde el inicio de su misión. Es el sentido profundo del relato de las llamadas «tentaciones» o pruebas de Jesús. Se deslinda de manera contundente del poder político: Cuando una religión se arrima al poder, termina sirviéndolo. Sólo éste [Dios] es confiable. «Si hoy tuviéramos que elegir entre Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios e Hijo de María, y Barrabás (que según una tradición también se llamaba Jesús y significa «hijo del padre»), ¿tendría Jesús alguna posibilidad?» (Pg. 64). El libro nos invita cordialmente a no repetir el error.

Se refiere a la narración sobre la elección del pueblo judío entre Barrabás y Jesús, a la que sigue la famosa frase: “Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos”. En mi opinión las relaciones entre la iglesia y el poder político son un tema muy delicado que se resuelve es ese párrafo de forma muy simplista.En todo caso, considero que esa reflexión es muy interesante. Deberían habérsela hecho quienes a los largo de la historia han acusado a los judíos de “deicidio”.

 

Jesús de Nazaret