Acabo de leer Si esto es un hombre. Dos veces, como suelo hacer con los libros que más me gustan. No voy a decir nada que no esté dicho sobre este libro. Es uno de los mejores libros sobre los campos de concentración/exterminio nacionalsocialistas. He leído también La especie humana de Antelme y el Documento F-321.
De alguna manera creo que todos fallan en la descripción del horror del campo. No porque los libros sean malos, sino por las limitaciones propias de la literatura, y porque al final uno se acostumbra a lo que lee. Yo solo soy capaz de aproximarme al horror de los campos de exterminio cuando tengo fiebre y me duelen las articulaciones y me imagino que me tienen dos horas a la intemperie en un viento helado, en camisa y desfalleciendo de hambre. Y sin esperanza de que esto acabe.
Es este un libro que hay que leer. Simplemente. No voy entrar a valorarlo en detalle -ya he dicho que es algo que hay que leer- sino que voy a reseñar algunas cosas que me han llamado la atención.
En la Introducción, Primo afirma que cuando en una sociedad la gente se convence de que “todo extranjero es un enemigo” al final se llega al campo de exterminio. Sí y no. El campo de exterminio tiene otros presupuestos adicionales. Para empezar, la sociedad en cuestión tiene que ser suficientemente fuerte para someter al enemigo. Más, los judíos no eran propiamente extranjeros. Pero lo relevante en nuestras circunstancias actuales es que hay extranjeros que son efectivamente enemigos declarados. Es una obligación ética defenderse de ellos con unas armas a la altura de la agresión.
El viaje que hacían los prisioneros hasta el campo, hacinados, sin agua siquiera, sin aseos, con niños pequeños, incluso bebés, es una tortura que solo gente criminal es capaz de imponer. Ni a los animales se trata así.
Un capítulo que me pareció muy interesante es el que se refiere a las noches. Hacinados en barracones, con dos en cada “cama”, durmiendo espalda con espalda, la cabeza en los pies del otro, levantándose cada poco a orinar por los litros de sopa acuosa que cenan, sin dormir realmente, soñando con comer… No resultan reparadoras. Primo las compara con las noches de un enfermo con mucha fiebre.
También me impresionó el capítulo dedicado a los cambalaches de cosas robadas, de cosas que traen los trabajadores civiles que no están en el campo. Me ha convencido que el intercambio es una de las instituciones humanas más poderosas que existen. El mercado es algo que nunca se puede reprimir totalmente. A pesar de estar despojados de casi todo aparece un mercado de botones, trozos de tela, panes, cucharas…
El capítulo “Los condenados y los salvados” es también del mayor interés antropológico. La mayor parte de los prisioneros mueren a los tres meses, exhaustos del trabajo y de la escasísima comida. La lucha por la vida en el campo es brutal, sin que exista generosidad alguna entre los prisioneros, aunque sí hay reglas. Se puede ver quien es listo y sobrevive y quien está condenado. Una curiosidad, a los condenados les llaman “musulmanes”. Imagino que procede de ese fatalismo -aceptación patológica de “el destino”- a que llevan las enseñanzas de Mojamé. A principios de siglo los musulmanes estaban completamente derrotados y se mostraban sumisos con los occidentales.
Este capítulo presenta cuatro casos de personas que ejemplifican cuatro estrategias. El caso que más me ha hecho pensar es el de “Henry”. Se trata de Paul Steinberg, del que puedes leer esto: Steinberg, Paul (1999). Crónica del mundo oscuro (PDF).
Primo llega al campo en enero del 44. En octubre llega el nuevo invierno, el crudo invierno polaco:
“Esto significa que de cada diez morirán siete. El que no muera sufrirá minuto a minuto, cada día. Desde la mañana hasta la distribución de sopa por la noche deberá mantener los músculos en tensión, bailar de un pie a otro, apretar las manos contra el cuerpo para resistir el frío. (…) Se les abrirán heridas en las manos, para obtener vendas tendrán que esperar por la tarde durante horas de pie en la nieve y el viento“.
Imaginaos. Primo sobrevive porque lo mandan al laboratorio, donde no pasa frío.
Se acercan los rusos, la liberación está cercana, pero el campo es evacuado. Primo había cogido la escarlatina, así que se queda en el campo abandonado. Diez días, sin agua, sin luz, sin nada de calefacción. Empiezan a morir, el campo se llena de excrementos y de cadáveres… Primo sobrevive.
En la segunda parte trataré del apéndice del libro.






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