Concepción Católica de la Política (1)

R_P__Julio_Meinvielle_S_J_Acabo de leer el libro Concepción Católica de la Política del P. Julio Meinville, que podéis descargar entero aquí. Os lo resumo en pocas palabras: integrismo católico. Ni más, ni menos. Esto lo habría dicho hace solo dos años con desdén. En la actualidad, y visto lo visto, tengo que decir que hay que darle la razón a los integristas. Liberalismo, democracia y demás zarandajas con un engaño que va a llevar a nuestras sociedades al punto del colapso. Estamos a un paso de él. Además, donde más les duele a los liberal-progresistas, en la economía. Nuestras sociedades están a punto de quebrar económicamente.

Os recomiendo que leáis la selección de textos que os he hecho tras quitaros las orejeras de la “educación para la ciudadanía”. Advierto que no me refiero a la asignatura que los socialistas han impuesto, sino a la idelogía modernista que se ha estado inculcando desde los años 70, desde el tardofranquismo. Por  la izquierda  y por la derecha.

Os lo voy a poner en cuatro partes, una para cada domingo de Adviento. Allá vamos:

(p. 11) Hay, primeramente, en el hombre una inclinación hacia un bien, que es el de su naturaleza; inclinación común a todos los seres, pues todos apetecen su propia conservación, según las exigencias de su propia naturaleza. Correspondientemente a esta  inclinación, es preciso integrar la ley natural con todos aquellos preceptos que se refieren a la conservación de la vida del hombre, o que vienen a impedir los males contrarios a esa vida. Existe una segunda inclinación — hija, asimismo, de la naturaleza humana, pero desde el punto de vista en que comunica con los demás animales — hacia un bien más particular, más concreto. Conforme a esta inclinación, pertenecerán a la ley natural todas aque llas prescripciones que versan sobre lo que la naturaleza enseña a todos los animales: la procreación, o perpetuación de la especie; la formación y crianza de los hijos, y otras de esta índole. Finalmente, se encuentra en el hombre una tercera, propia suya, fruto de su naturaleza peculiar, racional, específica, hacia un bien más peculiar y concreto: el conocimiento de las verdades divinas; la convivencia social. Equivalente a este orden de inclinaciones naturales, serán preceptos de la ley natural aquéllos que proscriben la ignorancia y recriminan las injusticias sociales, quebrantadoras de la paz ciudadana, etc. (I – II, q. 94, a. 2).

Esto es filosofía clásica: el hombre es social por naturaleza.

(p. 13) Precisando más, este bien común temporal de la ciudad debe cumplir las tres condiciones que señala Santo Tomás en el DEL REINO, L. I, cap. 15. La primera, que asegure la paz de todos los que forman la comunidad. Para ello, todos los individuos y todos los grupos deben verse protegidos en sus derechos, de suerte que se logre una comunidad con un régimen de vida estable y armónico, sin injusticias y sin disimetrías irritantes. La segunda, que todos los individuos y los grupos sociales, estrechamente unidos por el vínculo de paz, se empeñen en la empresa común de alcanzar un alto nivel de convivencia humana y virtuosa. La tercera, que por la industria del poder público y bajo su dirección, todos los individuos y grupos sociales alcancen y tengan a su disposición abundancia de bienes materiales, culturales y espirituales, que aseguren la plenitud de una vida virtuosa, digna del hombre, en el grado más alto que permite un determinado desarrollo cultural.

Esta suma de bienes que constituye el patrimonio de una sociedad en un momento determinado es fruto y efecto de la aspiración y tendencia de todos los individuos y grupos sociales hacia el bien común inmanente de la sociedad.

En las sociedades “plurales”, como la nuestra, se renuncia a alcanzar el objetivo segundo. Mucho me temo que ese tipo de sociedades acaben desapareciendo, y que lo acabemos viendo con nuestros ojos.

(p. 19) Para ellos [los estadistas modernos] “la soberanía es la fuente de todo el poder del Estado, con los caracteres de absoluta, ilimitada, in-divisible, inalienable e imprescriptible”. Y recalcando estas expresiones, se añade: “la soberanía es un concepto absoluto; cualquier limitación la hace desaparecer; su nota esencial consiste en que nada ni nadie puede limitarla”. (Mariano de Vedia y Mitre. CURSO DE DERECHO POLÍTICO).

Es explicable que tal concepto de la soberanía no lo encuentre el citado profesor formulado por primera vez sino en el siglo XVI, por Bodin, y haga a Rousseau el teórico integral de ella. “Ni a Aristóteles ni a Santo Tomás les preocupó nunca la idea de la soberanía”, añade.

Si por soberanía se entiende cosa tan monstruosa —un absoluto en el orden fenoménico—, no debe sorprendernos que Santo Tomás ni Aristóteles hayan imaginado tal engendro. Es menester arribar a la época moderna, donde la inteligencia, desviada de su objeto propio, que es la consideración del ser, se mueve vertiginosamente en el vacío, para encontrar una infinidad de entes absolutos que fabrica el hombre y se llaman Estado, Derecho, Pueblo, Soberanía, Democracia, Libertad, Ciencia, Humanidad, etc. Otros tantos mitos o ídolos que llenan la mente de una sociedad que está dispuesta a endiosarlo todo con tal de destronar al Único que tiene derecho de reinar con  absoluta soberanía sobre todo lo creado.

En efecto, la propuesta de algo absoluto en el mundo material inmanente -tras rechazar al Absoluto transcendente- es la contradicción fundante de la modernidad. A estas alturas es fácil ver dónde vamos a parar.

(p. 22) Tanto el autonomismo que Kant reclama para la razón humana como el que Rousseau reivindica para el cuerpo social (admírese de paso el enorme esfuerzo de dialéctica sentimental de estos ideólogos al concluir el autonomismo del cuerpo social partiendo del autonomismo moral del individuo) encierra, como decíamos antes, el espantoso absurdo de atribuir al hombre, ser caduco, frágil como la arcilla, los caracteres de infinitud privativos de Dios. Lo que se consigue con esta sublimación del individuo y la sociedad es desorbitarlos, y con esto destruirlos. El liberalismo desemboca en la anarquía y ésta no es más que la tiranía del desorden.

Lo mismo. El hombre, ser finito, no puede ser portador de derechos absolutos, salvo por participación en el Absoluto.

(p. 23) … no nos referimos aquí a la democracia como pura forma de gobierno. Esta es legítima si, respetando el orden moral como emanación de la ley divina, reconoce a Dios como origen y fuente de toda razón y justicia y se reduce a propiciar una organización en que se dé cabida al mayor número de ciudadanos en la dirección de los negocios públicos, siempre que así lo permita el bien común, que es la suprema y decisiva ley de toda sociedad política. Nos referimos, sí, a la Democracia, vivida y voceada hoy, a esa que no puede escribírsela sino con una descomunal mayúscula, porque se presenta como solución universal  de todos los problemas y situaciones. Esa Democracia es el mito rousseauniano de la soberanía popular; es, a saber, de que siempre y en todas partes ha de hacerse lo que el pueblo quiere porque el pueblo es ley; y el pueblo es la mayoría igualitaria que con su voto lo decide todo, lo mismo lo humano que lo divino, lo que se refiere al orden nacional como al internacional, la santidad del matrimonio como la educación de los hijos, los derechos del Estado lo mismo que la majestad sacrosanta de la Iglesia.

En esa Democracia, que ni siquiera es democracia con minúsculas, vivimos. Más:

(p. 25) Para dar término a este asunto, obsérvese lo improcedente y ridículo de toda confesión democrática en la solución de problemas universitarios, filosóficos, artísticos. Equivale a trasladar una noción puramente política a un orden  independiente de lo político. Ese es un error en que nunca puede incurrir un buen católico; porque implica la adopción, no ya de una concepción política, sino de una falsa teología; el endiosamiento del demos, o de la libertad, que sería la fuente de toda verdad y justicia.

Atención a esto:

(p. 25) la ley natural (o Dios, su autor), deja a la voluntad y arbitrio de los hombres darse la forma política que más les plazca, y designar las personas que les han de gobernar.

Esta es y ha sido la doctrina constante de la Iglesia, de suerte que el famoso Suárez, el autor del Tratado de Leyes, pudo escribir contra Jacobo de Inglaterra, que se decía soberano de derecho divino: “No existe rey o monarca que tenga o haya tenido inmediatamente de Dios, o por institución divina, el principado político. Es éste un egregio axioma de la teología, no ridículamente, como dijo el rey Jacobo, sino verdaderamente, porque, bien entendido, está lleno de verdad y es muy necesario liara entender los fines y los límites del poder civil”.

Es decir, la expresión “por la Gracia de Dios”, es relativa.

Bastante por hoy. Seguirá.

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3 Comments

  1. Julio Meinville es un gran experto en Cristianismo en relación con los temas de actualidad… A pesar de que murió hace bastantes años, víctima (al parecer) de un atropello de tráfico urbano… sus libros son de una agudeza y clarividencia que hace que sea un autor casi proscrito… En lña “católica” España casi nadie le conoce… incluidos clérigos. Experto en tema de judaismo, las postrimerías, escatología, etc. También Castellani es poco conocido del “gran público”…

  2. nota: el avatar que aparece adjunto en mi anterior comentario es uno de los ” misterios” de la cibernética…
    Por cierto el “emoticón” o cartita de pato donald que aparecía en este blog de la jihad… supongo que no tenía nada de enigmático… Sencillamente lo veíamos quienes tenemos una pantalla de formato alargado

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