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Así que los diplomáticos españoles que salvaron a tantos judíos eran antifranquistas

Qué curioso, salvaron miles de judíos en los años más duros del franquismo, los de la posguerra, contra la voluntad de Franco.

No me cuadra: califican al franquismo de régimen fascista y consideran tan normal que sus funcionarios -siete nos cuentan en este caso- se dediquen sistemáticamente a desafiarle:

El profesor universitario Alejandro Baer ha encontrado siete diplomáticos que desafiaron no sólo a Hitler, sino también a Franco, para salvar a 5.500 judíos.

Qué valientes oyes. ¿Y díganos, señor Baer, habría represalias, no? ¿Siguieron siendo diplomáticos? Pues que fascismo tan raro. ¿Tendría Zapatero la misma consideración con un diplomático que trabajara de forma manifiesta contra la “Alianza de Civilizaciones”?

Liberalismo, fascismo y comunismo

Este artículo sobre la Nueva Derecha (Nueva Derecha, ¿extrema derecha o derecha extravagante?) entra en la categoría de la filosofía política y no es fácil de leer para el profano, pero tiene algunas cosas interesantes que voy a reseñar.

Menciona una explicación sobre la muy distinta reacción de los liberales frente al nazismo (condena absoluta y repulsión infinita) y al comunismo (entendimiento relativo y tolerancia crítica):

En este sentido, Benoist no cifra la clave de la inconmensurabilidad nazi en la atroz singularidad del Holocausto. Más plausible le parece, en términos históricos, leer la alianza durante la II Guerra Mundial entre los demócratas occidentales y la Unión Soviética como la causa del crédito moral del comunismo. Crédito que coincide, recuerda Benoist, con el punto álgido del terror estaliniano.

Desde entonces, el comunismo instrumentaliza toda corriente antifascista, toda vez que en la segunda posguerra los comunistas dejan de identificar al capitalismo con el fascismo. Precisamente, siempre según nuestro autor, el mantenimiento comunista de tal equivalencia durante entreguerras trajo como consecuencia la toma del poder fascista, convirtiéndoles en corresponsables. En todo caso, a partir de 1945 se abandona dicho esquema para dar a paso a la estrategia propagandística y de autolegitimación, según la cual el comunismo es igual a antifascismo, lo que produce fundamentalmente tres efectos: la reubicación del régimen soviético en la órbita de la democracia; la conceptuación del nazismo como una ideología de derechas; y, por consiguiente, la catalogación de todo individuo de derechas como fascista en potencia.

Se propone que liberalismo, fascismo y comunismo son lobos de la misma manada:

A este respecto, el mismo Roger Griffin ha indagado en las genealogías modernistas del fascismo{13}, explicando cómo en ciertos principios de la Revolución francesa y en las doctrinas de la Ilustración se encuentran constantes (optimismo profano, orientación hacia una «humanidad superior», nacionalismo, la misma clasificación racial de la humanidad, &c.) que serán recuperados por el fascismo. (…) Este perfil moderno del fascismo ya fue también comentado por el demonizado historiador E. Nolte quien, de acuerdo con su método histórico-genético (frente al politológico-estructural) considera que el liberalismo político, en lo que tiene de abierto y contradictorio, fue la matriz desde la que se desplegaron tanto el comunismo como el fascismo.

Paridos todos ellos por la nefasta –aunque con bastante buena prensa, como el comunismo- Revolución Francesa, hija a su vez de la Ilustración:

Benoist interpretará el totalitarismo según los patrones de su propia perspectiva: la Revolución francesa prefigura la movilización de masas, el nacionalismo, la religión política o la centralización administrativa disolvente de las regionalidades. El liberalismo no puede articular una condena acabada del comunismo pues coincide con él en su objetivo escatológico de desembocar en un universalismo igualitarista, y sin resultar tan historicista, el utilitarismo que le informa sustituye todo mantenimiento de la tradición.

Los dolores de parto del liberalismo no son esencialmente diferenes de los de la sociedad comunista (El liberalismo, padre de todos los genocidios modernos y precursor del nazismo). Pero atención, porque el liberalismo es a su vez hijo del cristianismo:

La crítica a la modernidad se convierte bajo la óptica de la Nueva Derecha en un rechazo beligerante hacia la contribución del cristianismo a la historia de Occidente, y en un combate exhaustivo contra los valores del liberalismo económico y político, origen y resultado de aquella. Ciertamente, los intelectuales de la Nueva Derecha localizan en los conceptos de la metafísica cristiana la fuente de la que bebe la filosofía moderna, constituida como su trasunto secularizado. Aglutinando en la expresión de «igualitarismo universalista» el espíritu de la modernidad, detectan en el cristianismo la génesis de una mentalidad seriada y lineal que mediatiza matemáticamente sus relaciones con la naturaleza, pero también sociales, prefigurando un modelo de convivencia mecánico de alcance universal: el mercado.

Todo esto me lleva a que la política -convertida en la aplicación de un programa ideológico- debería ser el ejercicio del arte de la prudencia. Algunos responderán que eso es un concepto antiguo. Y tienen razón, es antiguo de la Antigüedad clásica. De Aristóteles en particular.

Aún no está dicha la última palabra (nunca será dicha la última palabra, pues no habrá “fin de la historia”). No sería de extrañar que este Occidente de políticas tan imprudentes como promover la homosexualidad en una situación de debilidad demográfica se fuera sin tardar mucho al basurero de la historia.