¿Quién no se ha sacudido por esas masas de jóvenes democráticos con las manos pintadas de blanco pidiendo paz? Yo me sentí conmovido en su día por ese despliegue abrumador de buenos sentimientos. Hasta leer el razonamiento de Gustavo Bueno, quien descalifica esa ocurrencia como quimérica, inoperante y equívoca:
«No es suficiente salir a la calle con las manos blancas, como diciendo “yo no he sido” e invocando los Derechos Humanos y la no violencia. Aquí no se está discutiendo sobre Derechos Humanos, sino sobre España»
En un Estado de derecho no es necesario mostrar que se es inocente pintándose las manos de blanco y desgañitándose gritando obviedades como “No al terrorismo”. No, porque se es inocente mientras no se demuestre lo contrario en un proceso judicial con las garantías de la ley. Lo que deberían hacer los manifestantes -si realmente quieren el fin del terrorismo- es exigir a sus políticos y a su gobierno que detengan, juzguen y ejecuten a los asesinos.
¿No nos atrevemos a ejecutarlos tras la correspondiente sentencia judicial? ¿No nos atrevemos ni siquiera a condenarlos de por vida? Bueno; en ese caso los terroristas seguirán matando, porque les sale a cuenta. Y seguirán riéndose de los jóvenes que se manifiestan histéricamente con las manos pintadas de blanco; manos blancas que no ofenden, como bien se sabe, y que acaban resultando impertinentes. Manos mancas tan puras e inocentes que no se atreven a exigir la muerte de los asesinos orgullosos de serlo.
No hay otra. Ante una declaración de guerra –y el terrorismo lo es, una guerra contra los civiles especialmente inicua- caben dos respuestas: luchar o rendirse. Se lucha cuando se estima que se puede derrotar al enemigo a un coste razonable. Cuando no se puede derrotar al enemigo, lo procedente es capitular. O, como ahora se dice, “negociar”.
Capitular pudiendo derrotar al enemigo –la estrategia seguida por nuestra izquierda- es una cobardía y una abyección insólita entre las naciones honorables. Pero establecer reglas unilaterales para atarse las manos luchando con armas inferiores a las del enemigo -la estrategia de nuestra derecha “moderada”- es absurdo y contradictorio. Esa es también la propuesta de los maniblancos. No quieren que su gobierno se rinda al terrorismo etarra, pero tampoco exigen que el Estado, que tiene la obligación de defender sus vidas y haciendas, luche con todas las sus armas legítimas.
El mal que no se puede evitar hay que sufrirlo con cristiana resignación, sin ningún tipo de aspavientos por tanto. Pero cuando el mal se puede erradicar es obligación hacerlo, sin excesos, pero sin tampoco sin complejos. No hay término medio.
Tags: Política, Reflexiones, Terrorismo por AMDG
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