Tener éxito no es vergonzoso, ser pobre no es signo de virtud.
Los europeos hemos pasado de considerar la riqueza como un signo de la bendición de Dios a avergonzarse de sus logros económicos. Este caso delirante de falsa conciencia nos puede llevar a la derrota.
Hace miles de años todos los humanos eran cazadores. Algunos grupos aplicaron innovaciones tecnológicas como la agricultura, los metales, el comercio y la navegación que les llevaron a sobresalir sobre el resto. Sin embargo, los occidentales actuales parecemos haber olvidado las razones objetivas del éxito de las culturas que progresan frente a otras que se han quedado ancladas en la edad de piedra o en la Edad Media. Y cuando se olvidan las causas del éxito, las causas del fracaso se vuelven igualmente confusas.

La propiedad pasa entonces a ser un robo (en vez de la forma más eficiente de gestionar los recursos); el éxito se convierte en el resultado de la explotación (en vez de en el resultado de aprovechar las oportunidades); por el contrario, la pobreza pasa a ser el resultado de la expropiación o de la mala suerte. El fracaso pasa a tener un halo de virtud y exige compensación en forma de pagos sociales que representan una especia de penitencia social. También exige ventajas políticas (discriminación positiva) para los descendientes de las “víctimas de pasado”. Los triunfadores son vistos como unos pecadores sospechosos, lo que les crea un complejo de culpa que solo puede ser absuelto socialmente tras la correspondiente penitencia (impuestos y donaciones).
Sin embargo, el éxito de un individuo, más aún de un grupo social o de un país, no es accidental, ni la consecuencia del expolio, sino el resultado de la gestión eficiente de los recursos en un contexto de libertad y de imperio de la ley. La conclusión es obvia: para sacar de la pobreza a los países subdesarrollados hay que trasferirles las instituciones adecuadas, no dinero. Sin embargo, esto es justo lo contrario de lo que se cuenta.





