El comienzo del declinar de la civilización occidental se puede datar en los 50/60, cuando se extendió la rebeldía juvenil, una rebeldía “sin causa”. Se produjo entonces una transferencia de la autoridad cultural de los adultos a los adolescentes que tendrá dramáticas consecuencias en las posibilidades de supervivencia de la cultura occidental.
Los occidentales viven desde entonces en un estado de perpetua adolescencia y por tanto en perpetua crisis de identidad. El nacimiento del rock and roll en los años 50 marca el comienzo del imperio de la adolescencia que nunca ha dejado el poder desde entonces. Tras varias generaciones celebrando la juventud, los adultos han perdido la confianza en sí mismos.
El estado de bienestar favorece esta infantilización de la sociedad; los ciudadanos vuelven a una especie de infancia al contar con una protección externa. Como los niños, los occidentales necesitan jugar para distraerse y quitarse el aburrimiento, “la insoportable levedad del ser”, de su vida sin sentido. El estado de bienestar hace que los ciudadanos pasen a ser como niños: las necesidades básicas y la pensión de vejez están aseguradas, así que el dinero que le queda después de impuestos, se convierte en una especie de “dinero de bolsillo”, para gastarlo en vicios.
El sentido de la paternidad ha desaparecido del hombre Occidental. De hecho, en algunos ambientes se ha reducido al hecho biológico. Las mujeres tiene trabajos y ayudas sociales que les permiten criar “el hijo único” sin la necesidad de un padre. El estado pasa a ser el padre de los chicos. De hecho, las guarderías, las escuelas y las universidades públicas conforman la mentalidad de nuestros hijos en mucha mayor medida que la de nosotros mismos. La izquierda no oculta sus pretensiones a este respecto.
La civilización occidental puede ser considerada la civilización sin paternidad. La figura del padre es caricaturizada, los valores masculinos tradicionales están siendo demonizados y considerados “fascistas”. La maternidad sin padre ha pasado a ser considerada un derecho. Mujeres emocionalmente inestables se convierten en madres calamitosas, perpetuando esta deriva destructiva.
Las mujeres apoyan más que los hombres los impuestos altos y la extensión del “estado de bienestar”, es decir, a la izquierda. Según algunos investigadores, un tercio del aumento del sector públicos puede deberse al voto femenino. En Noruega se ha advertido a 140 compañías que podrían ser obligadas a resolverse si no alcanzan el mínimo del 40% de mujeres en los consejos y en los puestos directivos.

La aniquilación del sentido de la paternidad ha creado una sociedad llena de patologías, en la que la falta de autoconfianza de los hombres nos hace presas de nuestros enemigos. Si Occidente quiere sobrevivir es necesario recuperar el sentido de la autoridad masculina, para ellos es necesario desmontar el estado de bienestar y los excesos del feminismo.
The Fatherless Civilization
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