Johnson carga las tintas en la persecución de los judíos en España, siguiendo la literatura antiespañola habitual. Por ejemplo, compara la persecución española con la del nacional socialismo:
“Con las conversiones, la persecución se volvió racial en vez de religiosa, sin embargo, los antisemitas encontraron, como sus sucesores en la Alemania nacionalsocialista, que era muy difícil identificar a los judíos siguiendo criterios raciales. Se vieron obligados, como lo nazis, a usar los criterios religiosos ”. (p. 224)
Solo en la mente de un propagandista antiespañol cabe considerar al antisemitismo nazi una continuación del español. Pero vemos que no es el único. Tampoco consta que la persecución nazi de los judíos siguiera criterios religiosos ¿de dónde lo habrá sacado?. En todo caso esto es muy significativo:
“Muchos eran de hecho judíos secretos. Un informe judío de la época indica que los conversos que se fueron a Palma observaban el mitzov en público, guardaban el sábado y las fiestas, ayunaban y rezaban en el Yon Kippur, celebraban la Pascua y otras fiestas tan bien como cualquier judío” (p. 225)
No puede estar más claramente expuesto el escándalo del falso converso. Contra eso se instituyó la Inquisición española. Fue un converso, Alfonso de l’Espina, el que compiló un volumen con 25 claves para identificar a los conversos judaizantes, y que serviría de modelo para las investigaciones inquisitoriales, valga la redundancia.
Johnson se pasa, como era de esperar, con las cifras: 341.000 víctimas, dice (p. 226). Evidentemente, se trata de la cifra desacreditada de Llorente, que un historiador serio debería avergonzarse de utilizar a estas alturas. A falta de mejores fuentes, no estaría mal que este polígrafo indocumentado diera una ojeada incluso a la Wikipedia, donde repasan varias estimaciones y proponen unas 5000 ejecuciones. Por cierto, el número de brujas ejecutadas en Europa, solo en el s. XVII, se estima en diez veces más.

Auto de Fe, de Francisco Ricci (1683). Museo del Prado.
Atención a esto: “Los asuntos judíos eran ahora [tras la toma de Granada] la actividad principal del gobierno. Las mazmorras estaban llenas. Decenas de miles estaban bajo arresto domiciliario, muriéndose de hambre a menudo. (…) los reyos (sic, dos veces) se decidieron en un descomunal acto de determinación (gigantic act of will) por una “solución final” (p. 229). Se refiere por supuesto a la expulsión, que compara con el genocidio nazi. Menudo historiador, este Johnson.
En realidad después se explica –ahora sí, dejando el tono emotivo (aparte de falso) y volviendo a escribir historia- que los judíos habían sido expulsados antes de todas las partes en Europa, es decir, que los españoles fueron los últimos. Polonia pasó a ser entonces el país más seguro para los judíos, e igualmente el que ha cargado con las iras de algunos judeófilos.
Con esto acaba el capítulo tres del libro, Catedrocracia, y empieza el cuarto, El Gueto. Pero no lo reseñaré con tanto detalle. Entenderéis que se me hayan quitado las ganas.
Una historia de los judíos de P. Johnson.
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