Goya al mejor actor: And the winer is… ¡Gómez Bermúdez!

LA SEDUCCIÓN DE FANTOMAS

El parto de los montes ha sido esto de la sentencia del Gómez. Será fantasma, el tío. Tanta fachada de implacable rigor y resulta que el segundo atentado terrorista más grave de la historia de Europa Occidental se resuelve con que los máximos responsables, según Gómez, son un confidente de la policía que padece esquizofrenia y un marroquí que nadie ha probado que sea islamista, que vendió una tarjeta telefónica, colocada después en una bomba preparada para no estallar y cuya cara tres testigos reconocen haber visto ¡en tres trenes diferentes! Parece ser que su nombre suena también en una escucha telefónica.

Sé que la explicación que voy a dar, o mejor dicho, el comentario que voy a hacer, pecará de subjetivismo. Qué le vamos a hacer; pero no veo posible otro derrotero. Desde que las teorías del psicoanálisis se usan en cualquier acera, el chisme es razón científica; y lo que es peor: sin gracia. Puede ocurrir que quien lea esto se sienta en una situación análoga a quien soporta el argumentario de un idiota, situación que siempre es tremendamente complicada, pues el idiota se define por confundir continuamente lo que es personal con lo que no lo es, empujando con ello al que pretende refutarle al mismo terreno que él ocupa como idiota consciente o involuntario, esto es: al ámbito personal; pues argumento objetivo el idiota no tiene, no habiendo otro mecanismo de refutación que dibujar a la vista de un tercero que hiciera de oyente el campo de las motivaciones que empujan al idiota a no estar callado porque, como digo, el cretino carece de criterio, de razón objetiva; provocando así que el observador imparcial no pueda saber con certeza cual de los dos es más estúpido, si el que impone las reglas o el que no tiene más remedio que seguirlas.

Sin embargo el asunto es tan grave, nos afecta tanto a todos, que a falta de razones políticas con peso real no haya más remedio que echar mano de la conjetura psicológica. Algo similar se hace con la vanidad infinita del juez Garzón, El hombre que veía amanecer, según Pilar Urbano, cuya ambición y soberbia presiden todos los protocolos, encausamientos y sentencias de este redentor de la Humanidad, hábitos por otra parte tan frecuentes en un masón. Sin embargo en Baltasar Garzón sí hay intereses políticos confesados, cosa que no ocurre con Gómez Bermúdez.

No hay pruebas de que el juez haya recibido presiones externas; por tanto, a falta de ellas, sólo cabe analizar los vídeos del proceso y conjeturar alguna razón psicológica, dado que tampoco sería la primera vez que un enajenado mental preside un juicio y luego lo mandan al psiquiátrico, a Viéitez, que dicen los argentinos, y sin que después –que sería lo justo- se revisen todas las causas en las que intervino, tal y como si la razón la hubiese perdido entre dos sorbos de café. No obstante, si pretendemos rigor y objetividad podría empezarse por investigar quién filtró al PSOE la sentencia, incluso si esa filtración llegó también hasta el PP, puesto que no tendría sentido que Blanco haya alardeado de conocerla sin que los otros abrieran la boca o bien se mostraran en exceso esquivos, como así ha sido.

Nos jugamos tanto que es muy posible que a este tribunal lo hayan presionado tanto como en su día presionó el PSOE al Tribunal Constitucional después del asalto que perpetró a RUMASA. (Y dudo mucho que el rey no interviniera en aquel asunto; y a favor del Gobierno, por supuesto, no sé si por razones de Estado o por otras: ¿ya estaba de intendente del rey, -al menos así se definía él- Prado y Colón de Carbajal?). En aquel entonces, una vez conseguida la sentencia apelando al sentido de Estado, los peronistas tranquilamente se repartieron el botín: “To pal pueblo”, gritaba Alfonso Guerra. Si es así, Gómez ya está viendo la primera de las consecuencias de su justiciero dictamen: la utilización partidista del Gobierno frente a todos los que ponemos en duda la versión oficial del atentado y las investigaciones realizadas posteriormente.

Durante el desarrollo del juicio Gómez Bermúdez demostró tener sobrada inteligencia y habilidad, sin duda. Pero no estaría de más estudiar los vídeos grabados en la sala para buscar en el comportamiento de Gómez Valeyá una sentencia tan ajena al curso del proceso oral, proceso que se desarrolló al ritmo que él impuso en todo momento. Conmueven las humillaciones a las que sometió a la fiscal, por otra parte merecidas: resultaba intolerable que con tal de mantener sus tesis la Olga pidiera aquellas condenas tan tremendas cuando a todas luces las pruebas se caían una tras otra. ¿Para qué tantas ironías hirientes si al final Gómez confirmó la tesis fundamental de la fiscalía, la que sostenía que no importa qué estalló en los trenes? Pues una de dos: o todo era una farsa preparada de antemano, incluido lo que anteayer contaba en La Linterna un abogado de la acusación, lo de acercarse el juez a las víctimas cuando éstas se quejaban de que no dedujera testimonio a tanto perjuro y tranquilizándolas al comentarles que a muchos testigos “se les va a caer el pelo”, cosa que no ha ocurrido; o bien, una vez visto para sentencia dedujo que a él nunca se le caería el pelo hiciera lo que hiciera, puesto que era muy juez y con el pelo afeitado, a la manera, no exenta de rigor metodológico, que deducía uno de mi pueblo, que tras sufrir un accidente con un tractor y después de que le amputaran las piernas presumía en el bar de tener un pene que le llegaba al suelo. Siendo juez, ¿quién lo amarra hasta que le crezca el pelo y luego lo afeita? Y así, “Donde dije ‘digo’ digo ‘Diego’. Qué pasa”, dirá Gómez.

La vida puede ser muy grotesca, y sólo los cándidos succionados por la personalidad de Gómez pueden sentirse confusos o indignados. Nos está bien empleado, porque también me incluyo: pasados los cuarenta uno puede comportarse con más o menos desenfado, pero no es de recibo entusiasmarse gratuitamente para sentirse ahora como la adolescente que tras desmayarse ante las contorsiones de la cadera de Mike Jaegger, se llame a engaño cuando descubre que su ídolo ronca como su padre y por si fuera poco, además, tiene la espalda llena de granos. Dejo para Rubalcabianos eso de ‘piensa mal y acertarás’, pero guardo desde siempre eso de ‘dime de qué presumes y te diré de qué careces’. Y no me refiero a ningún bien pecuniario para alarde de horteras, sino a la ostentación de virtudes, las cuales, si realmente se tienen, siempre permanecen en la discreción y la prudencia. Sin embargo con Gómez lo puse en suspenso y ahora lo reconozco: también fui un gilipollas. Era tal el ansia de justicia que la necesidad creó el órgano superBer, tal y como las tesis evolutivas de Lamark argumentaban en biología, o como la sociología explica la aparición de utopías en comunidades inmersas en crisis agónicas. Si Gómez era realmente riguroso no tenía ninguna necesidad de mostrarlo cada cinco minutos, salvo para gusto de la plebe, siempre mayoritaria en cualquier época y circunstancia. Lo siento por mí: también soy un plebeyo.

Hay gente así, supergómez y en bermudas, que donde quiera que se encuentren han de dejar muestra de que ellos están allí. Lo inesperado forma parte de su juego, y poseen, porque a sí mismos se lo conceden –con la venia de la plebe, claro- pasaporte a la impunidad. Para los demás rige la sentencia bíblica de ‘por los hechos los conoceréis’, y así la exigen en el prójimo –que se lo pregunten a la fiscal y a los policías que interrogó-; sin embargo jamás impera en ellos ese mandato: en el teatro público están sus actos y en la mitología íntima e intransferible escritas sus únicas razones.

 

Como vulgo que somos y comparecientes ante el cortijo judicial (otro día os contaré mis vicisitudes ante el arbitrio del tercer poder) venguémonos los plebeyos de manera infantil, que de momento no disponemos de otro recurso. De momento. Por hoy, y sólo por hoy, conformémonos con vestir a Gómez de Arnaldo Otegui -que a fin de cuentas es otro de los benefiados políticos- y pongámoslo a hacer gimnasia sobre una cinta sin fin. De nuestra parte corra la mecánica y la electrónica; gocemos con ello y corramos la plebe hacia el archivo adjunto. Y oye, Bermúdez, pon peluquín que a Arnaldo, como a tus maderos, todavía “no se le cayó el pelo”. Al contrario. Tío fantasma. El Sean Connery éste. ¡Fantomas!

Otro más de Pedro Martínez.

1 comentario

  1. A mi lo que me tiene realmente pasmado es la pasividad en este asunto de alguna de las principales paginas antiZP, no entiendo como PacoTaco, o Monclovitas, o Hasta los huevos estén desaparecidas. O tal vez sí lo entienda. Quizá lo que ocurra es que no quiero entender.

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