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Fotos de Gadafi en Francia

Para que nos vayamos preparando:

10 de diciembre en el Elíseo

Otra, del día 12.

Reunión con un grupo de mil mujeres
Sus guardaespaldas, en caqui, son también mujeres.

Durante su visita a Versailles.


En fin, este es el hombre:

El desaseo que luce es bastante francés, en mi opinión.

Al Qaida amenaza de nuevo a España

Y van ya no se cuántas:

«Juramos por Dios que no abandonaremos las armas, no detendremos nuestra guerra santa, no renunciaremos a nuestras creencias ni a Al Andalus -la península Ibérica-, Ceuta, Melilla… por mil conferencias de Oslo, Annapolis, Londres o Saladino que se celebren», asegura la grabación, cuya autenticidad aún no ha sido confirmada.

«Es hora de que los musulmanes extiendan sus manos a otros hermanos de la Yihad… Apoyadles con lo que podáis: vuestras vidas, vuestro dinero, vuestras habilidades, vuestro conocimiento y vuestros contactos», les pide antes de lanzar la última orden: «¡Atacad cuantos objetivos cruzados y sionistas podáis alcanzar!».

Sí señores, como Israel, estamos en territorio que una vez fue gobernado por musulmanes y donde se aplicó la Saría, así que los mahometanos tienen la obligación de recuperarlo como sea. ¿Dialogamos? ¿Nos rendimos? ¿O luchamos? Hm, no que eso de combatir sería ponermnos a su altura, es más: es “fascista”.

Algunos se creían -o hicieron creer “al pueblo”- que con retirarse de Iraq estaba todo solucionado.

Al Qaida amenaza de nuevo a España

Jesús de Nazareth, ¿uno de los profetas?

He leído un interesantísimo sermón de Adviento de Zenit. Me preguntaba si refutaba al Islam, que reduce al Cristo a un profeta. Pero el Corán no necesita refutación, porque es un batiburrillo infumable, como hemos mostrado aquí.

El texto marca la diferencia entre cristianismo y judaísmo, sin atacar a este. La divinidad de Jesús es una propuesta sorprendente. Desde luego, racionalmente es inaceptable, porque es un absurdo. Por ello, ha habido una tendencia a presentar a Jesús como un judío entre los judíos:

… la imagen de un Jesús judío entre judíos, que no hizo casi nada nuevo, pero del que se sigue diciendo (no se sabe cómo) que «cambió el mundo»

Aquí viene lo importante:

Quien ha evidenciado lo iluso de esta aproximación con la finalidad de un verdadero diálogo entre judaísmo y cristianismo ha sido precisamente un judío, el rabino americano Jacob Neusner. Quien haya leído el libro del Papa Benedicto XVI sobre Jesús de Nazaret sabe ya mucho sobre el pensamiento de este rabino, con quien dialoga en uno de los capítulos más apasionantes del libro. Lo reevoco en sus puntos principales.

 

El conocidísimo estudioso judío escribió un libro titulado «Un rabino habla con Jesús». En él imagina ser un contemporáneo de Cristo que un día se suma a la multitud que le sigue y escucha el sermón de la montaña. Explica por qué, aún fascinado por la doctrina y por la persona del Galileo, al final comprende, a su pesar, que no puede hacerse discípulo suyo y decide permanecer como discípulo de Moisés y seguidor de la Torá.

Todos los motivos de su decisión al final se reducen a uno solo: para aceptar lo que este hombre dice ha que reconocerle la misma autoridad de Dios. Él no se limita a «cumplirla», sino que sustituye la Torá. Impresionante el intercambio de ideas que el rabino, desde el encuentro con Jesús, tiene con su maestro en la sinagoga:

 

Maestro: «¿Ha descuidado algo [de la Torá] tu Jesús?»
Rabino Neusner: «Nada»
Maestro: «¿Entonces ha añadido algo?»
Rabino Neusner: «Sí, a sí mismo»

 

Interesante coincidencia: es la misma respuesta que san Ireneo daba en el siglo II a quienes se preguntaban qué había traído Cristo de nuevo, al venir al mundo. «Ha traído –escribía-toda novedad, trayéndose a sí mismo»: «omnem novitatem attulit semetipsum afferens» [2].

 

Neusner ha sacado a la luz la imposibilidad de hacer de Jesús un judío «normal» de su tiempo, o uno que se aparta de aquél sólo en puntos de importancia secundaria. Tuvo también otro grandísimo mérito: mostrar la inanidad de todo intento de separar al Jesús de la historia del Cristo de la fe. Hace ver cómo la crítica puede quitar del Jesús de la historia todos los títulos: negar que se haya (o que le hayan) atribuido, en su vida terrena, el título de Mesías, de Señor, de Hijo de Dios. Después de que se le haya quitado todo lo que se quiera, lo que permanece en los evangelios es más que suficiente para demostrar que no se consideraba un simple hombre.

Buenísimo. Me recuerda la frase que afirma que la arquitectura es lo que queda cuando se quitan las piedras.

Muy interesante, si lo queréis leer entero aquí está: Predicador del Papa: «Jesús de Nazaret, ¿”uno de los profetas”?»