Protestantes y Mahometanos (3). Lutero, Calvino y Zwinglio, el lado criminal de la Reforma

Lutero, Zwinglio y Calvino
Zwinglio

He comparado a Mahoma y Lutero en otras ocasiones. Diversas lecturas que apoyan la tesis expuesta. La última una lectura del El Catoblepas en la que se expone el fanatismo, la intolerancia y el carácter criminal de los tres principales reformadores. Veamos algunos fragmentos: Empezamos con Lutero:

«lo que entonces escribí lo vuelvo a escribir ahora: que nadie tenga misericordia de los campesinos contumaces, obstinados y obcecados, que no se dejan decir nada; el que pueda, y como pueda, que les pegue, los hiera, los degüelle, los muela a palos como a perros rabiosos, […] con el fin de conservar la paz y la seguridad.» [Y añade Lutero:] «el burro pide palos y el pueblo quiere que se le gobierne con fuerza; esto lo sabía muy bien Dios y, por eso, puso en manos de la autoridad no la cola de zorro, sino una espada.»{1}

Suena coránico 100%. Como esto:

aunque Zwinglio en sus sermones invocara, como Lutero, el valor de la tolerancia, sin embargo acabaría enredándose en la labor castrense de atrincherar la fe y militarizar a gentes y ciudades a través de la creación de un ejército de milicias. Y aunque Calvino había utilizado las dotes de su pluma para luchar a favor de la libertad religiosa de los protestantes, no obstante cuando tuvo oportunidad de exhibir la liberalidad de sus ideas, silenció incluso con la muerte a sus enemigos doctrinales. (El adjetivo de «enragé» (rabioso) que el protestante español Miguel Servet utilizaba para describir la personalidad de Calvino era sin duda adecuado, visto el ardor con que este protestante francés perseguía a quienes pensaban de distinta manera.) En este ambiente, entonces, florecerían los Andreas Osiander que, además de anticopernicanos, postulaban el principio de protocolizar el dogma protestante haciendo uso del ejercicio de la fuerza bruta.

Es exactamente la forma de proceder de Mojamé. Como los mecanos no hacen caso de sus estrafalarias predicas, toma la vía militar. Y la vía política:

Politizada la religión, lo que ocurrió, y tal y como ocurrió no podía haber sido de otro modo, sobre todo cuando vemos cómo Lutero buscó refugio y apoyo entre los príncipes alemanes, cómo Zwinglio consiguió validar sus instrucciones religiosas gracias al brazo todopoderoso de los representantes de la autoridad civil, o cómo hasta el propio Calvino procede a justificar la existencia de gobiernos despóticos desde el argumento de que los tiranos son signo de la voluntad de Dios.

Por su parte, los “reformadores” estaban bastante mal avenidos entre ellos:

Lutero extraditaba del país de su Reforma a papistas y católicos y acusaba a los seguidores de Zwinglio, o sea, a los zuriqueses, de «raptores de almas», y Zwinglio negaba los colores doctrinales de la bandera luterana e insultaba a Lutero tachándole de «maldito» y «blasfemo», y Calvino defendía la claridad expositiva de los libros sagrados frente al sentir de Zwinglio, que reparó en el sentido oscuro y en muchos pasajes ininteligible de las Sagradas Escrituras, o cuando Lutero creía en la transubstanciación del sacramento de la Eucaristía mientras que Zwinglio y Calvino pensaban que Cristo no estaba físicamente en el rito sacramental del pan y del vino, sino tan solo de forma simbólica.

Es decir, eran partidarios del libre examen siempre y cuando coincidiera con el suyo. Y aquí queda retratada la doblez de la protesta asimétrica:

Sin embargo, y antes de convertirse en El Papa de Ginebra, Calvino había publicado un escrito al estilo de Séneca titulado Sobre la clemencia (De Clementia, 1532), y como respuesta ante el ataque que el rey francés Francisco I iba a propinar a los protestantes. Cuatro años más tarde, y ya en su célebre Institutio (1536), Calvino volvía a incidir en la misma línea argumental, y a la obra adjuntaba una carta en la que exhortaba, de nuevo a Francisco I, a actuar con benevolencia, y no llevado por las brasas del odio. Estas tesis desaparecerían muy pronto cuando este extranjero en tierras suizas se transforma en político y jurista de fama internacional y exhibe, en la ciudad de Ginebra a partir del año 1537, cuán enorme e ilimitada es su monárquica sed de autoridad imponiendo el calendario de festividades, el control del ocio, la censura de libros, la forma de vestir y vivir, el modo de rezar y pensar en Dios, el aprendizaje de su catecismo, la regulación de las costumbres del pueblo… y, claro está, la aplicación del castigo de excomunión para refractarios y rebeldes.

De nuevo, pone de manifiesto una doblez similar a la del Islam. Y también esa obsesión por controlar hasta los asuntos triviales de la vida privada.

Léelo entero, no tiene desperdicio: Traidores de la libertad

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3 Comments

  1. Recomiendo la lectura de un libro de Stephan Zweig que aborda el modo y manera de cómo calvino exterminaba a los disidentes en Ginebra, incluidos los calvinistas, claro. El libro se titula “Castellio contra Calvino” y da cuenta del modo tan romántico como acabó sus días el señor Sebastián Castellio que no era un papista, por cierto, sino un abnegado protestante.

  2. Luego los “hermanos separados”, se inventan una historia de Color de rosa sobre los padres de la “reforma”. Aunque llamarlo reforma no hace justicia al termino, porque reforma es la que emprendieron santos como San Francisco o San Ignacio. Lo de Lutero no se llama reforma, se llama herejia cismatica.

  3. Y de hecho, los la propaganda protestante tiene mucho que ver con la propagación de las leyendas negras de la Iglesia. Investigad quien fue con el cuento ya ovidado de las cruzadas a oriente. Solo que les salio el tiro por la culata, su guerra psicologica anti-catolica. Ahora lo pagamos todos.
    La verdad es que si uno quiere leer sobre leyendas negras, la inquisición protestante se lleva la palma.

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