Don Quijote, espejo de la nación española

Os propongo una excelente lectura, se titula Don Quijote, espejo de la nación española, y es el final del libro España no es un mito, de Gustavo Bueno.

Expone una interpretación Quijote que niega “la interpretación de Don Quijote como símbolo de la solidaridad universal, de la tolerancia y de la paz” que nos ha querido vender el gobierno progre de Zapatero y su cuadrilla.

En verdad lo consigue. El maestro despliega todo su utillaje filosófico y lo aplica al esta libro sin igual en la literatura española y universal. Os recomiendo que lo imprimáis tras pasarlo a Word y que lo leáis dos veces. Merece la pena hacerlo. En la primera lectura podéis empezar por el punto octavo, cuando el filósofo se aplica al texto tras descartar interpretaciones improcedentes y exponer su utillaje.

Es imposible resumir el texto, pero os traigo aquí al menos el mensaje:

El orden representado en las leyes que pueda presidir a una Nación, tal como la Nación española, sólo puede mantenerse por la fuerza de las armas, que lo crearon y lo sostienen por debajo: las armas que lleva Don Quijote, pero no en solitario, sino asistido por Sancho y por Dulcinea, de la cual podrán salir los nuevos soldados y los nuevos legistas.

Una Nación desarmada o débil sólo podrá asumir el orden que le impongan otras Naciones o Imperios mejor armados. Y, por ello, las armas deben ser consideradas superiores y más racionales que las letras, que las leyes:

«Ahora no hay que dudar sino que esta arte y ejercicio [de las armas] excede a todas aquellos y aquellos que los hombres inventaron, y tanto más se ha de tener en estima cuanto a más peligros está sujeto. Quítenseme delante los que dijeren que las letras [la leyes del Estado de Derecho] hacen ventaja a las armas, que les diré, y sean quien se fueren, que no saben lo que dicen. Porque la razón que los tales suelen decir y a lo que ellos más se atienen es que los trabajos del espíritu exceden a los del cuerpo y que las armas solo con el cuerpo se ejercitan, como si fuese su ejercicio oficio de ganapanes, para el cual no es menester más de buenas fuerzas, o como si en esto que llamamos armas los que las profesamos no se encerrasen los actos de la fortaleza, los cuales piden para ejecutarlos mucho entendimiento, o como si no trabajase el ánimo del guerrero que tiene a su cargo un ejército o la defensa de una ciudad sitiada así con el espíritu como con el cuerpo.»

Las armas, en resolución, tienen un fin superior a las letras («y no hablo ahora de las letras divinas, que tienen por blanco llevar y encaminar las almas al cielo»), porque mientras las letras tienen por fin y paradero entender y hacer que las buenas leyes se guarden, este fin no es digno de tanta alabanza, como el que merece aquel al que las armas atienden, las cuales tienen por objeto y fin la paz. La paz es el verdadero fin de la guerra, puesto que lo mismo es decir armas que guerra.

Don Quijote nos obliga a afirmar –tal es nuestra interpretación– que si España existe, que si España puede resistir sus amenazas, que si España es una Nación y quiere seguir siéndolo, todo esto no pudo resultar ni podrá mantenerse solamente con las letras, con las leyes, con el Estado de derecho. Son necesarias las armas, es decir, es necesario estar preparados para la guerra, puesto que como afirma Don Quijote: «Lo mismo es decir armas que guerra.»

Una refutación definitiva del pacifismo suicida de nuestro gobierno y “leal oposición”.

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